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Por qué rechazo los zoológicos

Leonardo Vásquez Publicado: 15 marzo, 2013

Entre los diversos tipos de explotación que ejercemos hacia los demás animales, existen algunos que extrañamente gozan de mejor reputación. Por lo general, se tiende a asociar rápidamente el nivel de violencia física como parámetro para establecer cual actividad es más cruel que otra. Así es como la gente, por lo general, rasga vestiduras con el tema de la industria de las pieles o las corridas de toros, pero no tiene mayores inconvenientes en consumir otros productos donde el sufrimiento no les parece tan evidente (pero que en realidad es enorme), como la leche, los huevos o vestuario de lana. En ese sentido, veo que la indignación es más intensa cuando no se participa directa o indirectamente.

Cualquier tipo de explotación a otro ser vivo sintiente es moralmente inaceptable, donde la privación de sus derechos más básicos es una constante en todos y, por lo tanto, nuestra posición debe siempre propender a rechazarlos y no participar de ellos. En ese sentido, y sin duda, una de las actividades menos repudiadas es la de encerrar a individuos de otras especies, que fueron sacados de su hábitat natural, para ser exhibidos como meros objetos. El nombre bonito y llamativo: Zoológico.

Cada uno de nosotros, humanos o animales no humanos, valemos por lo que somos: seres capaces de sentir, de tener una autoconciencia, una visión de mundo, una personalidad distinta, de establecer relaciones afectivas, de buscar siempre el placer y alejarnos del dolor. Por estas razones, no tenemos obligación alguna de sacrificar nuestros derechos por un supuesto bien común. El sacrificio para esos seres es la privación de su libertad, lo que conlleva un sufrimiento con síntomas como movimientos estereotipados, automutilaciones, conductas anormales y falta de apetito (se catalogó el trastorno como zoocosis).

Diversos argumentos se suelen utilizar para mantener el funcionamiento de estos establecimientos. Se habla mucho de que son necesarios, porque así las personas, sobre todo los niños, pueden aprender más de los animales. Lo cierto es que no es justo que para que uno se “eduque”, otro individuo deba pagar con su libertad. Por otro lado, y demostrando que podemos ser especistas, si se tratara de una tribu humana ¿Seríamos capaces de afirmar que estaría bien encerrarlos para que los “civilizados” podamos aprender de sus costumbres?, claro que no. Además debemos cuestionarnos ¿Será educativo enseñarle a los niños que está bien que los humanos mantengamos en cautiverio a otros animales, sólo para nuestro beneficio? Hay otras maneras que sí son éticas para aprender de otras especies como los libros y los documentales.

Los zoológicos también basan su existencia en lo que ellos llaman conservación de las especies. La pregunta es ¿A esos animales, como individuos, les genera algún beneficio esto? ¿O en realidad somos nosotros, los humanos, quienes nos interesamos y nos sentimos bien cuando detenemos la desaparición de una especie? Las especies a lo largo de las décadas y los siglos han ido desapareciendo, como los mamuts, los tigres de bengala o las tortugas galápagos. Algunas por causa de los humanos, otras no. Mi reflexión es: Si se hubiera podido ¿Habría valido la pena mantener a un par de esos individuos en cautiverio de por vida, con descendencia incluida, sólo para perpetuar su especie? Debemos concentrarnos en que son esos individuos los que sienten y no las especies como categoría general. Nuevamente, si soy de una tribu determinada con pocos ejemplares ¿Tengo la obligación de sacrificarme para que ésta se mantenga en el tiempo?.

Otro de los argumentos que sostienen los que se benefician con los zoológicos es que rehabilitan animales. Gran acierto publicitario, porque genera que las personas crean que están haciendo un bien yendo a estos lugares donde “de forma solidaria y desinteresada” hacen rescates. No voy a desconocer que muchos lo hacen y efectivamente salvan a individuos que no pueden permanecer en otros sitios, además de rehabilitarlos y otorgarles cuidados básicos. El tema es que para eso ellos deben terminar siendo objetos de exhibición junto a otros que, nuevamente, no tienen obligación de sacrificarse por nadie. El problema es que no existen otros espacios donde puedan llegar estos individuos, que muchas veces no tienen posibilidad de regresar a su hábitat natural y para eso son necesarios los centros de rescate y santuarios. Por poner un ejemplo de la poca voluntad en ese sentido: Chile está suscrito desde 1974 a la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES) que exige a sus países miembros tener centros de rescate o santuarios. Hasta la fecha, este país no tiene ni siquiera un centro de rescate que sea de su administración (todos privados y para fauna silvestre, con la única excepción del Centro de Primates de Peñaflor que no recibe ningún aporte estatal).

Para finalizar, mientras sigamos favoreciendo los intereses de los sostenedores de los zoológicos, con el solo hecho de asistir y costear una entrada, estamos más lejos de nuestro objetivo de que estos individuos dejen de ser encerrados y se respeten sus derechos. Es importante plantear el debate, si realmente queremos un mundo donde prime la justicia, no podemos seguir permitiendo la existencia de estas cárceles de animales.

 

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