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Pan con palta

Andres Rojo Publicado: 17 octubre, 2012

Todos los días de funeral son tristes en el pueblo, y cuando los deudos se van de regreso a sus casas después de dejar el cuerpo del que ya marchó en el cementerio, el cura Juan guarda en su maletín su sotana y su estola y se regresa a la parroquia.   A veces le dan las gracias, a veces no, pero a él ya no le importa porque con treinta años de párroco ha llegado a un punto en el que en muchas ocasiones le toca despedir a personas que ha bautizado o casado y eso le duele tanto que no se preocupa de las formalidades.

Es tan corta la vida -se dice a sí mismo, con la vista gacha- y yo sigo vivo. Gracias a Dios, pero no puedo dejar de pensar cuándo me tocará.  ¿Quién será el cura que rezará las últimas oraciones por mi alma?  ¿Quién se hará cargo de mi gente?

Va a paso lento.  Todas las tardes de funeral se devuelve a paso lento del cementerio, viendo pasar a los campesinos que se apuran para terminar de dar cuenta del vino que quedó del velorio, mientras la viuda o los huérfanos tratan de disimular su llanto sin dejar de recordar las historias bonitas del muerto, como si hubiera sido en vida un santo.   El cura Juan se sonríe porque conoce los pecados de todos, y no podría decir que ninguno sea un santo, salvo, quizás, Clarita.

La mujer que se hace cargo de todo en la parroquia está siempre callada cuando debe, y hace chistes cuando sabe que se necesita, soltando una risita que ilumina su cara redonda.   Las veces que le ha ofrecido la confesión, ella dice que no tiene pecados y se sonríe como si estuviera diciendo otra broma más, pero como el párroco nunca ha sabido nada malo de ella y en un pueblo chico sería imposible guardar secretos, tiende a pensar que de verdad no tiene pecados.

Él sí.   Pero como está siempre tan lejos de algún sacerdote para confesarlos, ha aprendido a guardárselos bien adentro, hasta que se le olvidan.

El fallecido de esta tarde no se olvidaba de sus pecados.   Llegaba con una lista en un papel -se acuerda y se sonríe- para que no se le fuera a pasar ninguno.  Era un hombre bueno -pensaba el cura Juan- como casi todos los vecinos.   El único que podía ser acusado de pecador era el terrateniente, el dueño de la mitad de las tierras del valle, pero como le daba empleo a casi todo el mundo, nadie lo iba a acusar.   Los pecados son distintos según quien los peque.

Pensaba y pensaba.   Los días de entierro eran de mucho pensar, y en cada ocasión los pensamientos del sacerdote se iban haciendo más melancólicos.

¿Cuándo me tocará a mí?   ¿Quiénes de estos me llorarán?

Al regreso a la parroquia lo recibió la humedad de los archivos parroquiales, un frío intenso y Clarita, por supuesto.

No debería haber funerales en otoño -reclamó para sus adentros-pero el otoño le respondió con un desprecio e ignoró su queja.   En lugar de una respuesta estaba Clarita, ordenando papeles viejos desparramados sobre su escritorio de secretaria parroquial que era, al mismo tiempo, el mesón de la cocina.

Fue cosa de verle la cara con la que venía y de inmediato se puso de pie para colocar la tetera al fuego con sus manos regordetas y prepararle una taza de café.

-          ¿Día difícil? -le preguntó como hacía casi siempre que al padre Juan le tocaba encabezar el funeral de alguien conocido.

Él ni siquiera tenía ánimos para responder y se dejó caer sobre un sillón viejísimo, levantando una leve nube de polvo que parecía manar desde los mismos resortes del asiento.

Clarita ni siquiera esperó un comentario y mientras hervía el agua puso pan a tostar, partió un par de paltas y se dispuso a molerlas, con la ayuda de un chorrito de limón.

Cuando tuvo todo listo, lo colocó sobre una bandeja y se la acercó al cura que tomó rápido el café para sacudirse de encima el frío.  Luego tomó el pan con palta, le dio una mascada y volvió a sentir que la vida tenía sentido.  Una sonrisa cruzó su rostro y Clarita le respondió con un gesto igual, como si fuera un espejo.

-          Dime Clarita, ¿tú crees que la gente me extrañará el día que muera?

-          No diga tonteras, padre.  ¿Cómo no lo van a echar de menos?

-          No sé, es que a veces pienso que la vida continúa igual, aun cuando uno ya no esté.   Por ejemplo, tú vas a seguir atendiendo a quien me reemplace.   El mismo café, el mismo pan con palta.

-          Pero padre, si quiere echo toda la palta de la cocina al ataúd para que esté seguro de que no lo haré.

El cura Juan se rió entonces, sintiendo que entre el humor de Clara, el café tibio y el sabor salado de la palta ya estaba listo para enfrentar el siguiente funeral.



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