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Semana 174

Invitación

Andres Rojo Publicado: 18 abril, 2012

7 de octubre.

Ni sé cuántos años han pasado ya.  Es así de lejana la última vez que fui a visitar la tumba de mi madre, a pesar de que no la olvido y todavía la recuerdo sentada sobre su cama tejiendo a la sombra del sol, o con sus manos ancladas en un viejo libro de oraciones al momento de buscar el sueño y el descanso del sufrimiento jamás confesado, como tratando de mantenerse en este mundo o, por lo menos, asegurar las bendiciones para sus cinco hijos.

No lo tenía previsto.  Estaba en la ciudad por otros asuntos y se dio la casualidad que un amigo que no conocía más que por Facebook despedía ese día a su madre en el mismo cementerio en el que estaba la mía, y estando cerca y desocupado, no podía dejar de ir.   No siempre estoy en Santiago cuando se necesita, así que era justo que retribuyera el gesto de todos los que me acompañaron en el momento de la muerte de mi madre.

Pensando en esas imágenes del cariño que se regala cuando se requiere, sin que haya que pedirlo, me preocupé de llegar temprano, quizás demasiado, con el solo propósito de aprovechar de mostrarle a mi madre en quién me había convertido con el paso de los años y, como siempre, pedir su presencia consoladora en momentos de dificultad.  Quizás una de las peores situaciones de ser adulto es que no se tiene la posibilidad de llorar y dejarse consolar, sin preocuparse por el día de mañana.

Naturalmente, había ya olvidado dónde estaban sus restos.  Recordaba que estaba cerca de unas torres de metal que soportaban el tendido de cables eléctricos de alta tensión que no habían sido motivo de protesta de ningún residente.  El cementerio es como un gran parque, con muchos árboles y senderos rodeando las parcelas de césped en la que, como pidiendo perdón para no molestar, se ubican las placas con los nombres de los difuntos en rigurosas filas y columnas que se distribuyen en todos los espacios.

Los cables se veían desde todos los puntos del cementerio, de modo que supuse que era cosa de buscar, leyendo los nombres en cada lápida.  Di una vuelta entre las placas en el suelo, pero en ninguna estaba el nombre de quien me dio la vida.  Supuse que podría haber un cierto orden por las fechas de deceso, pero salvo ver la corta vida de unos y la larga de otros, no encontré nada cerca de 1982 pero sí muchos recuerdos: Yo en mi primer día de clases, yo tomándome la leche para la familia cuando la acompañaba a la lechería, yo con la mayor paciencia posible acompañándola a podar las plantas.

Avergonzado, tuve que pedir ayuda reconociendo que no sólo era huérfano de madre, sino que además era un hijo tan ingrato que la había perdido. Afortunadamente, me dieron las referencias para llegar hasta su tumba sin hacer mayores preguntas que evidenciaran mi vergüenza y pude así culminar mi búsqueda con un ingenioso sistema de números tallados discretamente en cada placa.   En el momento de llegar al frente de su tumba me di cuenta de inmediato de mi error: No estaba en condiciones de enfrentarme a quien no se puede mentir.

Quince, veinte años tal vez, y no hay nada que decir.  Una familia que debió permanecer unida pero se fue distanciando, siempre con alguna buena excusa pero excusa al fin, como es comprensible en quienes han crecido y viven cada uno sus propias vidas con sus propias familias.   ¿Qué decir de mi futuro esplendor que nunca cuajó?  Tomé decisiones equivocadas y debí reconocer que fue peor aún que tratara de corregirlas cometiendo nuevos errores.   Es posible que el aprendizaje sea lento, pero seguía necesitando el abrazo protector y sintiéndome de nuevo como un niño que se ha raspado una rodilla pero con un dolor que esta vez se extendía por el alma y que, ya sabía porque algo se va aprendiendo, no se pasaría con un dulce o un poco de cariño.

Era una respuesta dura, y más aún cuando no hay ninguna pregunta haciéndose porque frente a mí había sólo una lápida con un nombre.  Pero era necesario darla antes de que los ojos se siguieran humedeciendo.

Era aún temprano y no podía seguir ahí, de pie, llorando.   Volví hacia la capilla en la que se haría el funeral de la madre de mi amigo una hora después y me senté en un banco de madera a la sombra porque al mediodía el sol ya comenzaba a mojar mi espalda y mi nuca.

Ahí me quedé, pasando la pena, una tristeza que no era por los idos sino por quienes nos quedamos.  La calma volvió después de un rato largo y empecé a escuchar los pájaros que pululaban por un cementerio que parece parque y que, para las aves, es un refugio natural del ruido y del polvo de la ciudad.

Pensé que era el mejor lugar para descansar.   Paz absoluta, un hermoso paisaje y el silencio sólo interrumpido muy a lo lejos por algún bocinazo que, de todos modos, no alcanzaba a interrumpir la armonía del jardín que bien podía pasar por el edén original.

Todo el ambiente era una invitación a quedarse a vivir ahí el resto de la vida, junto a los muertos, quizás más cerca del destino propio pero sin la carga de largos años de penurias matizados, a jalones medio deshilachados por momentos de alegría.   Era cosa, simplemente, de estirarse sobre el prado, dejarse mojar por el riego diario y, de a poco, ir convirtiéndose en un rincón más de ese oasis de alivio.

Era fácil, y muy tentador, pero los pájaros se callaron, como evitando cualquier posibilidad de suponer que su canto era una invitación.

El silencio se mantuvo hasta que llegó una pequeña caravana de automóviles siguiendo el ataúd.  Saludos, consuelos, condolencias, abrazos y apretones de mano: ¿Cómo se puede explicar a alguien que sí se conoce el dolor que siente?  Los recuerdos otra vez: Una amiga dándome el pésame por la muerte de mi madre, diciéndome que no sabía cuánto lo sentía y yo respondiéndole que sí lo sabía, lo que la ofendió por razones que aún no termino de entender 27 años después.

Mi amigo, sus hijos y algunos otros amigos que no conocía, los saludos de rigor y la sensación de que haber llegado antes que cualquiera otro tenía un ligero tinte de absurdo, sobre todo si no conocía a la madre fallecida, pero quería devolver el favor que me habían hecho antes decenas de personas.  Cuando un padre se va, el agujero en el alma es mucho más grande que la partida de cualquier otra persona, salvo, y espero no saberlo, que la de un hijo.   Era necesario estar, pero sentí la necesidad de volver a estar solo por un momento, antes de que se iniciaran los ritos del funeral, de modo que partí por un sendero hacia cualquier lado.

No alcancé a caminar más de unos diez pasos cuando escuché tras mío una voz de una mujer joven: ¿Te vas?, me preguntó la hija de mi amigo.

No -respondí-, me quedo.



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