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Semana 171

Santiago no es Chile

Andres Rojo Publicado: 18 marzo, 2012

Ha llamado la atención la sucesión de actos de protesta en distintos puntos del territorio nacional, desde Punta Arenas hace un año a las presentes movilizaciones en Aysén, Arica y próximamente Calama, como si fueran expresiones sin una mayor lógica si se las analiza desde Santiago.

Chile ha venido viviendo desde comienzos del siglo pasado un fuerte proceso de migración desde el campo a las ciudades, lo que en cierta forma ha alimentado la creencia de que en las grandes urbes están las mayores posibilidades de progreso, pero eso ha significado un abandono del resto del territorio nacional.   Como consecuencia de eso, las Fuerzas Armadas -en especial el Ejército- elaboraron desde mediados del siglo XX la doctrina de las fronteras interiores, que apuntaba a reconocer aquellas áreas que, por diversas razones, podían convertirse en zonas conflictivas, tanto entre chilenos como ante eventuales aspiraciones territoriales de las naciones fronterizas.

La principal causa de la consolidación de esas fronteras interiores es la baja densidad habitacional, sumada a una escasez de desarrollo económico, y a partir de eso la dictadura implementó a finales de los 70’s el proceso de regionalización y descentralización administrativa, como continuación de proyectos anteriores, sin que este plan se haya desarrollado por completo.

La paralización de este propósito se origina tanto en la capacidad de los polos urbanos para absorber nuevos inmigrantes como por una decisión política de mantener concentrado el poder en las ciudades y especialmente Santiago y que ha sido replicada por el sector privado.

Paralelamente, desde las regiones ha habido una creciente preocupación por luchar contra el centralismo, que ha considerado el impulsar la elección directa de los consejeros regionales (actualmente en discusión en el Congreso) y de los intendentes hasta la conversión de la república unitaria que es actualmente Chile en una república federal, como Estados Unidos, Brasil o México, entre otras naciones.

Con el 80 % de la población concentrada en seis de las quince regiones del país, es evidente que hay problemas de equilibrio en el desarrollo nacional y no se deberían requerir las protestas en las regiones que se consideran más postergadas para que la reparación de este desbalance fuera de una de las prioridades de cualquier gobierno.

En lugar de eso, los representantes de la gente al Parlamento, por ejemplo, se siguen decidiendo en Santiago; las inversiones públicas y privadas también se resuelven en la capital y los intendentes responden a la confianza del Presidente dela República… en Santiago.

Paralelamente, la capital sufre de una hipertrofia que afecta seriamente la calidad de vida de sus habitantes.   A la contaminación y la congestión se unen diversos factores que contribuyen al stress y a las enfermedades.

Lo lógico entonces sería promover una regionalización auténtica y democrática y el crecimiento homogéneo del conjunto del territorio nacional.



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