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El Taco sin Fin

Juan Fredes Publicado: 21 septiembre, 2012

Nunca se supo con certeza  cómo empezó, y con el pasar del tiempo formo parte de la leyenda que se construyó a partir de ese incidente. Unos afirman que todo comenzó cuando en uno de los túneles de Angostura (decidor nombre), un vehículo que iba a 80 kms por hora trató se sobrepasar a otro, pero impacto a un tercero que también pretendía hacer lo mismo y cómo los vehículos restantes iban a velocidad semejante, a pesar que la velocidad máxima era de 60 kms por hora, nada impidió una colisión múltiple de más de veinte autos que fueron chocando uno tras otro,  impidiendo que los vehículos avanzaran. Otros dicen que el taco se inicio cuando una descuidada conductora vio como un colchón que llevaba en su camioneta salía volando por el aire y se alojaba en una berma, ella se detuvo sin menor precaución casi a mitad de la autopista para ir a recogerlo, provocando un tumulto considerable. Sin embargo, muchos otros opinan que todo se produjo porque un conductor pago el peaje con monedas de 10 pesos, ordenadas en bolsitas de mil pesos cada una, pero se cayó la tercera y  ahí se inició una discusión con el cobrador que se negó a contar las monedas.

Los estudiosos del tema, afirman, sin embargo que todo es consecuencia de problemas estructurales, de mal diseño, de falta de inversión, de ausencia de cultura cívica. Hay algunos que se atreven a señalar, que esto no fue sino el inicio del colapso de una sociedad.

En realidad, ya nada importa.

Seguramente los incidentes que produjeron  el fenomenal taco, son todos los que la gente señala, que, por cosas del destino, se desarrollaron al mismo tiempo, dentro de un escenario de vertiginosa complacencia de las autoridades y empresarios, más preocupados del negocio, que de otro fin.

El resultado es que a eso de las 10 de la mañana de un largo fin de semana ya eran miles los autos que abarrotaban la moderna autopista, que no podían avanzar ni un mísero centímetro. Cada minuto crecía en más de 100 metros la extensión del taco. Como es habitual, no faltaban los que utilizaban la berma como tercera pista, logrando, que a eso de las 11 de la mañana, el taco fuera de tres pista y ya llegaba casi a la zona urbana de la ciudad.

Las fuerzas policiales trataban de contener a una muchedumbre enardecida que exigía levantar las barreras de  los peajes. “Legalmente no se puede hacer, está en los contratos”, afirmaba un sonriente Ministro en una improvisada conferencia de prensa.

Los canales de televisión,  emitían constantes reportes noticiosos sobre el impresionante taco que ya superaba los 40 kms de autos que no avanzaban ni tampoco podían retroceder. Los automovilistas se bajaban de los autos a reclamar, otros a estirar las piernas, otros a fumarse un cigarrillo, los demás para compartir. Como el taco se extendía más y más, algunas personas empezaron a desarmar lo que llevaban en sus vehículos y montaron improvisadas fogatas donde comenzaron a asar carne. A la orilla del camino surgieron cientos de fogatas donde el humo se mezclaba con el olor a carne. No faltaron las bebidas y luego apareció el vino. La gente festejaba sin saber mucho porque, mientras los reporteros seguían informando sobre el taco interminable.

Llegó la noche y la situación de atasco no sufría modificaciones. Alguien puso música y otros lo imitaron, todos empezaron a bailar. En otros sectores, junto a las fogatas que aún se mantenían encendidas, la gente se agrupaba y cantaba las viejas canciones.

El amanecer sorprendió a muchos somnolientos a otros borrachos y a los demás durmiendo, adentro de los autos o simplemente sobre la hierba.

El cansancio se hizo parte de la monotonía de la espera. Las baterías de los automóviles ya ninguna funcionaba. No quedaba alimento ni bebida y menos alcohol. Hubo quien entró en cólera y ofuscado destrozó su propio automóvil. Muchos otros lo imitaron, con los vehículos de sus eventuales vecinos. A media mañana los incidentes eran generalizados. La gente estaba fuera de sí y la policía recorría en helicóptero tratando de visualizar algún método de control. Trato de bajar sus fuerzas especiales en una zona de servicios de la autopista, pero con tan mala fortuna que un miembro de los equipos de élite, seguramente, por sobrepeso, cayó estrepitosamente y se desnucó sobre una mesa. La policía desistió de continuar la maniobra, por decisión sindical de los miembros de las fuerzas, más que por una orden de los mandos.

La mañana siguiente muchos caminaban, unos hacia el sur, hacia sus lejanos destinos y otros hacia el norte, desde donde venían, dejando abandonados sus autos. En torno a la carretera ya había carpas y otras construcciones un poco más sólidas, dentro de la precariedad. Las zonas de servicio eran ya verdaderas poblaciones callampas. Cuando pasó una semana del taco sin fin, algunas calles  de la improvisada población tenían nombres que recordaban los olvidados héroes de la patria: Prat, Cardenal Silva, Padre Hurtado, Balmaceda.

Nació una guagua. “¿Pero cómo iba a viajar si estaba a punto de parir?”, se preguntó una vieja. “Pero si ya llevamos más de un mes en este taco”, le respondió otra.

Y así era. Ya no constituía noticia. Ya no había reportes ni periodistas apostados al lado del peaje. Ellos también habían sido olvidados.

Y así pasaron los meses y los años. Vino el calor impenitente del verano, el frio implacable del invierno y la lluvia de junio. Paso la escarcha y la helada y los vientos de septiembre. Volvió a salir la hierba, que creció incluso en medio del asfalto y sobre los autos olvidados.

Y el taco sigue ahí, como monumento al viaje imposible.



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