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Recuerdos de mi padre

Sergio Arévalo Publicado: 26 junio, 2015

Tengo muchos recuerdos de mi padre, pero hay uno que aunque no es el primero vuelve hoy a mi memoria. Estamos en Ancud, en nuestra nueva casa. Estoy en brazos de mi padre, mirando el pequeño tubo de pasta de dientes odontine infantil con un conejito; mientras él me lava el poto en el lavamanos.

Varios años después, ya instalados en Santiago, durante el verano de 1969; fuimos a veranear a Angol, ese verano mi mamá aprovechó la estadía para tener a de mi hermano Néstor en el hospital de la ciudad. Esas vacaciones  yo decidí regresar antes con mi padre a Santiago. Tenía siete años recién cumplidos, pero ya daba muestras de mi carácter del carajo, porque hinché tanto que mi padre no tuvo más remedio que aceptar traerme de regreso, a pesar de que me iba a quedar solo en casa con la empleada, porque todo el resto de la familia se quedó en Angol y él tenía que trabajar.

Aquel verano, yo había encontrado una pequeña foto en el álbum familiar que me encantó. En la foto en blanco y negro, que lamentablemente está perdida, aparecía mi padre de terno, en el patio de la casa, sosteniéndome en sus brazos. Yo estaba con pañales, tenía una inmensa sonrisa y el me miraba sonriendo también. Recuerdo que todas las noches me acostaba, miraba la foto largo rato y luego la ponía debajo de la almohada. Tiempo después supe que la guagua que estaba en los brazos de mi padre con tan hermoso gesto no era yo sino que era mi hermano Ricardo.

En aquellos tiempos mi padre aún manejaba. Habíamos traído desde Ancud, un auto nuevo. Era un station color café con leche, marca Volkwagen modelo Variant. En este auto, con motor trasero, Ricardo y yo viajábamos sobre el motor, en el espacio destinado a las maletas. Mi madre nos ponía unas almohadas y viajábamos cómodamente con las piernas estiradas y abrazados por el calor del motor. Era sin dudas el mejor lugar del auto especialmente para viajes largos.

Una vez viajamos a la ciudad de Molina, a visitar al tío Manuel Mancilla, que era el agente del Banco del Estado de la ciudad. Recuerdo que cuando íbamos por la carretera, recién saliendo de Santiago, los Carabineros detuvieron a mi padre y le sacaron un parte por exceso de velocidad. Después del incidente, cuando ya habíamos avanzado bastante en el trayecto, nuevamente los Carabineros hacen para el auto y le dicen que baje. Mi padre después de conversar con ellos, regresa al auto y dice sonriendo que le quieren sacar un parte por exceso de velocidad y le están pidiendo el carnet de conducir. El recoge el parte que ya le han sacado y sonriendo regresa donde los Carabineros y les muestra el papel diciéndoles que no pueden sacarle un parte porque ya tiene uno.  Al poco rato regresa emputecido con un segundo parte en la mano.

Ya más grande, en pleno gobierno de Allende, salíamos muy temprano de la casa. Él para su trabajo y nosotros hacia el colegio. Como siempre las micros iban llenas era toda una aventura poder llegar a la hora. Sin embargo había días en que teníamos la suerte que un señor que manejaba una pequeña liebre de Televisión Nacional, y que tenía un niño con Síndrome de Down, que estudiaba en la Escuela Japón cerca de la nuestra, se detenía y nos llevaba de puro buena onda. Mi padre conversaba con él y Ricardo y yo nos íbamos cómodamente sentados mirando el paisaje repleto de gente en los paraderos, sin poder tomar locomoción.

En aquella época mi padre tuvo que ir unas cuantas veces a mi colegio, por algunos problemas de conducta de su hijo. Una vez por pelear en el patio contra el matón del colegio, otra por entrar por la ventana a la sala de los niños más pequeños y robar lápices; inducido por uno de los chicos malos del curso. Esta travesura me significó un gran reto en casa.  Me dijo cómo es posible que tuviera un hijo ladrón. Escuchar esa frase fue tan fuerte para mí que de ahí en adelante nunca más me robé ni un dulce en un supermercado.

Mi padre era severo, había perdido a su padre muy pequeño, y por su inteligencia lo habían enviado a estudiar interno en la Escuela Normal de Victoria. Pienso en lo solo que debe haberse sentido cuando pequeño, lejos de su familia y sin un padre. Alguna vez  también nos contó que pasaba mucho frío en esa escuela.

A mi padre le gustaban los tangos, cuando ya estaba jubilado los escuchaba todos los días. Aunque rara vez ocurría, recuerdo haberlo visto más una vez bailar con mi madre tomados de las manos.

La otra pasión de mi padre eran los libros, recuerdo una vez que ya jubilado,  o a punto de serlo,  compró un computador y lo instaló en la casa. Como no sabía usarlo, le pedía a una cuñada que le escribiera sus trabajos para la Logia. Un día le dije papá, voy a enseñarle a usar este aparato, va a ver que es muy fácil. Un fin de semana que estaba en su casa, le dije ya papi, vamos al computador que le voy a enseñar. Perfecto me dijo, espérame unos minutos. Yo estaba sacándole las fundas al aparato cuando lo veo llegar con un libro en las manos. Le pregunto para que trae eso y me dice “bueno si me vas a enseñar a usar el computador tenemos que usar el libro que me dieron”. Cuando veo la tapa del texto, se trataba del Manual del Sistema Operativo DOS que le habían entregado con su compra. Me dio tanta ternura.

Del final de sus días hay dos recuerdos que atesoro, uno es de una tarde que estaba en el patio frente a la casa, tomado el sol. El tumor al cerebro le dificultaba los movimientos y pasaba la mayor parte del tiempo, sentado, en silencio y con los ojos cerrados como dormitando. Esa tarde mi madre  a través de la ventana  lo ve que está mirando al cielo y moviendo la boca involuntariamente, como si estuviera mascando algo. Por bromear le pregunta “oye Sergio que estás comiendo?”, mi padre le responde “un pedazo de cielo”.

Poco antes de morir, de regreso en su casa, después de una operación sin resultado alguno, nos turnábamos con mis hermanos para cuidarlo en las noches. Un día de esos me tocó llevarlo al baño. Mi padre se pone muy triste y me dice, mira hijo como estoy, hasta para esto necesito ayuda. Yo le digo papá no tengas pena; te cuento que yo tengo un hermoso recuerdo de cuando era pequeño y tú me lavabas a mí en el lavamanos.

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1 Comentario

  1. Olga Palacios ha comentado

    Recuerdos de infancia, de madres y padres, son el hoy de lo que somos y etiología de nuestros peores males. Agreguemos profesores y religiosos y cualquier sensación de sobrevivencia nos mata, nos hunde en la doliente nada.

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