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Notas sobre el Haiku

Carolina Ferreira Publicado: 28 septiembre, 2016

“De la bandada de los mil pájaros,
uno va perdiendo fuerzas
y el viento lo recoge”.
(Koborete wa kaze hiroi-yuku chidori kana)
Chiyo-Ni

El asombro frente a la naturaleza está en el origen de esta tradición poética japonesa. Durante su historia, se han adoptado diversas formas y abordados diversos temas, entre el canto y la poesía. Su principal y más destacado cultor, según señalan las fuentes, es Matsuo Bashō, monje budista, que a partir del siglo XVII popularizó el haiku en Japón. Desde entonces, se le ha asociado con la cultura zen, como expresión privilegiada de la trascendentalidad.

A través de la expansión colonialista se crea un nuevo vínculo entre la lejana y exótica isla, y occidente, que a fines del siglo diecinueve permitió conocer la cultura nipona, y el haiku llegó a lectores del Imperio Británico y Europa. Hacía menos de un siglo que Darwin había aportado una evidente cuota de fe en las capacidades del ser humano de adaptarse y sobrevivir, dos términos que nos acompañan hasta hoy, y aportaba también, para quienes quisiera mirar más a fondo, una perspectiva de clasificación y exclusión, basada en la ley de la selección natural. Las discusiones teológicas de la era victoriana y las encomiables apologías de la religión, cedieron finalmente al positivismo y a la máquina de la revolución industrial, pero una nueva clase de espiritualidad, más abierta y menos dogmática, cobraba fuerza frente al escepticismo cientificista. Las vanguardias, a comienzos del siglo XX, en su voluntad de cambio y renovación adoptaron el haiku como un lenguaje nuevo, que refrescaba la poesía occidental, virtuosa y arrogante, para contrarrestar una realidad que se percibía en crisis pero que requería otro orden. “La realidad está en otra parte”, consigna del surrealismo, apuntando a concebir la expresión artística como un puente estético pero también humano y social, para alcanzar esa nueva realidad. No servían las viejas formas, los antiguos discursos.

Y así llegó a estos lares. Con aquella generación de escritores revolucionarios, que conectaron de un modo distinto su realidad con el universo. En su necesidad de disolverse, para crecer.

Lotus. Fotografia de Devanath

Lotus. Fotografia de Devanath

El haiku es la poesía del alma en busca de anular el ego, hasta compenetrarse con la naturaleza y fluir en sus ciclos. Contempla todo en una sola y trascendente unidad de sentido; de ahí su luminosa belleza. No expone ninguna contradicción, fluye de la observación a la epifanía, sin dolor, ni crisis. El Haiku es siempre un apunte humilde, un faro en la oscuridad, que no se detiene en la subjetividad intelectual, sino en la breve y sutil revelación de la belleza de lo puro-infinito-innombrable.

El logos poético occidental fue desarraigado del espíritu. La poesía, como comunicación sagrada, se desvinculó del sentido de comunión-común-unión-comunidad. En su desarraigo, el canto poético, destinado a los dioses, cedió en su desacralización y se volvió instrumento de ego. Los viejos cantos sagrados se perdieron, como se perdió el paraíso, en la materialización imprudente del yo, separado de la unidad perfecta, ciega a la comprensión de esa unidad. En las antiguas religiones, el poeta era también un profeta, que utilizaba el lenguaje para comunicar los mensajes de los dioses a los seres humanos. Enceguecida en la reafirmación de sí, la función de la poesía fue perdiendo su vínculo y sentido. Se deshojó del árbol-raíz.

El haiku descansa en una filosofía que busca la anulación del ego, para dejar lugar a la intuición perfecta de la certeza del espíritu. En su humildad radica su grandeza. El haiku no perturba el silencio sino para iluminar la presencia del espíritu divino.

Por eso es transparente. En el haiku el lenguaje se desvanece. Es una pincelada etérea, porque el lenguaje pertenece a una dimensión de la realidad antropocentrista, que reafirma el valor del logos (la razón) por sobre la intuición, creyendo que las certezas radican en verdades objetivas o culturalmente subjetivizadas.

No sabemos en qué tiempo, ni en qué espacio, ni quién nos habla. Los niveles de realidad que tanto peso tienen en la interpretación literaria no son identificables en el Haiku, porque el Haiku expresa otras realidades, que se perciben y manifiesta en niveles muy distintos a los que estamos acostumbramos.

El haiku es un camino desde y hacia el silencio. Un canto que surge de un espíritu insondable, al que se accede negándose a sí mismo.

Es el murmullo del alma común, llamándonos a romper barreras. Una nota indescifrable, una vibración  mítica.

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3 Comentarios

  1. THEODORO ELSSACA ha comentado

    Precioso tu ensayo, Carolina. El Haiku lleva ese aroma del Zen, de los santuarios Shintoístas que visitó Matsuo Basho, en el siglo XVII, donde también fue muchas veces hospedado y curadas sus heridas, durante su larga SENDA por el Japón profundo. Felicidades.

  2. Vero ha comentado

    Gracias Carolina!

  3. Claudia Fernandez ha comentado

    Hermoso y esclarecedor articulo

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