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Darwin, naturaleza y civilización

Juan Rodes Publicado: 22 noviembre, 2012

Gracias a Charles Darwin y otros teóricos e investigadores neodarwinistas, hemos podido sustituir la idea de la intervención de un creador para comprender la existencia. Con los avances científicos vamos sustituyendo creencias por conocimientos; aunque a un ritmo más lento que el de la ciencia, tanto por el arraigo de nuestras tradiciones como por los intereses creados de las religiones y las seudociencias.

Debemos reconocer que a pesar de nuestros privilegios de especie humana, seguimos siendo organismos tan deteriorables como los más frágiles insectos; no poseemos alma alguna, a no ser que la consideremos como parte del cuerpo, y nuestra mente no es más que nuestro cerebro conectado a todo el resto de nuestro cuerpo y al pasado remoto a través de nuestros genes.

Hemos llegado para habitar nuestro mundo en un tiempo donde ya nuestro cerebro no afronta las situaciones de sobrevivencia que lo originaron. Inconscientemente nuestro propio origen puede crear una forma de desconcierto ante el medio, causado por el gran cambio que ha hecho nuestra civilización, donde ya no tenemos que ser ni presas ni depredadores; sin embargo, tenemos que vivir en un mundo donde a base de ilusiones forjamos nuestras realidades.

Nuestra forma de interpretar el mundo nos aparta de la grandeza del cosmos y de la pequeñez de los átomos. La imaginación humana apenas comprende una amplitud comparable a la duración de su vida y un espacio apenas igual al alcance de la vista. Son limitaciones propias de nuestro ser humano.

Sólo apenas el siglo el antepasado, Charles Darwin nos entregó, con su descubrimiento sobre la evolución de las especies, la sustitución científica a la tradicional creencia en un dios creador; aunque él mismo había tenido esa creencia, tan arraigada que hasta había pensado convertirse en ministro cristiano. Afortunadamente otro camino le trazó el destino.

Su descubrimiento se inició con la investigación de Historia Natural en un barco alrededor del mundo, en una misión encomendada por el gobierno inglés. Pocos años después de concluida, en un momento de inspiración, Darwin comprendió el alcance de su descubrimiento, cuando leyó el argumento de Malthus en relación a que nacerían más personas en el mundo de las que era posible alimentar.

En su libro, “Origen de las especies”, Darwin describe sus investigaciones y resume el resultado de la selección natural con una frase muy simple, tal vez no desprovista de cierto temor ante tan enorme descubrimiento, dice que sus investigaciones arrojarían luces sobre el origen del hombre.

El temor no era injustificado, Darwin sabía del choque estremecedor de su teoría materialista contra los prejuicios religiosos. Mucho después de la publicación de su obra, sus descubrimientos empezaron a ser aceptados; aunque algunas religiones todavía no los reconocen y prefieren cambiar las interpretaciones de sus dogmas y de libros sagrados, ates que aceptar las evidencias y reconocer sus errores.

Falsas creencias han hecho a nuestras mentes reacias a aceptar nuestro origen y destino orgánico, tal vez porque ya no necesitamos matar para comer ni huir para no ser comidos. Desde hace tiempo debíamos haber dado por superado el oscurantismo de nuestra especie, sólo justificable en las primeras épocas de nuestra historia, cuando los mitos daban las respuestas a nuestras inquietantes interrogaciones. Ya no tenemos por qué cargar el pesado fardo de las religiones, que dejó de ser necesario para absolver nuestras preguntas y sólo son ventajosas para quienes las administran con base en  temor al infierno y promesas de vida eterna.

Si hay una esencia inteligente en la naturaleza, es la voluntad de procrear. Es un principio simple que rige la vida. A pesar de lo que se dice, la naturaleza no es sabia, pero es cierto que dispone de la voluntad de procrear, atributo suficiente para ser llamada “madre naturaleza”. La propiedad básica de este atributo es la capacidad de duplicar para repetir el proceso reproductivo de crear vida, incluso con errores cometidos a veces, los cuales han sido tan importantes que podríamos llamarlos padres de la variedad y de la especie humana.

Actuando con la mediación de los códigos genéticos de cada organismo, la naturaleza duplica sus características en los nuevos organismos que engendra. Los pocos errores de duplicación que naturalmente ha cometido en el transcurso de cientos de millones de años, han dado origen a esa variedad de especies que, cuando han logrado sobrevivir en su desarrollo, se han convertido en las diferentes especies que habitan nuestro mundo. Entre todas esas especies, es la nuestra la que más se ha beneficiado de estos errores. Gracias a ellos hemos llegado a evolucionar desde el más simple de los organismos hasta considerarnos hoy como vanidosamente nos llamamos, “homo sapiens”.

La voluntad de procrear no sólo duplica, dispone de procesos adicionales para la selección y la conservación de las especies. Cada organismo surge a la vida en un medio donde encuentra obstáculos para sobrevivir. Si tiene fortaleza para superarlos, puede tener una descendencia que herede su fortaleza. Si no tiene descendencia porque no sobrevivió, nadie ha de heredar su debilidad. En este mecanismo natural se basa la “selección de las especies”.

En cuanto a procesos para la conservación, la naturaleza produce más individuos de los que pueden sobrevivir a la adversidad del medio. Además, a cada uno lo dota de una imperativa necesidad de sexo para obligarlo a reproducirse, haciéndolo partícipe de su misma voluntad de procrear.

Los errores de la naturaleza son los que producen los cambios o mutaciones genéticas, y fueron origen de nuestra especie humana, de la extraordinaria ventaja de nuestra capacidad cerebral, a la cual tenemos que agradecer las incontables maravillas de nuestra civilización, aunque no la hemos aprovechado para mejorar al individuo en su comportamiento.

Nada ha logrado convencer a nuestra especie sobre la conveniencia de obrar con acatamiento a esa regla de oro que establece que los propios derechos individuales están limitados por los de los demás. Nuestro orden social, por otra parte, tolera a los poderosos y a las religiones que subyugan a los demás, sometiéndolos por fuerza o por amenazas, y para ello no debe existir la tolerancia.

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