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Semana 176

Humberto Maturana: El lenguaje fundamento de lo humano

Juan Rodes Publicado: 31 agosto, 2011

Para Humberto Maturana, biólogo y epistemólogo chileno, lo peculiar humano está relacionado principalmente con el lenguaje y su entrelazamiento emocional.

Si vemos a través de una ventana a dos personas sin oír lo que dicen, para afirmar que están conversando, lo que tendríamos que observar es el curso de sus interacciones. Al verlas fluir en interacciones recurrentes, las cuales nos parecen un fluir en coordinaciones conductuales, podemos señalar que se están poniendo de acuerdo. Entonces decimos que están en el lenguaje.

Si queremos tomar un taxi, hacemos un gesto con la mano que nos coordina con un automovilista que se detiene. Tal interacción es una coordinación conductual simple, la vemos como tal, nada más. Pero si después de hacer el gesto que coordina nuestra conducta con el automovilista para que se detenga, hacemos otro por el cual él da una vuelta y se detiene a nuestro lado, orientado en la dirección contraria a la que seguía, ya hay una coordinación de coordinación de acción.

La primera interacción coordina el detenerse y llevar, y la segunda coordina la dirección a tomar. Tal secuencia de interacciones constituye un “lenguajear” mínimo. Un observador podría decir que hubo un acuerdo. A primera vista sólo ha ocurrido una secuencia de coordinaciones conductuales, pero se trata de una secuencia particular, porque la segunda coordinación de acciones coordina la primera, y simplemente se agrega a ella.

El lenguaje se constituye cuando se incorpora a nuestra vida como modo de vivir, este es un ir de coordinaciones conductuales a coordinaciones conductuales que surgen en la convivencia como resultado de ella. Es decir, cuando las coordinaciones conductuales son consensuales. Toda interacción implica un encuentro estructural entre los que interactúan. Y todo encuentro estructural resulta en el gatillado o desencadenamiento de un cambio estructural entre los participantes del encuentro, concluye Maturana.

El resultado de esto es que, cada vez que hay encuentros recurrentes, hay cambios estructurales que siguen un curso contingente al curso de éstos. Esto nos pasa en el vivir cotidiano. Así; aunque como seres vivos, estamos en continuo cambio estructural espontáneo y reactivo, el curso que sigue nuestro cambio estructural espontáneo y reactivo, se hace contingente a la historia de nuestras interacciones.

Maturana nos presenta el caso de un niño que está creciendo. Lo ponemos en tal colegio y crece de una cierta manera aparente en ciertas habilidades que decimos que adquiere. Si lo ponemos en otro, crece de otra manera con otras habilidades. Hablamos de aprender, pero de hecho, lo que hacemos al poner a un niño en un colegio, es introducirlo en un cierto ámbito de interacciones en el cual el curso de cambios estructurales que se están produciendo en él va a ser uno y no otro.

De manera que todos sabemos que no da lo mismo vivir de una forma u otra. Ir a un colegio u otro. Y esto nos hace pensar porque decidimos hábitos difíciles de modificar. Además, todos sabemos, aunque no siempre nos hacemos cargo de ello, que lo que está involucrado en aprender es la transformación de nuestra corporalidad que sigue un curso u otro según nuestro modo de vivir.

Hablamos de aprendizaje como de la captación de un mundo independiente en un operar abstracto que casi no toca nuestra corporalidad, pero sabemos que no es así. Sabemos que el aprender tiene que ver con los cambios estructurales que ocurren en nosotros de manera contingente a la historia de nuestras interacciones.

El niño aprende a hablar, continúa Maturana, sin captar símbolos, transformándose en el espacio de convivencia configurado en sus interacciones con la madre, con el padre, y con los otros niños y adultos que forman su mundo. En este espacio de convivencia su cuerpo va cambiando como resultado de esa historia, y siguiendo un curso contingente a esa historia. Y el niño que no es expuesto a una historia humana y no vive transformado en ella, en el vivir en ella, no es humano.

Es por la corporización del modo de vivir que no es fácil cambiar si uno ya ha “vivido de una cierta manera”. La dificultad de los cambios de entendimiento, de pensamiento, de valores, es grande. Esto se debe a la inercia corporal y no a que el cuerpo sea un lastre o constituya una limitación: es nuestra posibilidad y condición de ser. Más aún, el vivir transcurre constitutivamente como una historia de cambios estructurales en la que se conserva la congruencia entre el ser vivo y el medio, y en la que, por ende, el medio cambia junto con el organismo que contiene.

En otras palabras, dice Maturana, organismo y medio sé gatillan mutuos cambios estructurales bajo los cuales permanecen recíprocamente congruentes, de modo que cada uno se desliza en el encuentro con el otro, siguiendo las dimensiones en que conservan organización y adaptación. En caso contrario, el organismo muere.

Finalmente, esto ocurre espontáneamente, sin ningún esfuerzo por parte de los participantes, como resultado del determinismo estructural en la dinámica sistémica que se constituye en el encuentro del organismo y su medio. En consecuencia, mientras estoy vivo y hasta que muera, me encuentro en interacciones recurrentes con el medio, bajo condiciones en las que el medio y yo cambiamos de manera congruente. Esto es siempre cierto. Sólo si yo cambio cambia mi circunstancia, y mi circunstancia cambia sólo si yo cambio.

Organismo y medio van cambiando juntos de manera congruente durante toda la vida del organismo.

 



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