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Punto de quiebre

Carolina Cádiz Publicado: 2 noviembre, 2015

Todos alguna vez nos hemos enfrentado a un punto de quiebre, ese estado de latencia donde sabes que debes tomar una decisión para seguir adelante y que al hacerlo tu forma de ver las cosas cambiará para siempre. Es cuando nos damos cuenta que las situaciones ya no dan para más y debemos elegir entre seguir constuyendo lo que teníamos armado de una manera diferente, o terminarlo todo y empezar de nuevo.

Nunca es fácil, algunas personas prefieren no ver lo que está sucediendo y tapan el vacío con tierra, rutina, silencios, costumbre e incluso, culpa. No saben caminar de otra forma ni imaginar algo distinto a lo que vivieron hasta ahora y el agujero se va haciendo más y más grande. Llenarlo se va convirtiendo en una tarea muy difícil, o casi imposible de lograr porque no logran advertir que el vacío se va extendiendo a todos los ámbitos de la vida y en algún momento cederá como un aluvión, dejando al descubierto todas las frustraciones que consumieron nuestras esperanzas.

Para aquellos que sí lo ven, que logran darse cuenta de este punto de quiebre, sufren el dolor del enfrentamiento, la angustia del choque que cambia el eje de la realidad y que nos hace perder el rumbo. La cabeza comienza a elaborar mil preguntas sin respuesta empezando un camino más allá de lo que nunca habían imaginado y del cual no hay retorno.

Esto también afecta a los que, sin ser protagonistas, sufren los efectos colaterales de otros, son los que no vieron venir la realidad de golpe y tuvieron que procesarla sin anestesias ni concesiones, aquellos que fueron obligados al cambio por las acciones de quienes le rodeaban y ni siquiera pudieron tomar una posición frente a lo que vendría.

¿Qué hacemos cuando nos cambia la vida de repente, cuando perdemos la seguridad, el piso que habíamos construido?

Nadie puede darnos recetas de cómo enfrentar este momento, pero algo de lo que sí estoy segura es que lo que viene luego del dolor, de ese quiebre, dependerá de con qué llenamos los vacíos. Podemos florecer o pudrirnos, todo dependerá de con qué llenamos los agujeros que quedaron en el camino.

 

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