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Pecado

Hernan Caucao Publicado: 8 septiembre, 2014

Yo no sé si es prohibido,
Si no tiene perdón.
Si me lleva al abismo,
Sólo sé que es amor…

Pecado, música de Enrique Francini / Armando Pontier y letra de Carlos Bahr.

 

Diego

Unas gotas escurrieron desde su frente, luego por sus mejillas, para caer lentamente sobre la espalda de ella mientras se movía cadenciosamente. Se detuvo para contemplar su espalda y su cabello revuelto, le pareció de una hermosura soberbia. Su piel eternamente oscura, sus contornos delicados, esa hendidura al final de su espalda, ahora repleta por su sudor, le pareció lo más sublime que había vivido en su corta vida. Su cabeza giraba con el movimiento y tenía la impresión de que en cualquier momento perdería el control, la conciencia, y de nuevo volvía en cada movimiento que ella le pedía silenciosamente se repitiera.

Se dio cuenta que estaba perdido, lo que estaba pasando en ese momento era una entrada directa a un territorio que siempre observó desde la curiosidad, sólo le había rozado, quizás tímidamente, quizás con ternura; ahora ella, le había tomado de la mano conduciéndole por sensaciones reeditadas quizás, pero totalmente nuevas para él. Sentía que su pecho por segundos se quedaba sin aire, quería gritar, quería llorar, porque todo ello lo superaba más allá de la razón y cada poro en su piel se volvía una vertiente inagotable de afecto.

Supo que estaba perdido mucho antes de perderse, lo vio venir pero se dejo llevar, no quiso resistirse, para qué, no habría podido. No quiso detenerse, aún cuando supo que estaba totalmente vulnerable y que de romperse nunca sería el mismo.

Se dejo llevar, porque pensó que en esta vida, quizás una o dos veces, se sienta lo que ahora a él lo desbordaba. No quiso detenerse, porque aunque expusiera la vida en ello, tuvo la certeza que no habría vida que valiera la pena si retrocedía. Avanzó, porque aprendió en un momento, que eso, era vida, la entrega sin ningún tipo de reservas y a él le había llegado su momento.

Todo estaba en complicidad, el calor se hacía exquisitamente sofocante, los días de enero habían traído consigo un calor que llenaba todo y el viento carente de humedad no hacía sino desvanecerse cuando tocaba sus cuerpos. La miro un poco más, su espalda le seguía pareciendo infinitamente hermosa. Le giró, quiso verla a los ojos mientras intentaba ver su alma. Se sentó en el borde la cama y la colocó sobre si, casi no podía sujetarle por la piel que inundaba toda con enormes gotas de sudor, y mientras, más parecía que la iba a perder, con más fuerzas se aferraba a ella. Pensó que si se le iba, la perdería para siempre y se aferró a su espalda con todas las fuerzas, sus brazos se tensaron y la tomó con una fuerza que le pareció no era la suya, como si algo desconocido le diera un empujón vital a las ganas que aún seguían intactas.

Ella se resbalaba por sus piernas y él la regresaba con el temor de perder un tesoro recién descubierto. La miraba y no estaba seguro de ver con claridad. Su mirada la cruzaba de lado a lado y sentía que podía ver más allá de lo que alguna vez ella le confesó, sintió que había tanto por ver y era tan poco el tiempo que tenía para observarla.

Se dejó llevar porque su mirada le regalo la complicidad que sólo poseen los que se entregan sabiendo que deben partir. Se entregó porque si no lo hacía en ese momento se arrepentiría el resto de su vida. Se tensó cuando llego el momento y sintió como ella se aferraba a su cuello gritando con su mirada que no la dejara marcharse. Su cuerpo se arqueó por los espasmos que venían de un lugar lejano para él, sintió sus manos en la espalda y luego como las uñas se fueron enterrando, deslizándose, llevándose parte de su piel; fue el dolor más profundo que experimentó porque se percató en ese preciso momento que le debían haber marcado el alma.

 

Matilde

Le podía sentir perfectamente, como, con cada movimiento, gotas de sudor caían sobre su ella, sentía de él las manos en sus caderas y como de unas gotas, pronto fue un torrente derramado por su espalda que se depositaba en una pequeña represa al final de su columna.

Quería moverse más, pero su peso y sus movimientos se lo impedían, sintió que estaba a punto de girarse y golpearle porque desesperaba en el mar de sensaciones que golpeaban con violencia cada cuadrado de piel. Quería moverse y no podía. Quería moverse y al no poder hacerlo la desesperación de la que era presa la estaba volviendo loca de placer.

Nunca pensó en llegar a esto, o quizás sí, quizás sólo quiso que pasara. Tuvo la certeza que estaba totalmente fuera de sí cuando él se movía con una cadencia que le hacía sentir como su cabeza giraba en un remolino de jadeos que llenaban la habitación.

Quería vivir la vida como ésta se le daba. Sabía del dolor extremo y por eso se entregó, porque este momento, era precisamente lo opuesto, era la vida entrando y saliendo de ella, por cada poro que gritaba a borbotones que estaba viva y que momentos como éste, sólo se daban una, quizás un par de veces en la existencia. Sus dientes rechinaban sin poderles contener y el aire seco que entraba por su garganta sólo lograba calentar aún más lo más profundo de su alma.

No tuvo reparos en entregarse, porque se sintió segura. Porque no había un lugar en el mundo donde ella quisiera estar en ese momento más que debajo de él sintiendo sus fuertes manos presionando sus caderas. Quiso que él sintiera en profundidad la entrega más absoluta y le cogió de la mano para enseñarle cuan amplio era la entrega de una mujer abandonada a sus afectos. Quiso sólo ser de él y por eso borró el tiempo y los recuerdos que siempre viajaban con ella. Quiso que él cruzara con ella los umbrales de la cordura y por eso se entregó como sólo se entregan quienes saben que deben partir.

No fue necesario que dijera nada porque entendía perfectamente su lenguaje silencioso, se giró cuando él tierna pero firmemente se lo indicó en silencio, se posó sobre sus piernas. Vio su mirada perdida en la profundidad de su alma y le amó tanto que llegó a doler algo dentro suyo. Sentía como se escurría por sus piernas y se aferraba a su cuello, no quería alejarse más allá de sus brazos y regresaba con cada abrazo de él. Su pelo revuelto, mojado, se pegaba a sus mejillas y se sintió más hermosa que nunca.

Presintió el final, se abrazó a cuello, acarició a su nuca y perdió el control mientras sentía como él le abrazaba con mayor fuerza en cada espasmo. Su espalda le pareció un mundo nuevo, se abrazó a ella, hundió sus delgadas uñas para dejar su huella de hembra completa, quiso que su piel le recordará en los días venideros, aunque estaba segura que su alma nunca le olvidaría.

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