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Francisco Varela un ciudadano del planeta y del siglo 21

Gustavo Jiménez Publicado: 18 marzo, 2013

Me han invitado a hacer unos recuerdos de Francisco, como ser humano, no como científico.

Le conocí en el colegio desde joven y tuvimos  varios encuentros notables –que para mí fueron privilegio—y que cambiaron mi vida entera.

El eminente psicólogo suizo Jean Piaget estudió  el desarrollo infantil de sus hijos en la cuna y describió los orígenes de la inteligencia, que Piaget llamo la inteligencia  “sensorio-motriz”, de operaciones concretas y operaciones formales.

Un portento de observación del medio natural. Piaget fue observando como biólogo los seres humanos y estudiando serenamente,  desarrolló una teoría de la inteligencia humana y de los fundamentos de la educación moderna.

Si recuerdo a Piaget aquí, es porque en algo se asemejó  a Varela. Piaget fue biólogo de formación, epistemólogo por vocación y psicólogo por profesión. Pero  no dejó  ninguna escuela de seguidores. Piaget además de culto era inquieto intelectual y culturalmente, y no se encasillaba con nada. Igual que Francisco.

Francisco fue chileno de nacimiento, al parecer ciudadano francés por nacionalización, y vivió en varios continentes, fue biólogo de formación y quizá epistemólogo por vocación y sabio aficionado.

Le interesaban las preguntas—que un periodista—llamó “difíciles”: conciencia, mente, orígenes, fronteras del conocimiento.

No abandonó  la ciencia, pero buscó y supo construir puentes de confianza, que pocos logran hacer.

Le interesaron las paradojas, es decir se sentía cómodo en lo muy sutil, en las contradicciones  aparentes,  que muchos científicos esquivaban.

Y supo no solo navegar en la incertidumbre, sino  también “danzar” con la dualidad y saltar a la sabiduría muy esquiva, por cierto.

Él se sentía cómodo en la frontera borrosa de la filosofía y la ciencia, el enigma de  la conciencia y demás.

La conciencia no es una cosa (como suele creerse), como la mente no es una cosa. Y la mente no es el cerebro tampoco. Francisco lo sabía, lo enseñaba lo conversaba y escribía sobre ello. Juntó  grandes colaboradores en torno a esas ideas de frontera.

Francisco tuvo varios maestros de vida y de meditación.

Su primer maestro fue el tibetano Chögyam Trungpa en Estados Unidos. Se segundo maestro de meditación fue el eminente Lama Urgen Rimpoche en Nepal y su tercer maestro S.S. Dalai Lama con quienes formaron el Mind & Life Institute de USA, hoy famoso por estudiar los correlatos neuro-científicos de la meditación.

El año 1994, con el empresario chileno y ex senador Fernando Flores prepararon un trabajo que iba a ser un libro que se llamó “Educación y Transformación: preparemos a Chile para el siglo 21”.

No llegó a ser un libro ni se publicó, pero se difundió algo en Chile como trabajo o documento.

El trabajo tenía tres ideas centrales y una gran narrativa:  1) la importancia del lenguaje hablado como poder generador de mundos compartidos (coaching), 2) el cuerpo como fuente evolutiva de sabiduría y  3) la solidaridad como comunidad  humana que se nutre, crea, se conserva y se protege.

Francisco murió en Paris el año 2001. Fue un ciudadano del planeta, por su enorme cultura—hablaba cinco idiomas—y escribía en varios. Adoraba el lenguaje y el pensamiento. Varias intuiciones que tuvo, que parecen juego de palabras no lo son, son profundas intuiciones filosóficas.

De lo mucho que escribió y dijo, he seleccionado tres que me parecen notables. Por ejemplo dijo

Una idea me tiene, que no es el reverso de TENGO una idea. Y no es un juego inteligente de palabras, simplemente  dice lo que pensaba.

Aparecemos y desaparecemos a cada instante, que apunta a lo escurridizo del sentido de Yo e identidad que tenemos.

Orden sin fundamento, una paradoja que algunos llaman Dios. Apuntando al detalle maravilloso de lo real, de las cosas, pero que carecen de sustancia sólida, como lo ha demostrado la física cuántica. Y así y todo se manifiestan y aparecen en todo su esplendor.

Finalmente, cuando las personas saben que van a morir, algunas se preparan. Varela lo hizo, se preparó meditando, amando y reposando.

Dijo al final de su vida:

La vida es tan frágil y el presente es tan pleno.

Una especie de meditacion profunda de su saber y existir y de lo lucido que llego a ser antes de morir.

No asistí a su muerte en Paris, pero él sabía que dejaría su cuerpo y hasta el Dalai Lama le envió sus buenos auspicios próximos a la muerte. Sus hijos, padre, hermano y otros llegaron a acompañarlo en su momento de muerte en Paris.

Y como herencia espiritual y cultural, murió en paz y agradecido, muy joven a los 53 años y entre otras cosas, dejó  la meditacion Mindfulness y  Tonglen de compasión,  que introdujo en Chile. Formó uno  de los primeros centros de meditacion budista el año 1981.

Es bueno decirlo, Francisco tuvo una buena madre, un gran padre y hermanos que lo querían y una familia propia  que lo adoraba.

En muchos sentidos fue un ser humano completo, sin ser santo ni menos piadoso, pero si dedicado y con atención a los detalles cuando las circunstancias lo requerían, y  muy persevante cuando era necesario, y extraordinariamente flexible y dúctil.

Era un encanto y sabía ser severo y cortante también  si la ocasión lo requería. Solo de  carne y hueso, simplemente humano.

Quienes trabajaron con él, o fueron sus amigos, le amaron por su encanto, su sabiduría y su enorme ímpetu y su corazón fue cada vez más dulce, abierto y cálido.

Una maduración que la meditacion ayudó a hacer florecer de lo que ya era.

Un ciudadano del mundo, que siempre se sintió bien morando en las paradojas ambiguas.

Gracias Francisco por iluminarnos con tu vida,  tu obra y tu legado.

 

 

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