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Semana 156

El regalo de Chögyam Trungpa: un innovador cultural

Gustavo Jiménez Publicado: 6 octubre, 2012

“El placer no es un premio, el dolor no es un castigo”

Nació en el Tíbet medieval en 1940. A los cuatro años fue trasladado desde  una choza campesina a vivir a un monasterio budista, con su madre, donde recibió una educación estricta y reservada para lamas rencarnados de alta alcurnia espiritual.

Después de la invasión comunista China de 1959 al Tíbet, partió al exilio a India. Luego de unos años, en 1966, emigró a Oxford, Inglaterra, con una beca para estudiar religiones comparadas. Fue el primer alto lama budista tibetano que enseñó en inglés. Luego de un retiro solitario de un año en Bután, a los 28 años, regresó a Inglaterra y colgó los hábitos  monásticos.

Emigró  a Canadá en 1970. Más tarde, en la pequeña ciudad de Boulder, en el estado de Colorado, en EEUU, fundó una comunidad  de meditación que se expandió en un centenar de centros de meditación budistas en pocos años.

Se encontró  entonces, con la contracultura de los desencantados  rebeldes de un sistema de híper consumo y de la guerra del Vietnam de la década del 1970. Pero en el panorama de los “hippies”, también había abuso de drogas fuertes y un estilo de vida degradado.

“Pacificó” a los salvajes hippies, con la meditación y la conversación. Enriqueció sus vidas de muchas formas y destruyó  la negatividad  donde la había. Mostró y manifestó estilos dignos y alegres. Con su presencia y ejemplo en el actuar,  mostró que la protesta vale, pero es insuficiente si nos degradamos y nos dañamos a nosotros mismos en el proceso. Esto es como una “cordura brillante” (brilliant sanity).

Fue un  maestro ejemplar del hablar sencillo para manifestar  a los reinos espirituales.

 Un innovador cultural

Dormía  poco y trabajaba mucho, fumaba algo, disfrutaba del licor de arroz japonés, el sake y enseñaba siempre, no solo formalmente sino hasta cuando se afeitaba o iba al baño. Lo que algunos llaman hoy 24/7, él lo hacia por conciencia lucida y amor a los seres humanos.  Era de muchas formas atípico, inclasificable, poco convencional.

Vio y apreció  la grandeza de la cultura occidental, pero también señaló las formas de la decadencia  del  estilo de vida moderno (las llamaba “el sol poniente”). No condenó a las personas, sino señaló sus estilos erróneos. Alentaba a crecer. Tenía una confianza plena en las personas y las comunidades, en su capacidad de resiliencia de mejorar, crecer, innovar y curar heridas.

Nos llamó a superar la comodidad personal para servir al mundo y sonreír. Cuando habla del “guerrero espiritual” dice que, aunque lo ocultamos con muchas triquiñuelas, todos sentimos miedo. Ese miedo es un peldaño para desarrollar la intrepidez.

La visión de Shambhala

Al fundar la visión Shambhala, manifestó que el mundo del siglo XX había perdido la dignidad, la noción de lo sagrado y la intrepidez. Estas pérdidas hacen que uno se deprima, angustie y se ponga egoísta y cobarde. Las tragedias cotidianas nos van paralizando y desmoralizando—como las olas del mar que golpean las rocas– y uno sin querer, se va llenando de negatividad.

Lo peor es que esta “peste” de la que habló Albert Camus en su libro existencial, es contagiosa. La “mala onda” se contagia. El mundo y la vida se nos ponen densos. Uno puede perder la esperanza.

La alegría—como toda emoción—también es contagiosa, el simple aleteo de una mariposa puede provocar un serendipity creativo. Nunca se sabe, la vida es así de misteriosa.

Trungpa nos invitó a celebrar la vida y a no dejarnos amedrentar por las cuentas por pagar, los pañales que cambiar o incluso lo degradado que estuviese nuestro ambiente. Incluso si teníamos deudas o nada de dinero.

Nos llamó a no maltratar a otros, a nosotros mismos, ni a nadie.

Mostró un camino inmenso, que ha sido meditar sin tregua en silencio y elevar nuestra vida compartiendo esa camaradería alegre.

También nos entregó métodos—otros dirían técnicas—para servir a otros y ser lúcidos, elegantes y amenos. Esa herramienta es la disciplina, es la meditación sentada y es la auto regulación de la conducta.

Todos somos iluminados en esencia o en potencia: dignos, luminosos, cariñosos. Luego nos confundimos y hacemos “embarradas”. Trungpa confiaba siempre que podemos recuperar el estado original, que es limpio y puro. Las toallas son limpias al comienzo, luego se ensucian, pero las limpiamos.

Creyó, manifestó y enseñó, que tenemos una bondad, una inteligencia y un decoro fundamental y natural, que él llamo “the dot of basic goodness” (El círculo de la bondad fundamental), al que se refería como la capacidad humana espontanea de “abrirse” en lo emocional, en lo social. Sonreír y soltar.

Un Encuentro Personal

Tuve la fortuna de conocerle personalmente y de estudiar en su ambiente por 11 semanas en un retiro de meditación intensa, trabajo y estudio en Bedford Springs, Pennsylvania. Un retiro anual que él dirigía, para estudiantes selectos, que entonces se llamaba Vajradhatu (hoy se llama Budismo Shambhala). Tuve —en un momento— la clara sensación que la intensidad y rectitud del programa me estaban des-condicionando y re-programando de abajo hacia arriba.

Me quebré emocionalmente  como a la sexta semana, extenuado de meditar y “obedecer” como niños bueno (así me creía entonces) y mirando la nieve del invierno, me dije: “Me están lavando el cerebro”… Y me di cuenta que sí. Al mismo tiempo me di cuenta que toda la cultura, educación, familia de origen, nos “condiciona o programa” al seleccionar todo: emociones, conductas, gustos y demás.

Arrancarse y “tirar la esponja”

Aun con lágrimas en los ojos, y una inmensa soledad,  tuve que optar. O me quedaba hasta el fin del retiro, o me volvía a Chile (con una sensación de amargura y derrota). No era por el dinero, era por el orgullo o el inmenso esfuerzo de años que había invertido en llegar ahí. Me inició Francisco Varela, el neurobiólogo chileno,  que fue mi tutor de meditación.

En ese momento intenso de duda y de lucidez, decidí quedarme en el retiro. Tenía que “elegir” u optar por dos tipos de lavado de cerebro, el que traía desde mi infancia y juventud (entonces tenía como 33 años), o el que me estaba “haciendo” el intenso programa de meditación. De un modo menos psiquiátrico hoy lo llaman “re-wiring” o re-cableado neuronal.

A veces lo llaman purificación.

Lo que sea. Ahora que ya han trascurrido cerca de 30 años de entonces, no me arrepiento de haber “aceptado” el lavado de cerebro o la educación meditativa, que la meditación budista me dio.

Quedarme, seguir practicando la meditación y estudiando un poco de la filosofía budista me conectó a muchas tradiciones de sabiduría. Me saqué las anteojeras culturales que llevaba, y no sabía que tenía, me puse más dulce y un poquito menos arrogante. Profundicé en la vida, miré “para el lado”. Pude entender no solo a los caídos, son también la cárcel de los “crueles” y de los “millonarios”. Poco a poco, toda mi vida se dio vueltas “pata para arriba”. Me morí varias veces: conocí diversos fracasos y pocas glorias.

Tantas oportunidades por agradecer

Chögyam Trungpa murió en Canadá a los 47 años, luego de una vida cultural plena, sembrando las semillas de una comunidad mundial de meditantes laicos y monásticos.

Reconozco una deuda de gratitud con Trungpa, un innovador cultural, que cruzo el tiempo, el espacio y dos  culturas (la tibetana medieval, y la moderna de los hippies del 1970 en USA), sin corromperse, con un amor duro, flexible y cariñoso.

Nos enseñó a sentarnos  a meditar en silencio (y a mirar el caos  de nuestra vida, que es el mismo que el del mundo), sin esperar nada: ni premios, ni diplomas, ni aplausos, ni nada. Nos enseño a mirar en el espejo insondable de la mente despierta (Rigpa en tibetano) y a no morirse en el aburrimiento de la mente habitual, quejumbrosa, y dormida.

El “regalo” que Trungpa nos hizo, no es la zanahoria, un auto, una casa, ni un viaje a Cancún con vacaciones “todo incluido”, ni una dieta especial, ni acumular puntos en concursos, ni un bono para comprar mas barato.

Nos enseño a reciclar la “basura” del fracaso y la congoja en sabiduría y compasión. Nos mostró como bajarle el perfil al ego inflado y exitoso. Como él decía: “nada especial” (no big deal).

Nos llamó a no “mirarse el ombligo” y quedarse encerrado en su casita con su familia, ajeno al mundo que padece y se derrumba. Nos mostró con su ejemplo a rescatar y cultivar tres dimensiones: lo intrépido (o valiente), lo sagrado (todo, cada instante) y lo digno (no degradarse). Nos enseño a cultivar bodhicitta o mente-corazón despierta. Y a saber, que en el peor y más negra de las situaciones, somos dignos, intrépidos y dignos. Todos. Lo llamó “basic goodness” (bondad primordial)

No nos entregó un “regalo” hecho, sino por hacer como camino: una mente lúcida y plena, un cuerpo sincronizado con la mente, una vida intensa sin estímulos anti naturales, a ver lo que somos.

Meditando aprendí a no quedarme reclamando y llorando

Hoy 25 años después de la muerte de Trungpa, puedo decir: gracias, ha valido la pena. Estoy en una vida plena, sin un “cinco”,  pero con una familia unida y cariñosa, con amigos maravillosos, inteligentes y dulces, con un mundo desvencijado e interesante en el cual está todo por re inventar, en un país pequeño del planeta.

Aprendí—entre muchas cosas—a no quedarme reclamando y llorando mis desventuras (“pobre de mí” o “los déficit del mundo”), es tan cómodo hacerlo y no sirve de nada. Sino a recuperar la riqueza interna y externa que cada uno tiene, (pero debe descubrir y cultivar como jardín, meditando) como herencia cósmica y devolverla multiplicada al mundo que la necesita.

Gozando el vivir. Sabiendo que la vida es el lado blando del “regalo” misterioso, y ganarse la vida, es el lado duro que todos enfrentamos.

Y cuando muera, espero irme del mundo en paz y agradecido, no tengo “pataleos o reclamos”.

Meditar ha valido la pena. Lo sigo haciendo.



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1 Comentario

  1. hank vega ha comentado

    y es verdad que era bravo pa la chupeta? murió de cirrosis o no? coma hepático creo. No quita ni pone pero siempre me ha parecido curioso.

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