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Semana 170

Innovar para educar

odette Publicado: 6 noviembre, 2011

El libro “Maipú: Educar para Innovar” , encargado por la Corporación Municipal de Educación de Maipú, fue presentado el miércoles 2 de noviembre, por Odette Magnet, Cristian Cox, Ernesto Treviño, Gonzalo Muñoz, en el Centro de Extensión de la Universidad Católica, ante unas 500 personas. Este el  aplaudido texto presentado por Odette Magnet.

Buenas tardes, y gracias por la invitación de la Corporación Municipal de Educación de Maipú a estar con ustedes hoy en el lanzamiento del libro “Maipú: innovar para educar.” El tema que nos convoca no puede ser más oportuno.

La revista The Economist publicó hace dos semanas un artículo sobre el conflicto educacional en Chile titulado “Las tensas políticas de las aulas”. En uno de sus párrafos dice que “la causa subyacente de los estudiantes sigue siendo popular. La educación es cara y los padres pagan gran parte de la cuenta. Cerca del 40% del gasto en educación media y superior es cubierto por los hogares,  lejos la cifra más alta de la OECD, un grupo compuesto por países ricos.”

“Casi la mitad de los alumnos”, se lee en el artículo, “asiste a lo que se conoce como escuelas “subsidiadas”, donde los gastos se reparten entre el Estado y los padres, quienes pagan un promedio de 400 dólares al año (en un país donde el salario mínimo mensual es de 363 dólares). Sólo el 15% del gasto en educación superior proviene de fondos públicos, comparado al promedio de los países de la OECD, que es de 69%. El resto proviene de los hogares.”

La movilización estudiantil de los jóvenes chilenos durante estos últimos seis    meses da cuenta de que una educación de buena calidad, digna y equitativa es la aspiración más profunda que comparte este país. De norte a sur, de cordillera al mar, la exigencia es la misma y se escucha con urgencia porque el futuro se nos viene encima.

Jóvenes y adultos aspiran a una patria más democrática, una sociedad más igualitaria, una ciudad más solidaria, que descanse en el respeto al otro. De todos los derechos humanos, creo yo, el de la educación es el primero. No hay otra palanca más eficiente de movilidad social que la educación. Ella es nuestra escalera al cielo que nos permitirá  creer que la igualdad de oportunidades puede dejar de ser un slogan y convertirse en una realidad. La educación será nuestro trampolín que nos permitirá dar el salto a un mundo de conocimientos fecundos, de tecnología avanzada, un mundo horizontal, democrático, al servicio de un país inclusivo. El esfuerzo solidario, el talento, la sed por aprender, el hambre por enseñar están; sólo falta la voluntad de invertir en ellos.

Queda en evidencia, entonces, y lo hemos visto con tanta claridad en este último tiempo, que la educación no puede ser un  bien que se transe en el mercado, de acuerdo a los flujos impredecibles de las tendencias bursátiles.  Sus valores  –la innovación, la creatividad, el rigor, entre otros – no se encuentran en la bolsa de valores de Santiago. Y cuando los codiciosos, los sedientos de dinero y de poder han caído en la tentación de imponer este criterio mercantilista, los resultados han sido desastrosos. Son los niños y los jóvenes los que han pagado un alto precio por esta fórmula fallida.

En ningún otro campo como en la educación se hace tan visible la profunda desigualdad imperante en Chile. El brutal contraste de recursos y de accesos se advierte en las salas de clases, en las mallas curriculares, en los métodos de enseñanza, en los puntajes de los niveles primarios, medios y superiores. Cientos y cientos de escuelas y liceos repartidos por nuestro país, abandonados a su suerte, como callampas silvestres que languidecen en la humedad de tierras ignoradas.

Mientras los niños de los pueblos olvidados del sur caminan durante horas a la escuela más cercana y guardan el chongo de tiza porque mañana nunca se sabe, otros reclaman la compra del Blackberry y el I-Pad. Unos se aferran al sueño de una beca para llegar a una universidad nacional; otros enfrentan el dilema de hacer un doctorado en Stanford o en Cambridge.

En un país tan reacio al debate como el nuestro, tan temeroso del conflicto, el afán de comunicar nuestros avances y retrocesos en el proceso educativo debe constituir una prioridad, cueste lo que cueste. Lo que no se comunica no existe. Y no se puede resolver lo que no existe.

La comunicación es la levadura de la educación. Este libro es un homenaje a ese esfuerzo.  Como hija de la palabra, soy una convencida de que el acto de comunicar es lo que gatilla la genuina creación de identidad de personas, de proyectos comunes, de país.

La comunicación levanta puentes expeditos donde hombres y mujeres pueden transitar sin miedo, confiados,  comprometidos con su entorno y su quehacer. Cuando ella es eficaz, confiable y oportuna, otorga un sentido de pertenencia, de conciencia crítica, de orgullo de ser lo que se es y también de lo que se aspira a ser.  La palabra que nace de los cimientos de la comunidad es la expresión más convocante de la voluntad ciudadana. Moviliza, crea, produce y provoca el cambio, rompe el aislamiento y abre espacios genuinos de diálogo y de participación.

Por eso el valor de este libro. Porque comunica, página a página. Emociona, enseña, revela y propone. Como un espejo, nos devuelve la imagen de una comunidad que comparte el deseo profundo de ser reconocida, de pasar de la invisibilidad y el anonimato al protagonismo colectivo en la lucha contra la ignorancia, el atraso, la pobreza y el silencio.

Los protagonistas se unen en torno a un desafío fascinante: la construcción de una comunidad más justa. Estudiantes, profesores, padres y apoderados hacen su apuesta en la gente, en el trabajo en equipo, en acciones que den resultados concretos, visibles, inmediatos.  Los habitantes de la comuna de Maipú quieren aportar para una educación distinta, con procedimientos consensuados, prácticas transparentes,  decisiones que nacen de la base, una gestión autónoma y responsable.

Aquí están las historias conmovedoras de la escuela Reina de Suecia con su proyecto de aprender haciendo; la escuela San Luis con su espacio de investigación y experimentación; el Liceo Nacional de Maipú con su bio-biblioteca; el liceo polivalente José Ignacio Zenteno y sus experimentos en el aula científica; la escuela diferencial Andalué y su invernadero, y tantos, tantos otros casos.

En cada proyecto se advierte la aspiración de avanzar en el aprendizaje, de poseer herramientas para estar mejor preparado de modo de enfrentar un mañana cada vez más complejo y competitivo.

Todo en Chile cuesta: por eso el mérito de estos grandes actores, retratados en este libro, es doble y debe ser celebrado con entusiasmo. Mejorar radicalmente la calidad de nuestra educación es un proyecto que no sólo es posible sino imperativo  desde el punto de vista ético y social. No podemos creernos el cuento de ser un país moderno y soberano si no desatamos los nudos que ahogan nuestra convivencia ciudadana. Ese es nuestro desafío más importante. Lo han dicho los ciudadanos de Maipú y lo han dicho también los ciudadanos de Chile.

Muchas gracias.

 



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