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Lachos y Pechoños

Alberto Cecereu Publicado: 16 diciembre, 2015

No me sorprendió leer la entrevista que realiza The Clinic a Lily Zúñiga, la otrora Jefa de Prensa de la UDI, el partido de derecha conservadora fundado por Jaime Guzmán.

No me sorprende que ella describa a una clase dirigente que tiene doble vida. Ellos fueron los mismos, que se sienten tan orgullosos del legado de Jaime Guzmán, haciendo el símil que idolatran de la dictadura más feroz que ha tenido la Historia de Chile. Es conocido en los círculos gremialistas que incluso los discípulos de Guzmán buscan sentarse igual al maestro: un poco echados para atrás, de piernas cruzadas y con el dedo pulgar derecho metido en el pantalón como sosteniendo el cinturón. Son de cómic. Eso traduce en ellos cierta paranoia y obsesión por los detalles, total: “El Diablo está en los detalles”, dicen.

No me sorprende. Así es Chile. Es un país hipócrita. Un terruño encajonado de cerros y amenazado por mares. Una Capitanía del Reyno gobernada por unos pocos que piensan que la rubiedad de los cabellos, el apellido aleonado y el colegio arriba de los cerros y la nieve, es sinónimo de alcurnia, de sangres azules, de estatus aristocratizante.

No me sorprende. Creemos normal los que nos venden los medios de comunicación, o algunos por lo menos. Estamos acostumbrados a ver hambre, destrucción, violaciones, muerte, mutilaciones y guerra. Estamos acostumbrados y hemos llegado a creer que es normal que los canales de televisión, los diarios y las redes sociales nos muestren sufrimiento humano. Nos parece normal fabricar armas, cometer atentados, violentar, invadir países, esclavizar los niños. Pero nos parece un desastre moral si esos mismos medios de comunicación nos muestra erotismo, placer, nudismo o amor libre. Nos parece “repugnante” el sexo, mientras nos parece “aceptable” la violencia.

Un país de pechoños, donde abunda la prostitución pero parece que nadie reconoce ser la clientela, donde abundan las fiestas sexuales clandestinas, pero nadie sabe quién copa la venta de esas entradas. No, porque nos parece mejor el ocultismo, la oscuridad, la máscara. Sería más sano mentir, esconder, cambiarnos el nombre. Hablar de Dios, de los Cristos y los Maestros Iluminados, y con esas figuras, perdonar todos nuestros pecados, en nombre de la última salvación posible.

El problema no está en la UDI. Este país de lachos y pechoños, de hipócritas alarmados bipolares, abundan en todos los partidos políticos, en todas las clases sociales, en todas las comunas del país, en todas nuestras familias. Y en verdad, ellos nos onorgullecen. Le rendimos pleitesía, a quién aparante ser “un bien portado”, ya que es sinónimo de ejemplo. Son ellos a quienes presentaríamos a nuestras hijas, quienes preferimos como la mejor nuera. Por lo contrario, quienes dicen las cosas de frente, quienes hablan de sexo abiertamente, quienes hablan de sus gustos y preferencias sin tapujos, quienes enfrentan su lenguaje sin culpa, y así un largo etc., son castigados, excluidos, “rarificados”, y dejados como ejemplo de la inmensa y deplorable fauna de este país.

Claudio Naranjo hace poco dijo: “De generación en generación reprimen nuestros instintos para que no nos guiemos por el placer sino por el deber”. Tiene razón, hace rato. Ese deber nos tiene enfermos de nuestro propio excremento.

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