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The Hateful Eight: buen shows de guiños

Macarena Polanco Publicado: 2 enero, 2016

El año pasado, Tarantino anunció un plan de carrera que va hacia el retiro del director (no le creo. Tal vez está poniendo su atención en hacer algo para televisión) después de 10 películas. Acercándonos a su límite autoimpuesto, este octavo largometraje del cineasta, inicialmente, parece que cae en la categoría de película serie B más baja de su obra. Y es extraño porque este camino no era nuevo para él; Con “Django” quiso recalentar los espaguetis western logrando un efecto espectacular y quedó tan motivado que quiso continuar explorando la veta, pero con una propuesta sumamente peculiar.

En “The Hateful Eight” están los rostros viejos y nuevos lanzados, juntos, en una taberna rústica que sirve como único refugio en esas portentosas montañas blancas; la película reúne a ocho rufianes en el centro de Wyoming, incluyendo una reunión de los señores Rubio (Michael Madsen) y Orange (Tim Roth), quienes aparecen aquí como un vaquero de sombrero negro y un verdugo británico a lo dandy, respectivamente. Junto a ellos están dos caza recompensas que cruzan sus caminos en la nieve, John Ruth (Kurt Russell) y el Mayor Marquis Warren (Samuel L.Jackson); Ruth tiene la tarea de escoltar a su presa, una dama salvaje y forajida llamada Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) para que sea ahorcada en Red Rock. En el camino, se encuentran con el sheriff de reemplazo de la ciudad, Chris Mannix (Walton Goggins), mientras esperan, ya instalados en la cabaña de refugio, un mexicano (Demian Bichir) y un general muy tosco (Bruce Dern). A saber, el encuentro al azar entre este puñado de racistas, ex confederados, y un ex oficial de la Unión Afro Americana que trae consigo, además, una carta de Abraham Lincoln como detalle protagónico de la historia; esto será lo que enmarque este guion, el que muestra muy pocos escenarios para ese desarrollo: una diligencia durante la primera hora (y de ahí no se sale) y en las dos restantes, la cabaña que será escenario de todos los giros de género que el director decide explorar: comedia de salón, terror y gore. Descubrimos los guiños de Tarantino con todas las marcas de la casa; da más peso que nunca al guión y acierta, pues éste está plagado de diálogos que nada tienen que ver con las imágenes que se suceden en la pantalla. Hay actuaciones bastante sobreactuadas, y corre la sangre a raudales… sólo al final.

“The Hateful Eight” es, además, un paso más allá de ese descubrimiento que Tarantino hizo con “Bastardos sin Gloria”, cuando se dio cuenta de que podía jugar con la historia y no respetarla como nos la han contado (matar a Hitler por ejemplo). Y si en “Django” jugueteaba con una de las cuestiones más sensibles de la cultura negra (los derechos de los mismos) el cierre de esta película, que es una elegante bomba, también va por ahí. Como esta película fue una reunión de sus viejos amigos de años, las actuaciones son rimbombantes pero otorgadas por las líneas del guion. Jackson nunca consigue un monólogo impresionante, aunque Tarantino le da las mejores líneas (que el público tuvo la rara oportunidad de leer. Recuerdan que se filtró el primer borrador?). Subrayando su compromiso con el celuloide, el director desempolvó el formato Ultra Panavision 70 utilizado en epopeyas como “La historia más grande jamás contada” y “La conquista del Oeste”, para utilizarlas en capotar el páramo imponente de esas montañas llenas de nieve, la tormenta que no daba respiro, pero al mismo tiempo filma casi 1 hora en la cabina de esa diligencia en medio de la nada, con el fin de lograr una sensación claustrofóbica.

La película abre con la propuesta del director de fotografía Robert Richardson, que se lleva muchas loas, porque te pone en atmósfera: esa “Overture” que representa una carrera de la diligencia de seis caballos, de derecha a izquierda, en silueta contra una pantalla de color rojinegro, para luego cortar a un tiro largo, del mismo vehículo, con una cruz cubierta de nieve en primer plano. El uso de la música, al igual que su elección de formatos de disparo, marca una rupturacon el resto de su obra, en la que el director “reciclaba” creativamente canciones existentes, pero las ajustaba tan bien a sus escenas que parecían temas escritos para él. Aquí, por el contrario, se basa en Ennio Morricone para establecer el tono, y obtiene un impulso algo más rígido para la construcción del suspenso…..estira el suspenso.

Tarantino retiene la primera bala hasta, más o menos, el minuto 100. El número de muertos sube rápido, tan pronto como el público se ha recompuesto. El director, incluso, se insinúa cuando narra lo que ocurrió durante un descanso e induce el giro de la historia, que es saber quién envenenó el café y tramaba el rescate de Daisy. Tarantino y Fred Raskin, editor de “Django”, relajaron el ritmo para que pudiéramos examinar, ahora en interiores, cada cuadro del trabajo de lujo del director de foto Robert Richardson. Todo se ve como un conjunto, aunque los interiores están bloqueados de tal manera que la audiencia puede elegir dónde mirar, mientras los primeros planos registran cada tic facial. Algunas caras y, de hecho, algunas actuaciones, soportan mejor que otros esa escala.  Bichir, Madsen y Dern consiguen sus momentos pero se ven eclipsados ​​por Russell y los diálogos de Jackson. Y al final, mal ubicado a mi parecer, la figura de Channing Tatum alterando la química, pero dando uno de los puntos bajos de la película.

De los Odiosos Ocho, sólo Jennifer Jason Leigh crea el personaje más memorable. Su rostro magullado, su voz quebrada sugiriendo falsa docilidad, mientras que su calma indica que algo viene a la vuelta de la esquina. El capítulo “Domergue tiene un secreto” podría haber sido el título de la película, teniendo en cuenta todo lo que se dice en ese capítulo y que termina por dar vuelta toda la historia. Daisy se lleva una paliza tras otra durante las tres horas, lo que subraya el interés de Tarantino de crear roles fuertes para mujeres, las que juegan a ser hombres (y a veces son mejor que ellos). Es la única oscarizable de toda la sesión.

“The Hateful Eight” te pone en contacto con un cóctel de guiños, pero sigue mostrando que Tarantino es el director de Hollywood que realmente hace lo que se le da la gana, aunque no siempre le salga bien. Ha hecho una especie de “Asesinato en el Orient Express” en plenas montañas de Wyoming, con un toque de “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, que en este caso son hombres, e incluso ha metido al medio una escena de sexo gay interracial. A ratos es divertida, a ratos te conecta con películas pasadas, hay diálogos que se repiten también “despídete de tus bolas”), hay sangre grotescamente derramada y hay una mujer poderosa. Cómo para aplaudirte, nuevamente!

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