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Orfeo, el mito y la estética

Diego Villavicencio Publicado: 18 octubre, 2012

Orfeo, mítico personaje griego, hijo de Apolo (el sólo mencionar a Apolo me hace pensar en la pugna entre lo Apolíneo y lo Dionisiaco, lo cual no hace más que atormentar mis elucubraciones) y Calíope. De ellos hereda dos grandes dones, el de la música y el de la poesía, los cuales le sirven para  descender al inframundo y salir con vida de él. La historia nos cuenta que su esposa –Eurídice– fue muerta por la mordida de una serpiente, su canto lastimero conmovió a ninfas y dioses, quienes le aconsejaron que emprendiera la travesía al inframundo con el fin de rescatar a Eurídice. Todos los peligros de su viaje los sorteó gracias a la música, con ella logró ablandar el corazón de los demonios, e incluso logró apaciguar a Hades y Perséfone, quienes le permitieron llevarse con él a su amada esposa; pero bajo una condición, él debía caminar delante de ella y no voltear a verla hasta que ambos alcanzaran el mundo exterior y Eurídice fuera bañada por los rayos del sol. Casi logró resistir, sólo debió aguantar un poco más pues volteó a ver cuando faltaba tan poco para que su amada fuese bañada por los rayos del sol, por esa torpeza, por  esas ansias, la perdió para siempre.

El fin de este texto no es hablar de mitología griega, pero llega un punto donde muchos mitos griegos son fundamentales. La causa de mi anterior sentencia es bastante simple, Mito quiere decir palabra mas no se refiere al Logos pues éste es posterior, se refiere a aquello que dice, lo que comunica algo. Es evidente que muchos mitos quisieran explicar algo. Nuestra inteligencia nos hace preguntar e intentar responder, y no es difícil comprender que los mundos mágicos fueron las primeras respuestas. Ahora lo que nos queda por definir es que es aquello que se intenta explicar con la sola presencia de Orfeo en la mitología. Es la estética, y la posición de la música en ella. La definición que estoy pronto a otorgar es pésima, pero es lo único que puedo hacer en una línea. Ahora la mejor forma de definir arte sería que en medio de tus perturbados llantos mientras lees “La Muerte Sin Fin” de José Gorostiza alguien te dijera eso es el arte, o en el desenlace del quinto movimiento de la novena sinfonía de Ludwig Van Beethoven  alguien te dijera eso es el arte. En una pequeña línea se puede asegurar que el arte es un sincretismo entre comunicación y estética. Mas perfectamente puede el concepto serse en la estética como la estética ser en el concepto; o también es posible que el asunto del arte –de tener algún asunto– sea sólo la búsqueda de la belleza y el recién nombrado sincretismo no sea más que un accidente de esta búsqueda. Ahora mi lector deberá conformarse con ésta pésima definición en breves divagaciones –es muy posible que las divagaciones sean la mejor forma de definir el arte, mas, de ser así, debe hacerse con mayor extensión, mayor error y mayor acierto–. A pesar de la falta de imágenes poéticas esta definición nos servirá para concluir la posición de la música en la estética misma.

Aquí quizás hay un problema mitológico. Si el gran representante de la música en la mitología griega –Orfeo– es hijo de Apolo ¿por qué la música es auténticamente lo dionisiaco? Para aquello no tengo respuesta aparente. Definamos lo dionisiaco, esto es enajenación, transfiguración, arte en su punto más puro (esta última sentencia la explicaré más adelante) ¿lo es?, sí pero deben leerse muy bien las palabras, alejarlas de toda vulgaridad. La enajenación se relaciona con éxtasis, con pérdida del juicio, incluso con una simple transferencia de algo; la transfiguración es el cambio de la figura, de la forma. Esto es muy importante pues estamos en presencia de la deformación, el primer paso para la alucinación. El poeta alucina, el pintor alucina, el músico alucina; entonces ¿cuál es la diferencia? A simple vista la diferencia es sólo cosa de la materia o soporte en el cual se imprime el resultado (la obra), pero realmente es muy posible que haya algo más que haga alguna diferencia; quizás se trata de la comunión que logra la plástica, la poesía o la música con la belleza –y también con el receptor o público–. Si la relación de la poesía o de la plástica con la beldad está perturbada, también lo estará la relación del receptor con cualquiera de estos elementos. Esa perturbación es porque tanto la plástica como la poesía utilizan formas o lenguajes que gran parte del tiempo se emplean con un fin práctico, y no cualquier fin práctico sino uno específico: la comunicación conversacional en el caso de la poesía por ser el arte de la palabra; y el reconocimiento en el caso de la plástica que es el arte de la forma. Lo que intento explicar es que el receptor de un poema verá su relación con la belleza –y es posible que el poeta también– interrumpida, puesto que el significado denotativo de cada una de las palabras será un obstáculo, y no uno pequeño. Con la plástica sucede algo similar si se  trata de algo figurativo. Luego tenemos a la música, pura y dionisiaca. Pura debido a que el sonido escasamente –o nunca– ha tenido un uso práctico, de esta forma el receptor, el oyente, no se ve jamás interrumpido por un torpe intento de significación; y dionisiaca porque es la máxima transfiguración y enajenación posible y, además, ésta se realiza en la propia búsqueda de la belleza (aunque también es posible que sea la belleza quién busque dicha enajenación y transfiguración, el éxtasis).

Allí se nos aparece nuevamente la figura del mítico Orfeo, el hombre que bajó hasta el averno y luego salió de él gracias a la música. Entonces la existencia de Orfeo no tiene otro fin que señalarnos que la música es la pura comunión con la belleza, el puente entre los hombres y los dioses; pues la música es sólo sublimación sin dar oportunidad a que se nos perturbe la búsqueda de la beldad a través del sonido (o la búsqueda del sonido a través de ella).



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