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El tío de Quemchi

Sergio Arévalo Publicado: 24 noviembre, 2015

Las palabras Quemchi, Chiloé y Cheli, se juntan en mi memoria no solo por su sonoridad; sino porque están muy íntimamente ligadas a mis recuerdos de la tierra materna y de mi infancia y juventud.

Quemchi, era parada obligada en los viajes que realizábamos en época de vacaciones, cuando vivíamos con mi familia en Ancud. Como no había camino entre Quemchi y Quicaví, el viaje en auto terminaba en ese poblado y ahí nos embarcábamos con destino a las tierras de mis abuelos maternos, Norberto (Ñoe) y Antonia (Anchoña).

Hay que aclarar que era imposible pasar por Quemchi sin parar unos día en casa del tío Cheli, el hermano de mi madre que vivía junto a su familia en aquel bello lugar.  Recuerdo desde niño, como los tíos Cheli y Dina, nos recibían cariñosamente cuando llegábamos de visita; siempre agasajándonos con las delicias de la cocina Chilota.

Aclaro que mis primeros recuerdos del tío Cheli, están asociados a Quicaví. Pienso en el tío y lo veo montado en su caballo, introduciéndose en el mar en la playa de Huechuque; haciendo gala de sus dotes de buen jinete.

Recuerdo también  que cuando, siendo alcalde de Quemchi (1967-1973), fue a instalar una bomba manual de agua en la plaza de Quicaví. La bomba era hermosa, de fierro fundido, de color rojo y con una palanca que se subía y bajaba manualmente; para hacer surgir el agua extraída desde el suelo.

De niños me llamaba la atención el tío, por su forma tan dura de hablar y de ser. Él no era de cariños ni de frases dulces, era enérgico, mandaba. Yo creo que eso le venía, al igual que a mi padre, de su formación de profesor Normalista; acostumbrado a enseñar a los cabros chicos a andar derechito por la vida. Tengo que aclarar eso sí que con mis hermanas era más afectivo.

El tío se destacaba no solo por su carácter y su liderazgo sino por su gran capacidad de trabajo que lo mantuvo activo hasta el final de sus días. Una vez me contó que trabajaba tanto, porque había aprendido, con los maltratos que sufrió después del Golpe, que la única manera de que lo respetaran en este país era teniendo plata.

Efectivamente uno de los hechos de la historia del tío Cheli, que marcó a la familia toda, fue su detención, prisión y relegamiento después del Golpe de Estado. Su pecado era ser alcalde partidario del Presidente Allende.  Por sus relatos, que nunca fueron muchos, supe que había sido duramente golpeado cuando le dijo a un milico “eres muy valiente con una metralleta en la mano”. No sé cuánto tiempo estuvo detenido en la cárcel de Chin Chin en Puerto Montt, antes de ser relegado a Tocopilla, en el norte del país; sólo sé que durante su relegación, falleció su hijo más pequeño, y que él no fue autorizado para asistir a su funeral.

Recuerdo ya de adolescente, haber viajado mochileando al sur y haber llegado a casa de los tíos en Quemchi. Yo siempre sentí que le caía bien al tío Cheli, porque me invitaba a acompañarlo en su camión, a buscar mercadería a Puerto Montt, para abastecer su negocio. Eran viajes largos, de un día o más, donde me entretenía con sus historias, sentado como copiloto y ayudándolo a cargar y descargar el camión. El tío era trabajador como dije y no se podía estar a su lado sin hacer nada.

En uno de esos viajes de vacaciones, en plena Dictadura, tuve la suerte de conocer al gran escritor Quemchino, Francisco Coloane, que era amigo de mi tío. Recuerdo que en una de sus visitas nos contó que había hablado en el funeral de Pablo Neruda, ocurrido a pocos días del Golpe; porque “no podía permitir que a Neruda lo enterraran como a un notario”.

Una vez, siendo yo muy chico, en al campo del abuelo. estando al lado de las vacas se me ocurrió preguntarle al tío, cuál era la diferencia entre un toro y un buey. El tío con su sutileza característica me miró y apuntando a un animal me dijo, “como que cuál es la diferencia?, no vez el tremendo saco de guevas que tiene el toro”. Nunca más se me olvidó esa clase magistral.

Después de recuperada la Democracia, el tío volvió a presentarse de candidato a Alcalde de su Quemchi querido y fue elegido en dos períodos consecutivos Hoy el Alcalde es su hijo, Chelín; quien heredó la vocación verdadera de querer contribuir al progreso de su tierra y su gente. Siempre me ha dado gusto ver como las personas, especialmente los más humildes, quieren al tío Cheli y a Chelín.

En mis recuerdos está también una vez que nos reprendió duramente, a mi hermano Ricardo y a mí, por habernos ido con un par de chicas en bote a la isla de enfrente; ya que había dado para habladuría en el pueblo. La chicas eran un par de hermanas que les decían las Huillincanas. La que andaba con mi hermano era la candidata a reina de la semana Quemchina; por lo que no podía andarse arrancando con muchachos a las islas y menos si estos eran unos Santiaguinos recién llegados.

Después de varios años sin visitar la Isla Grande, el año 2000 viajé con mis dos hijos, para que conocieran a su familia Chilota. Obviamente fuimos a Quemchi y nos alojamos en la casa del tío Cheli. Allí nos levantábamos al alba para ver los partidos de la selección Chilena en las Olimpiadas de Sídney.

En aquel viaje mis hijos conocieron Chiloé; aprendieron de su cultura, entre otras cosas, lo que era la chicha de manzanas, que el tío guardaba en unas botellas enterradas en el suelo. Recuerdo que en esa visita mi hijo, que tenía 7 años, salió un día a recorrer la casa y encontró al tío faenando un ternero. Llegó impresionado porque nunca había visto semejante espectáculo. Lo que más le llamó la atención y que lo hizo ir corriendo a contármelo fue que, al destapar un canasto, se encontró de sopetón con la cabeza del animal mirándolo fijamente.

Uno de los últimos recuerdos que tengo del tío es de hace unos pocos años, cuando haciendo sobremesa una noche, nos contó sobre lo difícil que había sido su romance con la tía Dina, ya que su suegro, descendiente de italianos, no lo quería porque era muy negro. Pero como lo que importaba era que la tía sí lo quería, nos comentó que ambos se las arreglaban para verse a escondidas.

Lo más lindo que contó era que se ponían de acuerdo y a una determinada hora se zambullían en el mar; lanzándose desde lugares opuestos de la playa, y que se encontraban a medio camino para pololear, a salvo de la vigilancia de su suegro, en las aguas que bañan las costas de ese hermoso y remoto lugar llamado Quemchi.

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3 Comentarios

  1. Carolina Demarchi ha comentado

    Yo menos, al contrario muy honesto y de valores, nunca se metio en la vida de nadie, y quería lo mejor para su familia. Saludos

  2. Carolina Demarchi ha comentado

    Muy linda historia, pero escribes de mi abuelo como si fuera un “racista” no me parece y no me lo creo.

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