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Los abandonados, en situación de calle

Samuel Vial Publicado: 14 diciembre, 2011

Siempre andamos en busca de lo importante. Cada uno de nosotros lo determina en plena concordancia a su bagaje cultural, formación valórica, entorno humano y el ejercicio de la propia libertad. Se deduce entonces que nos diferenciamos mucho, poco o nada de los demás, si sólo consideráramos  nuestra peculiar fijación de lo gravitante para cada uno de nosotros. De esto resulta que las visiones personales sobretodo de los fenómenos sociales, políticos, económicos y valóricos pueden diferir mucho, poco o nada de los que nos rodean. No todos miramos los mismos temas desde la misma ventana.

Cuando reflexionaba sobre este tema, pensaba en cómo mirarían la vida los vagabundos, los más menesterosos del mundo. Aquellos que caminan y hacen de las calles y plazas su escogido hogar. Los que hablan y escriben con la mirada. Los que han optado por el silencio como forma de vida. Los monjes contemplativos de siempre.

Siempre los he mirado y he tratado de entenderlos. He hablado en más de alguna oportunidad con algunos de ellos. Me he encontrado con la sorpresa que algunos poseen una capacidad reflexiva y el dominio de habilidades que cuesta comprender el por qué han escogido esa peculiar forma de vida. Algunos de ellos poseen un mundo interno muy superior al de nosotros, los hombres comunes, los que estamos preocupados de los temas de nuestros lugares de trabajo, de los de nuestra casa y de las respectivas noticias impuestas por los medios de comunicación.

Recuerdo en alguna oportunidad el haberme acercado a un vagabundo al que vi leyendo los resultados de las últimas elecciones presidenciales en Chile. Le pregunté qué opinaba y me contestó: nada, da lo mismo lo que calle o diga. Esa respuesta me dejó muy pensativo. La verdad es que la encontré de una honestidad y pragmatismo del que adolecemos muchos de nosotros. Nosotros hablamos, escribimos, comentamos con otros los acontecimientos personales y sociales y eso no significa que importen mucho las conclusiones que transmitimos o conocemos de otros. También es válido en nosotros la respuesta de ese vagabundo y él, a diferencia de nosotros, ha optado por el silencio, por la anulación más libertaria de su derecho a querer participar con los demás en nuestro mundo político, como lo llamaba Aristóteles.

De la vida de los vagabundos les admiro esa tremenda opción por el silencio y esa capacidad infinita que poseen para comunicarse con una mirada. Y no me estoy refiriendo a los mendigos, estoy escribiendo sobre aquellos que han optado por alimentarse con las sobras, con los desperdicios que botamos nosotros todos los días y que duermen a las entradas de muchos edificios, tapados con diarios y cartones. Ellos no soportan pedir dinero a aquellos que  no respetan, que son probablemente los responsables de su opción personal. Escribo sobre ese pequeño grupo de menesterosos, de parias, que han escogido esa vida porque no pueden soportar el vivir insertos en ese mundo que nosotros poseemos y que hemos construido.

Que duda cabe que poseen una sensibilidad altamente desarrollada, que les impidió participar en el glorioso y triste circo humano de la vida humana occidental. Nunca pudieron consentir lo que muchos de nosotros aceptamos. Quisieron vivir con nuestras reglas y temas de importancia personal y social, pero les fue imposible. Y prefirieron vivir en el mundo pero sin estar en él. Desde sus mundo miran el nuestro. Sólo esperan la muerte como el descanso definitivo a una vida de profunda soledad pero quizás, quien sabe, espiritualmente mejor que la de nosotros. 

En último término, ellos decidieron lo que están haciendo y no dan explicaciones a nadie por lo que hacen o dejan de hacer. Son libres, intensamente libres a su modo y, por qué no decirlo, han encontrado la fuerza para continuar existiendo, gozando de ese silencio y de esa mirada que es el más completo y fino diccionario de palabras que haya podido crear la humanidad. Su mirada profunda, su silencio altanero, su rebeldía material, su espiritualidad alejada de la cota mil, signos evidentes de los más abandonados de nuestro mundo occidental.



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1 Comentario

  1. Juan Rodes ha comentado

    Muy buen artículo,es valioso porque nos hace pensar algo de lo que pocos se atreven a mirar de frente. Me cuesta creer que algunos puedan optar por ese rezago de vida como elección libre, aunque siempre dispongan de alguna forma de libertad, la cual no puede ser más que una crítica por la falta de solidaridad con los menos privilegiados de nuestra propia especie

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