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Los primeros pasos de la civilización

Juan Rodes Publicado: 10 abril, 2013

Nuestra especie humana no evolucionó para permanecer sino para cambiar. Nuestra patria es el mundo y nuestra frontera la duración de la vida. Nuestro origen se dio en tierra africana; fuimos grupos humanos que crecimos y necesitamos más espacio para sustentarnos, así empezó nuestra humanidad a dispersarse por toda “la faz de la tierra”. Por miles de años nos alimentamos de frutos, raíces y nueces que la naturaleza nos prodigaba y de carne de otros animales que aprendimos a cazar. Nosotros también fuimos perseguidos como caza y estaba nuestro ideal limitado a sobrevivir. Por milenios soportamos hambrientos inviernos, lo que aprendimos también a superar. Nuestra inteligencia se desarrollaba en comunidad y la civilización empezaba a despertar. La naturaleza cuyo poder tanto nos deslumbraba, no cambiaba para solucionar nuestros problemas, pero ya nosotros aprendíamos a superar a la naturaleza.

Transcurría el año 8000 antes de nuestra era. Éramos ocho millones en la tierra, y en un aprendizaje gradual conocimos los principios de la previsión, el proceso de compartir la abundancia del presente con la escasez de mañana, el almacenaje de los alimentos para usarlos después. Aprendimos a no cazar de inmediato todos los animales encontrados, empezamos a dejar algunos vivos, aprendimos a cuidarlos, a procurar su crecimiento y reproducción, para después sacrificarlos según nuestras necesidades. Hicimos paso a paso el aprendizaje para disponer de alimentos como carne, leche, pieles, lana, huevos. Aprendimos a domesticar animales que podían ayudarnos en nuestras labores. Descubrimos las técnicas de cultivar y conservar los vegetales para el consumo gradual, en vez de salir como lo hacíamos antes a buscarlos por todas partes.

Llegamos de este modo, paso a paso a través de muchos años, de una mejora a otra, con el  inconsciente dinamismo del progreso, a lo que después se llamó la gran revolución agraria, pero eso no lo supimos porque la vida se vive lentamente, y sólo es la historia la que marcha sobre los siglos cargada de acontecimientos. Así pasó nuestra civilización de cazadores y recolectores de alimentos, a ser una civilización de pastores para algunos y de agricultores para otros. Los pastores se convirtieron en nómadas para llevar el ganado en busca de los pastos requeridos. Los agricultores se quedaron para cosechar los alimentos, fueron sedentarios, al menos mientras la tierra fue fértil y productiva.

Pero los cambios todos, inclusive los que marchan con la lentitud del tiempo, a pesar de las ventajas que acarrean, también traen sus rupturas, de las que todos resentimos. Una nueva separación de nuestras primeras comunidades, ya no por falta de espacio sino por funciones, originó diversidad en la civilización, ingrediente que difícilmente asimilan las sociedades, y esa diversidad, provisional en un principio, se convirtió después en permanente, aunque sostenida siempre por el necesario intercambio de productos agrícolas por ganaderos. Esos fueron los vínculos residuales de relaciones intergrupales. La humanidad se siguió reproduciendo y requiriendo de más espacios, por lo que los grupos también se multiplicaron. Fue la dispersión la que originó las cinco primitivas civilizaciones, las primeras que encontramos en la historia, radicadas en Mesopotamia, India, China, Mesoamérica y los Andes centrales.

Desde el principio de las relaciones primitivas se empezó a perder ese vínculo natural de compasión que propicia la solidaridad. Los nómadas saquearon a los agricultores y los agricultores empezaron a defender los derechos de una propiedad, que sin ninguna preconcepción filosófica, con toda naturalidad, se empezó a reconocer. No fue el origen de la propiedad como lo concibió Rousseau, cuando a alguien se le ocurrió cercar un terreno y decir que le pertenecía, encontrando a otros que se lo creyeran. La propiedad, fuera individual o colectiva, se originó por ese instinto natural de territorialidad que los humanos defendían hasta con su vida, porque eran los cultivos y posesiones que se habían constituido en sus únicas formas de vida y de sustento.

Las viviendas de las primeras comunidades agrícolas estaban construidas cerca a los cultivos. La necesidad de agruparse para defenderse de los animales salvajes y congéneres fue la causa del surgimiento de los poblados. Los cultivos no sólo suplían las propias necesidades, sino que dejaban sobrantes que se utilizaban para intercambio con los nómadas y los pobladores vecinos. La nueva organización de la vida y el trabajo permitía a los habitantes de los poblados disponer de tiempo para dedicarse a diferentes labores. Fabricaron utensilios, adornos y armas; se preparaban para la defensa y también para el ataque. Algunos miembros de esos mismos grupos se dedicaron a otros tipos de servicios como los religiosos.

Los poblados crecían convirtiéndose en ciudades. Las comunidades primitivas condujeron a nuevos cambios en los mecanismos organizativos. Las  formas establecidas de integración social hicieron del urbanismo uno de los logros fundamentales de la historia. La población crecía mientras la agricultura se difundía. Aunque no se sabe exactamente dónde surgió la agricultura ni cómo los humanos la descubrimos, los arqueólogos han encontrado sus primeras manifestaciones en el Medio Oriente, en una región que hoy pertenece a Irán e Irak.

En un lugar llamado Jarmo, al norte de Irak, el arqueólogo Robert J. Braidwood halló los restos de un antiquísimo poblado que pudo haber albergado entre cien y trescientas personas. Fueron los inicios de una arquitectura primitiva que puede corresponder al año 8000 antes de nuestra era, donde se usaron herramientas de piedra para cortar el trigo y la cebada. Utilizaban también ollas de piedra para almacenar el agua. Las casas eran de paredes delgadas de barro apisonado y divididas en pequeñas habitaciones.

En los niveles superiores de Jarmo, correspondiente a una época más avanzada, se hallaron ya en esa época, utensilios fabricados de barro cocido. También había animales domésticos. Los agricultores de Jarmo tenían cabras y posiblemente perros. La región de donde proviene esta civilización, la más antigua conocida, ha tenido varios nombres a través de la historia, nosotros la conocemos como Mesopotamia. Corresponde al Irak de la actualidad y se extiende a Siria, Turquía, Irán y otros territorios que formaron parte de la que fue la Unión Soviética. Jarmo se halla a 200 kilómetros al este del río Tigris, en el nordeste de Mesopotamia. Fue posiblemente el año 5000 antes de nuestra era, cuando entre los cultivos se empiezan a encontrar especies mejoradas de cereales, ganado vacuno y ovino.

En Mesopotamia los edificios eran de barro apisonado, ya que generalmente no había rocas ni buena madera. Las primeras casas al borde de los ríos fueron de muros gruesos y escasas aberturas para mantenerlas frescas. La basura se tiraba a las calles y se apisonaba al paso de la gente y los animales. Así las calles elevaban su nivel y era necesario también elevar el nivel de los suelos de las casas con capas adicionales de barro. A veces las inundaciones destruían los poblados, que los sobrevivientes o nuevos pobladores reconstruían. Las ciudades, construidas unas sobre otras, llegaron a formar montículos que se elevaban sobre la región circundante. Con el tiempo las ciudades llegaron a la ruina y sólo quedaron los montículos. Cuando crecieron las ciudades primitivas no fue suficiente el control patriarcal para mantener el orden. Las personas no familiares se debieron asociar para una cooperación comunitaria bajo el control de un líder elegido. Cada ciudad fue una unidad política con suficientes tierras de cultivo para alimentar su población, bajo el gobierno de un rey.

Los habitantes de las ciudades primitivas no sabían de dónde provenían las aguas que les hacían posible su existencia, las cuales a veces causaban inundaciones y hacían estragos, por lo que supusieron que era obra de un ser más poderoso que los hombres. Creyeron que se trataba de dioses y se idearon ritos interminables para mantenerlos propicios. Existe un poema antiguo de Mesopotamia donde se cuenta como los dioses asolaron a la humanidad con una inundación devastadora y los hombres hicieron un sacrificio. Como resultado, dice el poema,  “los dioses olieron su aroma, los dioses olieron el dulce aroma y como moscas se agruparon sobre el sacrificio”. El trato con los dioses resultaba más complicado que el trato con los hombres porque una inundación podía causar el hambre y la devastación de la región. Ello hizo que de las comunidades agrícolas surgiera un poderoso cuerpo sacerdotal, más complejo del que tenían las sociedades nómadas. Los reyes de las ciudades eran también sacerdotes y realizaban sacrificios.

Uno de los grandes avances de la civilización mesopotámica fueron los sistemas de irrigación; pero el agua de río contiene más sal que las aguas lluvias, y la sal gradualmente se acumula en el suelo y con el paso de los siglos lo arruina, a no ser que se usen técnicas especiales para limpiarlo. Fue esa la causa de que muchas civilizaciones regresaran a la barbarie. Aunque en Mesopotamia este deterioro pudo evitarse por muchos siglos, el suelo al fin adquirió demasiada salinidad y perdió su antigua fertilidad. Las menos antiguas civilizaciones de Grecia y Roma, ancestros de la civilización europea, están históricamente relacionadas con la ética, la ciencia, la ingeniería, el arte, la mitología, la arquitectura y la administración política de las civilizaciones antiguas del Medio Oriente. Después de la decadencia en que se sumió la civilización occidental durante la Edad Media, cuando se perdió el conocimiento de la cultura griega, fueron los árabes quienes lo volvieron a llevar a Europa, durante su hegemonía, cuando por más de siete siglos se impusieron en gran parte de la Península Ibérica.

El tiempo ha seguido su marcha, haciendo el mundo cada vez más pequeño con el progreso del transporte, la información y las comunicaciones; sin embargo, la migración de nuestra especie continúa, casi siempre en lucha contra el arraigado instinto de territorialidad, ya no amparado en la necesidad de la defensa, sino en los enaltecidos valores de propiedad y patria.



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