SITIOCERO

Victoria Uranga HarboeMalucha PintoHernán DinamarcaMauricio TolosaMariluz SotoAndres RojoCarolina CádizAlberto Fuentes CecereuRene NaranjoAlejandra YermanyPatricia MoscosoJuan RodesFesal ChaínJosé Manuel VelascoGustavo Adolfo BecerraDavid MartínezAntonieta Dayne

Ni una maldita palabra

Andres Rojo Publicado: 12 junio, 2011

Nada.  Ni una palabra, ni una maldita palabra -pensó mientras apretaba sus dedos contra la frente, los codos apoyados en la mesa, como si esos gestos pudieran estrujar el cerebro en búsqueda de las ideas que no venían.

Cualquiera diría que era el gesto de un desesperado, igual como había ocurrido durante la tarde cuando salió a caminar por su barrio a la cacería de una idea -una sola, se iba repitiendo a sí mismo en una letanía, sin preocuparse de afirmar en sus vecinos la impresión de que estaba perdiendo la cordura.

Vio caras, escuchó conversaciones al paso, se detuvo a mirar los titulares de los periódicos pero no encontró nada que encendiera la chispa que había hecho de él uno de los mejores narradores, aplaudidos por moros, cristianos y ateos, que era una cuestión harto difícil en las letras.

¿Qué dirían los envidiosos, esos que esperaban verle tropezar algún día con una historia sin interés?   Si le vieran en estos días, tratando de hallar una luz con urgencia -pero no era algo que pudiera forzar.   A partir de la idea, lo demás venía más o menos solo por el oficio -se aseguraba a sí mismo.   “Dame una idea -clamaba al cielo- y yo haré de ella una obra de arte”.

Nunca pudo obligar a las musas a cruzarse en su camino con un personaje o una línea de comienzo.   Eran cosas que caían del cielo, o de cualquier otro lado.  Su mérito era reconocerlas, saber estructurarlas, darles un sentido, una interpretación, un trasfondo, una perspectiva que permitiera análisis paralelos.  Pero la idea, el punto de inicio, la piedra angular del edificio que sabía construir con la destreza y la experiencia del albañil que lleva años en el andamio, no.   Eso nunca lo había podido crear a partir de la nada.

Tuvo en el pasado tiempos de sequía, pero nunca lo habían preocupado tanto como en esta ocasión. De la preocupación había llegado a la desesperación y sabía que después vendría la angustia, el miedo y, por último, el desplome.

Repasó libros y sostuvo conversaciones con los pocos amigos que tenía de toda la vida, pero seguía sin aparecer ese trozo de piedra que, a punta de esfuerzos delicados y persistencia, se convertiría en joya, de modo que dejó el lápiz botado a un costado de la hoja en blanco y se puso de pie para pasearse frente a la mesa.

-          Nada, nada, nada -se repetía, subiendo la voz y apretándose la cabeza.  Afuera la vida seguía perfectamente sin que él alcanzara a darse cuenta que las miles de historias que lo rodeaban estaban naciendo y muriendo a cada instante sin que nadie las grabara para los años venideros.  Pasó una niña en su bicicleta soñando con ser princesa, un anciano apenas levantando los pies asustado por los años y una mujer que iba dejando a su paso a numerosos hombres enamorados.   Las hormigas acumulaban reservas para el invierno, pero una de ellas se perdía; el conductor de un camión sentía un dolor en el pecho y temía un infarto justo en ese momento que pasaba frente a una escuela a la hora de salida de los alumnos.  La muerte se solazaba y los fantasmas se reproducían, disparados a los hogares en pena.

Pero él no se daba cuenta y sólo se escuchaba a sí mismo diciéndose “nada, ni una palabra, ni una maldita palabra”.

 



538 Personas han leído este artículo

Escribe un comentario

Los campos marcados con * son requeridos