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Semana 157

La política en el mercado

Andres Rojo Publicado: 8 enero, 2012

A quienes ven con optimismo la decisión de establecer la inscripción automática de los electores y la votación voluntaria, como si fuera una solución a los problemas de participación en el país, hay que recordarles que la efectividad de este cambio -que es, sin duda, positivo desde la teoría- depende en gran medida de cómo actúen los distintos actores del proceso político: Básicamente, los candidatos y los votantes.

Puestas así las cosas, resulta que la teoría del mercado es la más apropiada para analizar lo que pueda suceder, asumiendo desde un comienzo que el acto de concurrir efectivamente a sufragar forma parte del grupo de los bienes suntuarios, esto es que nadie lo necesita para su supervivencia ni estima tampoco que pueda mejorar sus condiciones de vida y, lo que es peor, sabe ahora que no sufrirá ninguna sanción si ese día se queda en su casa durmiendo hasta tarde o preparando un almuerzo familiar, que siempre son actividades más gratas que ir a votar, formando fila bajo el calor.

Habiendo aceptado eso, tenemos entonces que los candidatos constituyen la oferta de la transacción propuesta.    Son ellos los que piden que los elijan, que los prefieran, que los “consuman”, en lenguaje mercantil.   Los electores, que para este caso, serían los consumidores, se están tranquilos esperando que los convenzan de elegir entre una y otra alternativa, pero primero que les persuadan de que es bueno ir a votar.

Mientras ello no ocurra, los consumidores no presentarán ninguna demanda. Por lo tanto, es la oferta la que tiene que ir a buscar a la demanda para que se produzca la transacción.   Si nadie va a votar, la oferta queda condenada a la bodega de los saldos, y aunque a nadie -nuevamente desde un punto de vista teórico- le interesa que ocurra eso lo lógico sería esperar que hubiera cierto grado de compromiso de todas las partes para que se produzca la participación.   Pero no es así.

Con un público consumidor que tiene una mala opinión de los oferentes, que cree que no necesita los productos que se le ofrecen, resultará improbable que concurran a votar con entusiasmo a partir de su exclusiva responsabilidad.  La carga recae entonces en los candidatos.  Son ellos los que tendrán que despertar el entusiasmo de los votantes, los que tienen que convencerlos de que la democracia es necesaria para el país y que su participación es esencial para la mantención de la misma.

Resulta llamativo que un país completo sea sometido a un cambio tan riesgoso en apariencia.   Lo que ocurre es que esta alteración de las reglas es un reconocimiento de que el sistema político no está funcionando y que la única manera de salir a flote es obligar a los políticos a competir de verdad por la adhesión ciudadana.



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