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Semana 175

El pobre, el rico y el más rico

Felipe Tapia Publicado: 24 septiembre, 2012

Se suele identificar la virtud a la pobreza y carencia, y la felonía a la riqueza, de la misma manera en que la tradición judeocristiana relaciona el ser pobre con ser bueno: “Antes entrará un camello en el ojo de una aguja que un rico al reino de Dios”. Pero ni rico ni pobre han podido escoger libremente su destino o cuna. Es obvio que nadie le hace asco a los privilegios, y menos cuando no se tiene la edad como para desarrollar conciencia social.

Todo este fenómeno ha desencadenado un recelo y odio hacia la otra clase, a veces un resentimiento hacia un “otro” que termina volviéndose el enemigo. Pero ni rico ni pobre son buenos “per se”. Por mucho que la Iglesia insista, ser pobre no es indicador de virtud o superioridad moral. Cristo no está en el que sufre, y el sufrimiento; físico, material o de otro tipo, no te llevará al Cielo.

Incluso los ateos más fanáticos tienen, en mayor o menor medida, asimilado este esquema de pensamiento que trasciende lo religioso y se instala desde lo cultural en esta sociedad, que asocia la austeridad con virtud moral, y que ubica en lados opuestos de la trinchera a los ricos y a los pobres, siendo que estos deberían unirse contra el verdadero enemigo común y terminar con este espiral vergonzoso de privilegios generacionales.

No me malinterprete, no estoy validando la desigualdad social ni justificando la riqueza extrema. Todos somos partes de un aparato perpetuador de la desigualdad, en el que los ricos son tan víctimas como los pobres. Víctimas con privilegios, pero tan hijos de la arbitrariedad como las personas vulnerables socialmente.

Por válido o comprensible que sea el resentimiento de la clase menos acomodada a los más afortunados, existe el opuesto correspondiente: La clase pudiente mira con desprecio a la clase baja, que no gasta su dinero en las necesidades básicas, y en lugar de eso, compra celulares, zapatillas de marca o tecnología de punta. Los privilegiados los denigran, ridiculizan y menoscaban, se ha vuelto famosa la caricatura del flaite con ropa llamativa y celular moderno, como si la frivolidad fuese un patrimonio exclusivo de los ricos, como si los rotos debiesen estar comprando porotos y no celulares.

La gran paradoja es que los mismos que denuncian el apego a lo material como el mayor de los pecados y ensalzan la austeridad como una forma de vida, son los más interesados en denunciar la desigual distribución de la riqueza material. El problema no está en tener o no tener bienes materiales, sino en la pésima manera que tenemos de distribuirlos.

El error consiste en que el odio es dirigido contra quienes no tienen la culpa. Odiar al rico que es rico por la misma razón por la que usted es pobre, por haber nacido en un lugar y momento determinado, con la misma incapacidad para elegir que un pobre, es de alguna manera validar este sistema. Si usted trabaja en una empresa y su jefe le paga a su colega más que a usted por el mismo trabajo ¿Con quién debería enojarse usted? ¿Con su colega por recibir más o con su jefe por pagarle más? En la sociedad pasa lo mismo: Más arriba de los que están arriba, están los causantes del problema: Ellos, los que organizaron y mantienen este sistema de desigualdades, los que han forjado este mundo de ricos y pobres, son los verdaderos culpables. Y permanecen intocables, mientras las distintas castas se discriminan, se tienen miedo y pelean entre sí, ignorantes de quiénes los observan desde cómodas tribunas.



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1 Comentario

  1. Josefina Lorca ha comentado

    Bien profe… Concuerdo con que los causantes de la desigualdad son los perros grandes.. De la clase acomodada, no es un tema de enojarse con ellos, hay que luchar en contra de ellos .. Por que han estado pisando a muchos y muchas por siglos.. Y no piensan en cambiar su actuar explotador.

    Nos vemos en el metro o por ahi! Jajaja

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