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Nosotros y los Otros

Andres Rojo Publicado: 9 septiembre, 2012

Es importante comprender que, cada vez que nos quejamos de las conductas o de la apatía de los demás, nos estamos quejando de nosotros mismos si es que sólo nos quejamos sin hacer nada.

La sociedad la hacemos todos y si consideramos que no nos gusta una parte determinada de ella, por ejemplo las faltas de consideración por lo demás o a las leyes, la primera responsabilidad por cambiar ello es nuestra.   Si insistimos en hacer trampas y exigir a la autoridad que controle a los infractores, caemos en una especie de esquizofrenia mental, en la que nosotros nos diferenciamos de los otros en cuanto sólo los otros merecen ser corregidos, sin detenernos a pensar cuántas veces hemos pasado el semáforo al filo de la luz roja o las veces que nos hemos tentado con modificar levemente nuestras declaraciones tributarias por un pequeño beneficio.

El pensamiento es simple: El Estado no se va a dar cuenta y no le hacemos mal a nadie.   Pero resulta que el Estado es el administrador de la sociedad y la sociedad la componemos todos.

Más grave aún es cuando nos quejamos de las deficiencias de la sociedad y no hacemos nada:   Que hay pobres, que la salud, la educación deberían ser mejores, que los políticos no nos representan, que los jueces no tienen criterio.  Si no nos gusta, hagamos algo.   Sería lo lógico, pero así como nos gusta recurrir a los demás para endosarles la responsabilidad de lo que se hace malo, también tendemos a asumir que la tarea de resolver los problemas es de los demás.

En cualquier sistema democrático, los ciudadanos tienen -tenemos- el derecho a exponer nuestras proposiciones y pedir que su materialización sea resuelta a través de las urnas o que, al menos, sean recogidas por nuestros representantes en el Parlamento y el Poder Ejecutivo.   Y si no existe la vía constitucional y legal para que se produzca ese proceso, tenemos el derecho a insistir en que se escuche la voz de los ciudadanos.

Es posible que algunas ideas que parecen evidentes, lógicas y completamente merecedoras del apoyo del resto de la sociedad no tengan ese respaldo, porque en democracia no son los iluminados los que deciden sino la mayoría, pero todos tenemos el derecho de proponer ideas.

Hoy algunos proponen asambleas constituyentes o una cuarta urna para que la gente se pronuncie al respecto, pero parecería más productivo avanzar en exigir la realización de plebiscitos periódicos para definir la aprobación o el rechazo de los temas en debate.   Sin embargo, eso pasa primero porque los ciudadanos no nos quedemos sentados esperando a que los otros lo hagan.



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