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Semana 171

Camboya y sus múltiples caras

Alejandra Yermany Publicado: 7 junio, 2011
Te tocó nacer en este rincón del fin del mundo, en el medio de este banquete de serpientes y chacales, te tocó nacer en este tiempo  que no es más que un montón de soledades. Niño, hijo de niños más grandes, que el mundo va envejeciendo a los golpes. Niño del fin del mundo, candilcito en la tormenta, puerta clandestina en la muralla*…”

 

Durante este verano tuve la maravillosa oportunidad de recorrer el Sudeste Asiático: Thailandia, Camboya y Vietnam. Este es un texto que escribí estando en uno de los lugares más impactantes de mi viaje.

Camboya te golpea desde el inicio con su pobreza y su ruralidad, sus calles sin pavimento y su gente –una gran mayoría- en condiciones de vida realmente al límite. No puedo decirlo con certeza, pero me parece que la gente que no vive en el centro o en las ciudades principales, carece de condiciones mínimas de higiene y salubridad. Sus casas están construidas en la orilla del río que cruza la ciudad en forma de palafitos, ya que así se mantienen a salvo de las crecidas en tiempos de lluvia. Incluso puedes ver algunas casas que simplemente flotaban en el agua, cuyo color y espesor no se parecen en nada a los ríos que conocemos en nuestro país.

El denominado “Reino de Camboya” es gris, las calles están en su mayoría rodeadas de algunas palmeras y pequeños árboles típicos y todo está cubierto de tierra arcillosa. Los monjes budistas se mimetizan con sus colores anaranjados y se mezclan con la increíble cantidad de motos y bicicletas que literalmente se toman la ciudad. Por cada 10 autos debe haber al menos 30 motos y 20 bicicletas, y casi la mayoría de las calles no posee semáforo, por lo que el cruce se convierte en una peligrosa aventura. Y lo más impresionante, es que en cada motocicleta pueden viajar hasta cuatro personas, la familia completa incluyendo sus hijos, que se encaraman sobre sus padres sin ningún tipo de protección.

La verdad es que es eso lo más impactante de este pequeño país: sus niños. Muchos pequeños de piel oscura y ojos rasgados que  llenan los espacios de la ciudad, de los cuales un gran porcentaje de seguro se encuentra bajo la línea de la pobreza. Desde vendedores ambulantes que te hablan en español e inglés hasta pequeños vagabundos durmiendo desnudos en las calles, encima de un cartón o simplemente en el rincón de un templo milenario. Niños pequeños de dos o tres años corriendo y cruzando las peligrosas calles camboyanas sin la vigilancia de ningún adulto, descalzos, muchas veces sin ropa y sin ningún tipo de resguardo de sus derechos. Niños que no son tan inocentes, que están acostumbrados a la presencia de cientos de turistas, que no dudan en causar lástima con una mirada tierna o una frase clave: “un dólar para pagar mis estudios”….niños que no son tan niños, que pertenecen a un mundo que no les otorga aparentemente ninguna seguridad, a excepción de unos cuantos afiches en los que se pregona la consigna “cuidemos a nuestros niños”….

Son los niños camboyanos, con sus ojitos oscuros y profundos los que definitivamente llaman poderosamente la atención. Y con esto no quiero ser extremista, también he visto pequeños bien vestidos, con sus madres preocupadas, con una enorme sonrisa en sus caras jugando un extraño juego de manos parecido al ca-chi-pún, pero claro, el otro lado de la moneda es el que siempre te deja en jaque. Eso, y la altísima taza de contagio con el virus del VIH debido a la desesperada solución de muchos para salir de la pobreza: la prostitución de niños y mujeres.

Quizá en la misma medida en que uno se maravilla con los templos de Angkor Wat, uno puede desilusionarse con la pésima  distribución de ingresos de este pequeño país de cerca de 14 millones de habitantes. Claramente el mayor ingreso recae en las  ganancias que dejan las visitas a los templos, en su mayoría ubicados en los alrededores de Siem Reap, la ciudad más turística del país. La entrada a los templos cuesta cerca de 20 mil pesos chilenos y te permite entrar a los diferentes monumentos dedicados al hinduismo y al budismo durante tres días seguidos. A eso hay que sumarle el gasto que significa tener un chofer para esos tres días, que en el mayor de los casos es un túk túk, que es como una tradicional victoria viñamarina tirada por un motociclista, el cual te lleva por los diferentes templos y te espera hasta el final de la jornada, cobrándote entre 15 y 20 dólares al día. Sumar como gasto la comida, bebidas y alojamiento es lo de menos, en general la mayor inversión tiene que ver con la visita a las ruinas, y si pensamos en la cantidad de personas que recorre diariamente Angkor Wat y sus alrededores, es difícil entender que siga existiendo tanta pobreza, tan poca dignidad para esos cientos de niños que se encuentran en Camboya, país en donde seguramente quienes invierten y se llevan las ganancias no residen.

Si bien mucho del dinero que entra gracias al turismo debe haber servido para la reconstrucción del país tras la devastación del  Khmer Rouge, cuyo régimen fue conocido mundialmente por los crímenes y el genocidio en contra de todo el que se negara a las ideas de su líder, Pol Pot, tras la llegada de ayuda internacional y la decisión de la UNESCO de declarar en 1992 Patrimonio de la  Humanidad a las maravillas de Angkor Wat, el nivel de ingresos debería haber aumentado considerablemente. Pero al parecer, lo que deja el turismo queda para el turismo y la mayoría de los recursos se invierten en la infraestructura que recibe a los extranjeros en hoteles majestuosos, restaurantes lujosos y en la restauración de varios templos que necesitan mantención.

Pero los templos, con su magia y su misticismo, no serán los encargados de forjar el futuro del país. La restauración es siempre  necesaria y se agradece, porque la mayoría de los monumentos están en buenas condiciones y son realmente dignos de ser una de las siete maravillas del mundo (sin embargo quedaron en el nº 14 de la última lista), pero el pasado no construye el futuro. Son sin duda las personas, los camboyanos cálidos y de excelente humor -y sobre todos sus niños- los que merecen una mejor distribución del dinero y el reconocimiento explícito de sus derechos. Son ellos los encargados de hacer surgir un pueblo que renació de las cenizas, pero lamentablemente sin una buena planificación y distribución de los recursos, es muy difícil que salgan de la pobreza, cuyo impacto y contraste es imposible de evadir y sobretodo olvidar, tras dejar atrás las múltiples caras de Camboya.
*Murga Uruguaya Agarrate Catalina

 



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1 Comentario

  1. Dani ha comentado

    Me transporte nuevamente a Siem Reap!! Nostalgia máxima!! Te lo dije en el momento y te lo vuelvo a decir, MUY BUENA NOTA AMIGA!! Expresa muy bien lo que vivimos y lo que pasaba por nuestras cabezas en esos exóticos lugares del mundo.
    Sigue escribiendo del viaje, creo que aún tienes muchas cosas que decir de nuestras aventuras asíaticas =)

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