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Comunidad y Globalización

Alejandra Yermany Publicado: 31 enero, 2016

Pensar al ser humano como individuo arrojado al mundo, en un estado natural en dónde la “ley” que rige lo tuyo y lo mío pasa simplemente por una moral que respeta el “yo lo vi primero” es, hoy en día, un absurdo, una idea inocente e imposible.

El estudio del ser humano implica identificar, en primer lugar, al hombre como un ser social pensante que vive con la constante preocupación de no morir, de no dejar de ser, satisfaciendo las múltiples necesidades (no sólo primarias) que nos hacen ser personas concretas, partes de un todo social a través del cual aseguraríamos nuestra existencia.

Las necesidades básicas de subsistencia ya no son el tema principal en un mundo capitalista y globalizado. Hoy, las necesidades de seguridad, de reconocimiento, de posesión y pertenencia son las claves del desarrollo social de individuos modernos de derecho.

El desarrollo del ser humano como ser social implica pensarnos –en cuanto propietarios, dueños de algo- no desde la individualidad, sino desde un sistema interrelacionado de agentes sociales que componen un todo, una sociedad civil en donde la reproducción de la vida material está dada por la condición de ser social.

Aristóteles ya entendía este sistema como una macro estructura en donde las relaciones familiares, si bien son el núcleo del sistema de satisfacción de necesidades, se transforma sólo en la unidad básica de lo que sería la comunidad:

“La comunidad perfecta, de varias aldeas, es la ciudad, que tiene, por así decirlo, el extremo de toda suficiencia y que surgió por causa de las necesidades de la vida, pero existe ahora para vivir bien” .

Es así como, tras la primera idea del hombre como ser social, Aristóteles comienza a identificar las necesidades que van más allá de lo biológico:

“En primer lugar, se unen de modo necesario los que no pueden existir el uno sin el otro, como la hembra y el macho para la generación (…) y el que por naturaleza manda y el súbdito, para seguridad suya. En efecto, el que es capaz de prever con la mente es naturalmente jefe y señor por naturaleza, y el que puede ejecutar con su cuerpo esas previsiones es súbdito y esclavo por naturaleza; por eso el señor y el esclavo tienen los mismos intereses”.

La comunidad surgiría entonces como la estructura en donde “los hombres se reúnan para la persecución conjunta de sus intereses o en aras de un vínculo emocional”.

El hombre es hombre porque es ser social, y su naturaleza radica en ello. “(…) el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios”.

Idea radical en esta estructura social de comunidad, de ciudad, en donde el que no actúa según las reglas no es hombre, sino un animal, un delincuente, el “otro” que no pertenece.

George Hegel explica esta idea de interrelación social argumentando que “la finalidad egoísta, en su realización, condicionada así por la universalidad funda un sistema de dependencia universal de manera que la subsistencia y el bienestar del singular y su existencia empírica jurídica están entretejidos con la subsistencia, el bienestar y el derecho de todos (…)”.

Hablamos entonces de una comunidad en donde los hombres, como individuos, se juntan tras un bien que es común a todos -el bienestar y la seguridad- regulados por macro entidades –la sociedad civil y el Estado- que contendrían nuestras individualidades en orden, puestas al servicio de una universalidad que nos favorece a todos. Una idea que en la teoría, suena perfecta, pero en la práctica…

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Administración de intereses individuales y mercado capitalista

La sociedad civil, como una sociedad política en dónde la moralidad del ser humano queda regulada para así asegurar la igualdad legal de todos, es una institución que hoy parece haber quedado absolutamente al margen de las fuerzas superiores del mercado y la propiedad privada.

Si bien la idea de sociedad civil implica pensar que las leyes que rigen a los hombres no son leyes naturales sino leyes políticas civiles que determinan racionalmente lo que está bien, en un estado de derecho en donde lo mío y lo tuyo está determinado por un pacto, un contrato social protegido por un Estado (como ente regulador de lo universal), éticamente responsable del quehacer humano, esta organización social de la vida encuentra un quiebre radical con el nacimiento del mercado capitalista.

La idea de derecho de propiedad que se desprende del pensamiento moderno entiende que si existen cosas, estas tienen que tener una finalidad y una pertenencia. Es decir, los objetos son de alguien en particular –no de todos a la vez- donde sea que estén.

La idea de propiedad en cuanto a posesión de algo que es mío, y por lo tanto, no es tuyo y debe ser respetado como tal, hoy traspasa las fronteras del tiempo y el espacio. Lo que es mío no necesariamente lo tengo que tener aquí y ahora, sino que puede ser mío estando lejos, y durante mucho tiempo.

Esta preocupación liberal por el individuo, ha puesto en jaque la idea de comunidad en donde los individuos vivieran tanto para sí, como para lograr el bien común. “(…) la preocupación única del liberalismo por los individuos y sus derechos no ha dado contenido ni ha suministrado una orientación para el ejercicio de esos derechos. Esto llevó a la devaluación de la acción cívica, de la preocupación común, lo cual ha provocado a su vez en las sociedades democráticas una creciente pérdida de cohesión social”.

Es este el gran tema: la ruptura de un sistema que se ve seccionado por una fuerza externa a lo político, pero cuya dimensión práctica traspasa las leyes socio-políticas anteriormente establecidas. “La dinámica del capital, en todas sus formas, rompe o rebasa las fronteras geográficas, los regímenes políticos, las culturas y las civilizaciones. Está en curso una nueva suerte de mundialización del capitalismo como modo de producción, en el que se destacan la dinámica y la versatilidad del capital como fuerza productiva, entendiéndose que el capital es un signo del capitalismo, el emblema de los grupos y de las clases dominantes en las escalas nacional, regional y mundial”.

El trabajo es la fuente de nuestras riquezas. Con nuestro sueldo, pagamos por satisfacer nuestras necesidades y a la vez, ganamos una posición social que nos da un estatus, un reconocimiento frente a mis pares. Lo que yo fabrico, lo consume otro, pero con lo que gano, puedo consumir lo que otros hacen, según la diversificación del trabajo dada por nuestras mismas capacidades. Las grandes ganancias se las llevan los dueños de las empresas a las que prestamos nuestro servicio, y el que es dueño de una empresa, puede poseer riquezas fuera de las fronteras de su país. Nuestra participación en la sociedad civil está dada por este círculo capitalista de trabajo, venta y recompensa. Ya no somos ciudadanos, somos consumidores, pues es más importante mi participación como comprador y agente activo del capitalismo que mi participación cívica en una sociedad en donde ya no interesa la participación ciudadana, pues todos sabemos que lo que regula la vida hoy es el dinero y no la política.

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El párrafo anterior no es más que una básica caracterización de la vida cotidiana de cualquiera de nosotros que, individualizados por este nuevo sistema global, “funcionamos” como máquinas que esperan resguardar sus propios intereses sin siquiera pensar en la posibilidad de un bien común por sobre este entramado de relaciones individualizantes, en donde curiosamente, a la vez, queremos ser iguales entre todos.

Si mi vecino tiene algo, quiero tenerlo yo también. Mis deseos de propiedad son individuales, pero buscan finalmente pertenecer a una clase social en el que todos somos iguales. Individualización y homogenización irían de la mano y se conseguirían no a través de nuestra participación sociopolítica, sino a través de nuestro lugar en la cadena de producción capitalista.

“(…) El poder real no está totalmente en los escritorios de las corporaciones sino en los mercados financieros. Lo que es válido para los directores de corporaciones también lo es para los que controlan el poder político (nacional). Cada vez más, ellos también son controlados por los mercados financieros en lo que pueden y en lo que no pueden hacer”.

Si antiguamente eran el Estado y la Sociedad Civil los encargados de asegurar la satisfacción de nuestras necesidades, hoy el mercado ocupa ese lugar y crea consigo un mundo globalizado en donde nuestras necesidades se ven multiplicadas infinitamente, para asegurar así la continuidad del sistema.

La comunidad pensada como una construcción social en donde existe una preocupación política por un bien común quedaría completamente desplazada por los derechos individuales que el liberalismo, el mercado capital y la globalización proponen actualmente.

¿Se pueden unir los intereses individuales de propiedad y bienestar manteniendo a la vez la idea de común-unidad en donde todos deberíamos preocuparnos como ciudadanos por un bien que nos atañe a todos?

 

Problemática abierta

En el mundo actual, en dónde las posibilidades de “retroceder” o cambiar el sistema imperante parecen no ser una opción válida (pues hasta los países socialistas están abriendo sus mercados), pensar una alternativa rupturista no tiene mayor sentido. Sin embargo, sí existen teorías que intentan al menos explicar el nuevo orden.

Quizá la idea de pensar la sociedad moderna y su desintegración como un problema no tiene mayor lógica. Hay quienes dirían que esta sensación de ruptura es parte intrínseca de la misma idea de comunidad, como algo constitutivo de la existencia humana. Autores como Jean Luc Nancy hablarán de una “comunidad inoperante”, la cual no implicaría el desarrollo de funciones ni la idea de reconocimiento como necesidad de desarrollo de la justicia e igualdad entre seres singulares, sino más bien la idea de estar cada uno, en nuestras singularidades, al límite, por lo que entonces, la comunidad no existiría sino sólo en su desintegración.

Otra propuesta –tal vez menos arriesgada- tiende a pensar en una sociedad global en donde un nuevo orden mundial reemplaza la antigua idea de comunidad, Estado y soberanía por un “Imperio” globalizado y legitimado por el poder de los medios de comunicación.

“El Imperio se está materializando ante nuestros ojos. Durante las últimas décadas, mientras los regímenes coloniales eran derrocados, y luego, precipitadamente, tras el colapso final de las barreras soviéticas al mercado capitalista mundial, hemos sido testigos de una irresistible e irreversible globalización de los intercambios económicos y culturales. Junto con el mercado global y los circuitos globales de producción ha emergido un nuevo orden, una nueva lógica y estructura de mando –en suma, una nueva forma de soberanía. El Imperio es el sujeto político que regula efectivamente estos cambios globales, el poder soberano que gobierna al mundo” .

Con todo, las problemáticas actuales parecen centrarse en el modelo (bueno o malo) y no en el individuo, como ente a la deriva en un mundo en dónde –curiosamente- las leyes que rigen la supervivencia muchas veces escapan a la lógica racional moderna. La exclusión, el desgarro moderno y la individualización excesiva son consecuencias sin mayor importancia -es el precio que hay que pagar- en este mundo nuevo en donde lo que realmente importa, es el poder.

Frente a las distintas posibilidades de explicar y entender el fenómeno, la situación parece no tener una “solución” sino más bien, distintas interpretaciones. Con todo, el simple ejercicio de pensar la comunidad implica una actividad racional cuyo contenido siempre será melancólico y nostálgico, propio del pensamiento moderno, aún cuando las ideas de comunidad y sociedad pensadas no sean más que una ilusión.

 

Texto escrito en mayo de 2010.

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