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Ni alegría ni lágrimas

Andres Rojo Publicado: 7 octubre, 2012

Cuando han transcurrido 24 años del triunfo del NO en el plebiscito de octubre de 1988 -amén de los innumerables cambios vividos tanto en el país como en el resto del planeta-, resulta sencillo y casi lógico esperar que ese momento de nuestra historia sea denostado como una especie de estafa por una alegría que nunca llegó.

Es comprensible, pero injusto.   La gran cantidad de chilenos que no vivieron los años de la dictadura en razón de su edad no pueden alcanzar a comprender la situación de represión que se vivía en esos años ni la cantidad de sufrimiento que hubo que soportar.   Algunos podrán decir que la violencia policial que se ha visto en tiempos recientes es inadmisible y por supuesto que es inaceptable, pero se puede informar al respecto.   También son comprensibles las quejas por un sistema económico profundamente desequilibrado -hasta los obispos lo dicen- pero no se reconoce que la calidad de vida de las personas es mejor que hace veinte años y que hay menos pobres que en esa época.

Las críticas son ciertas y efectivamente la Concertación no cumplió todo lo que prometió.   La mejor demostración de ello es que la mayoría de los chilenos votó por un cambio e instaló a Sebastián Piñera en la Presidencia.   Si fue un error o no, se decidirá en las próximas elecciones presidenciales.    Para eso es la democracia, la misma democracia que no existía durante la dictadura y que se hizo posible el 5 de octubre de 1988.

¿Qué la democracia no es como la desean algunos?   Por supuesto.   Eso ocurre en muchísimos países y cualquier ciudadano está en su pleno derecho a demandar más democracia porque se trata de un sistema político que siempre puede ser mejorado.   Pero eso no es la alegría prometida sino una herramienta para buscar esa alegría, que no es otra cosa que tener el derecho a una vida satisfactoria, y no sólo en lo económico.

Antes de la recuperación de la democracia no había alegría, sino lágrimas, y no tenerlas ya, es decir no estar expuestos a que un policía haga detenciones en medio de la noche sin explicaciones, tener la posibilidad de decir que no gusta tal o cual cosa, es un tremendo avance que sólo pueden reconocer los que han vivido una vida gris.

Hoy tenemos colores -no los de la Concertación, probablemente-, pero están disponibles para que cada uno pinte el país que le gustaría habitar.   Los que recuperaron la democracia ya cumplieron su parte y ahora les toca a otros seguir avanzando, recurriendo al consejo de los mayores si lo desean pero sin depender de ellos para que los cambios sean reales, ni quedándose anquilosados en la crítica de algo que ya pertenece más a las páginas de la historia que al futuro.



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