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Ser humano y vacío existencial

Juan Rodes Publicado: 16 octubre, 2012

La capacidad de reflexión es privilegio del ser humano, ejercerla enaltece al individuo. Cuando no reflexionamos sobre lo que somos ni lo que puede dar sentido a nuestra vida no sólo estamos desperdiciando nuestras facultades, sino que arriesgamos también la estabilidad emocional.

Ni somos el misterio insondable que supone nuestro orgullo ni los compuestos de materia y espíritu que propagan las religiones. Somos una de las especies resultantes en la evolución de la materia. Obtuvimos la ventaja casual de un cerebro más desarrollado, el cual nos diferencia de las otras especies, y nos ha permitido la capacidad lingüística, el pensamiento y una forma de vida civilizada.

Nuestra capacidad mental puede superar nuestra pequeñez, pero debemos ejercer este atributo para dar sentido a la existencia conociéndonos mejor y determinando para qué vivimos. En vez de estar pregonando nuestra superioridad, conviene que nos miremos en la naturaleza como especie privilegiada, pero sólo como otra especie. Montaigne decía que el hombre y su medio social no son más que una insignificante pincelada del enorme cuadro de la naturaleza, y quien pueda reconocer su propio aspecto en este cuadro, es capaz de apreciar las cosas según su justo valor y tamaño.

Estamos en este mundo por azar, no por nuestros méritos ni por privilegio de ninguna divinidad, incluyendo a la naturaleza, a la que muchos la imaginan con poderes casi divinos. La naturaleza es sólo un mecanismo cuyo poder repetitivo ha producido copias de vida en abundancia, dotadas de su propia capacidad reproductiva para que ellas mismas se perpetúen. Los errores de la naturaleza en la repetición, a pesar de ser mínimos, a través de tantos millones de siglos transcurridos, han permitido la variedad de las especies, lo cual, agregado a la capacidad de cada especie para reproducirse y sobrevivir, es lo que ha contribuido a todas las formas de vida que conocemos.

Los cambios en los organismos más simples de la naturaleza explican la transformación gradual que experimentamos en la evolución a través del tiempo, hasta  llegar al ser humano actual. Darwin dice que los géneros más diversos son todos descendientes de un progenitor común, y los seres casi infinitos en número, y que por un espacio de tiempo casi infinito se perpetúan, han gozado de una organización donde toda modificación de su estructura, si era beneficiosa se conservaba y si era perjudicial se destruía. Que las acumulaciones de variaciones beneficiosas han conducido a estructuras tan diversas, tan bellamente adaptadas a diferentes fines y tan excelentemente coordinadas, como las vemos en las plantas y los animales que nos rodean.

Resulta así que los humanos no somos la especie de vida tan separada de las demás. Entre las demás especies y la nuestra no hay más que una corriente no interrumpida de vida. Somos el resultado de cambios accidentales. Somos animales, eso sí, que producen filosofía y poesía como las abejas producen miel. También nuestro producto superior, la cultura, es resultado de nuestro medio social.

Nuestro cerebro se desarrolló originalmente, como en todas las especies, para la conquista sexual, para el cuidado de nuestra descendencia, para conseguir la alimentación y para protegernos de los depredadores, cumpliendo principios naturales de abundancia, procreación y conservación. Superado el período inicial de sobrevivencia, cuando dejamos de ser presas y depredadores, nuestra capacidad intelectual se sintió impulsada a otras actividades. Los grupos sociales e individuos de nuestra especie iniciaron nuevas formas de vida. La historia del pensamiento humano se inició con una variedad de creencias, algunas que correspondían a verdades descubiertas, otras a invenciones que suplían el conocimiento. Nuestros antiguos antepasados vivieron como vivimos hoy, con sus verdades aceptadas y sus actuaciones acomodadas al medio social que les correspondió. Hoy como entonces, los grandes interrogantes a todos nos han acosado. De dónde venimos. Para dónde vamos. Qué debemos hacer.

¿Qué es lo que le da sentido a la vida? Vivimos, sí; pero para qué. La vida por instinto crea el apego, el sentido de la sobrevivencia, es la naturaleza que nos comunica su voluntad de procrear. Vivimos por privilegio, porque hemos aceptado vivir y por mandato de la naturaleza. Debemos también vivir en una dependencia social que permitió a nuestro cerebro desarrollarse, crear ideas y lograr conocimientos a través del lenguaje. La naturaleza y nuestro medio social nos han permitido superar la etapa evolutiva de presas y depredadores, pero el precio de esa superación es la dependencia natural que crea el imperativo social. Cuando nos interrogamos por el sentido de la vida, tenemos que involucrar en él el sentido social.

Los hombres, todos y cada uno de nosotros estamos comprometidos a interpretar nuestra realidad, a tomar posición frente a las verdades aceptadas por nuestro grupo social. Es una obligación individual requerida para dar a nuestras vidas un sentido un sentido coherente. Cada uno de nosotros tiene que buscar una forma de existencia estable para no caer en el vacío de la incertidumbre e inestabilidad. No cumplir con esta obligación individual de reflexión, búsqueda y encuentro de algo que de sentido a su vida conduce a ese vacío existencial.

Algunos llenan ese vacío con dioses, otros lo hacen sirviendo a los demás, hay también quienes aceptan conscientemente el vacío como su forma de vida, lo cual también es aceptable, pero es necesario tomar una decisión. Quienes no llenan este vacío existencial, no encuentran como dar sentido a sus vidas, pueden vivir una permanente frustración que les causa ansiedad. El sociólogo británico Anthony Tiddens dice que la rotura de los parámetros de certidumbre y certeza deja al individuo sin un asidero cultural bajo el cual dar respuesta a los “dilemas existenciales”.

Hallar el sentido de la vida va de la mano del sentido de pertenencia social, de la aceptación del otro en cambio de ignorarlo o rechazarlo por el interés excluyente del propio yo. El sociólogo francés Durkheim, considerado el padre de la sociología, decía que quien sobrepasa su individualismo se separa de las fuentes mismas de las que normalmente debería alimentarse crea su propio vacío y no le queda más que reflexionar en su propia miseria.

Nuestro predominio nos permite transformar nuestro medio, aún a costa de destruirlo. Heidegger, uno de los grandes pensadores del siglo pasado, decía que al principio el hombre habitaba la tierra, pero que ya habita en lo que el hombre hizo de la tierra.  Nuestras ventajas de especie humana han sido ajenas a nosotros, pero es notoriamente satisfactorio que podamos servirnos de la inteligencia para mejorar nuestra existencia, para poder vivir la vida sin destruirla. Podemos hacerlo pero, como otras cosas, debemos querer hacerlo. Llegamos aquí sin otra misión que reproducirnos; pero, ¿para qué crearnos más amarguras de las que ya tenemos, con los dolores causados por las enfermedades, la vejez y la muerte? No tiene sentido utilizar nuestras capacidades para procurarnos nuevos sufrimientos y, menos aún para causar nuestra propia destrucción.

Si la felicidad total es inalcanzable, el acercamiento a ella no sólo es posible, sino uno de los ideales digno para dar sentido a nuestra vida. No es otro el curso que debe seguir nuestra especie en la historia, este ha sido un razonamiento comúnmente aceptado; sin embargo, no es la razón sino el instinto lo que ha marcado el derrotero de nuestra historia, y a pesar de los grandes avances materiales de nuestro entorno, poco ha sido el crecimiento moral que podría ofrecernos una vida mejor y más justa para todos.

La rapiña por la posesión personal de bienes que son escasos, nos ha excluido de disfrutarlos plenamente con los demás, en un afán insensato de excluir a los otros, negándolos como si no fueran parte de ese mundo donde todos nos necesitamos para disfrutarlo. En el acercamiento a la felicidad, a esa vida social más justa y más grata, hemos creado ideologías políticas y gobiernos que han fracasado. Debemos tener claro que no son los gobiernos los que nos darán un mundo mejor. También las religiones han fracasado, ya que se basan en creencias sobrenaturales que sólo nos permitirán fabular con el sentido de felicidad.

No deja de ser admirable encontrar ejemplos de solidaridad humana en personas y organizaciones que ayudan a hacer de nuestro mundo un mejor lugar, que sirven a los demás y que trabajan por el bien de todos, que se dedican a proyectos altruistas, que luchan contra las injusticias y errores sociales ejerciendo presión en instituciones gubernamentales, religiosas y educacionales. Personas que buscan dar sentido a su vida sirviendo a nuestra sociedad con proyectos de apoyo de la niñez, de educación, de integración, de superación de la pobreza, de acceso a la vivienda, de investigación social, de defensa al medio ambiente, de promoción cultural. El seguimiento, aprendizaje y  colaboración en estos proyectos fortalece nuestra civilización y es un ideal digno para dar sentido a nuestra existencia.



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2 Comentarios

  1. Uchi ha comentado

    Esta visión de nuestra existencia me interpreta plenamente y está expuesta con claridad aquí. Desconozco su nombre: ¿filosofía evolucionista?

    A veces esa demanda incansable por los sentidos de la existencia agobia cuando fracasamos, sensación muy diferente cuando sentimos que servimos, que nuestros actos trascienden hacia la vida de otros, en beneficio de ellos. Y es que como especie estamos hermanados por el mandato de vivir y de hacerlo bien, en comunidad, siendo con los otros y entre los otros, pero nunca solos, aislados.

    He preguntado a personas de un medio de conversación artística, en donde se sublima la creación y la expresión como vía para desentrañar misterios, angustias y nostalgias, si un evolucionista puede crear arte y me han respondido que ninguno, tajántemente, lo que entiendo porque para ellos el hecho de estar limitados a la tierra, ser una especie más es una condicionante que empequeñece. En este punto me hace mucho sentido lo que dice Durkheim: “quien sobrepasa su individualismo se separa de las fuentes mismas de las que normalmente debería alimentarse, crea su propio vacío y no le queda más que reflexionar en su propia miseria.”

    Asimismo, me parece hallar respuesta sobre los vacios o sufrimientos existenciales en lo que expresa Heidegger: “…al principio el hombre habitaba la tierra, pero …ya habita en lo que el hombre hizo de la tierra.”

    A mi entender estas afirmaciones develan un desafío, una renovación del mandato de vivir y de hacerlo bien, superándonos para seguir evolucionando. Una nueva tarea nada fácil dado el avanzado y peligroso dominio alcanzado por intereses alejados de aquellos que iluminaron los umbrales de nuestra especie. ¿No es un motor poderoso de sentido para desarrollar inspiración y arte que nos permita seguir habitando en armonía la tierra, trascendiendo por y para nosotros mismos?

    Juan, valoro su trabajo de ilustrarnos de forma amigable en las corrientes de pensamiento, incitando y nutriendo la reflexión, como asimismo sus bellos poemas.

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