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Colores en la ciudad: un espacio para los sentidos

Patricia Moscoso Publicado: 6 octubre, 2016

Un escolar de unos 12 o 13 años camina apresurado por un pasillo de la estación de metro San Pablo. Sube a saltos por la escalera mecánica y alcanza justo el tren rojo que lo llevará en dirección Los Dominicos. Yo no. Pero no importa, porque esta vez tengo tiempo de sobra para tomar el bus a Valparaíso y llegar holgadamente a una reunión.

Mientras espero el próximo tren  evoco mis años de colegio caminando de regreso a casa, en la ciudad donde transcurrió mi infancia y adolescencia. Una ciudad de provincia, en el sur, donde las estaciones estaban claramente marcadas, con inviernos lluviosos, primaveras llenas de flores y veranos abundantes en frutas de todos los colores y tamaños.

Las flores, los atardeceres, los cielos siempre cambiantes marcaron mi percepción de las ciudades por sus colores distintivos. Los primeros brotes de los ciruelos en la plaza de armas de Concepción nos anunciaban la llegada de la primavera y luego las ansiadas vacaciones en el mar o en el campo.

Nuestra madre tenía un jardín donde se mezclaban las flores silvestres con las cultivadas, en un desorden amoroso. Rosas blancas, rojas, amarillas; calas, lirios intensamente azules, fucsias, fresias de perfume dulzón, ballicas, cardenales….Crecíamos entre colores y olores -también había una huerta con tomates, ajíes, cebollines y frutillas- sin saber cuan afortunados éramos.

Luego vino el cambio a Santiago y durante un tiempo el gris de los edificios casi me hizo olvidar aquella gratuidad de flores y árboles, en medio del ajetreo constante donde la naturaleza parecía ser solamente un dato, a excepción de los parques con sus árboles añosos y la cordillera omnipresente.

Me resultaba extraña la cordillera cuando comencé a vivir en Santiago; estaba demasiado acostumbrada a tener el mar como referente y el infinito como horizonte. En cambio esta muralla, a veces azul a veces parda, en invierno blanca luminosa me parecía un muro ominoso, una marca permanente que nos señalaba nuestra situación de país al fin del mundo. Sin embargo pronto la transformé en una aliada, una referencia imprescindible para orientarme en los puntos cardinales que confundo a menudo (¡cuánto la eché de menos perdida en Madrid!)

Grua y puesta de sol en la ciudad

Grua y puesta de sol en la ciudad

Durante un invierno muy crudo, en mi primer viaje a Europa, reparé en la ausencia del entorno verde que de tan familiar había dejado de ver. La nieve cubriéndolo todo, las escasas horas de luz natural, me enfrentaron a una realidad ajena. Pero, al mismo tiempo, descubrí que esa falta de color se suplía con vistosas vestimentas que acá podrían parecer casi de mal tono. Y gustosa compré chaquetas, bufandas y medias de colores azules, rojos, naranjas, amarillos, morados; con rombos, con puntos, con flores…

En Centroamérica, en El Salvador, descubrí las esplendorosas buganvillas- moradas, rojas, anaranjadas- y las adopté para siempre. Una de ellas creció y se quedó al lado de la puerta de uno de los departamentos que he habitado en Santiago y a veces trepa libre hacia los pisos superiores. En Caracas me asombré con edificios de líneas elegantes y modernas, como surgidos de estudios de arquitectos de renombre mundial, instalados en medio de una vegetación eexhuberante. Y en contraste, en Puerto Cabello la ciudad antigua  parecía estar viviendo en la época en que los corsarios ingleses disputaban un trozo de continente a los españoles.

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En Estocolmo, Suecia, tuve una experiencia casi mágica: de un día para otro el paisaje blanco y monocorde que veía desde la ventana del departamento de un amigo se transformó en una plaza de juegos con balancines rojo brillante, azules, amarillos. A la semana siguiente había arbustos y en el bosque cercano crecían flores silvestres de todos colores. Con una amiga sueca hacíamos excursiones y volvíamos con ramilletes que poníamos en jarras hechas por ella en su taller de cerámica. Ese estallido de la naturaleza y la claridad del verano – las cuatro horas de luz día en el invierno podían llegar hasta 18 en los días más largos- hacía que la gente recuperara la  sonrisa y la voz, que se había ido para adentro en el invierno. La ciudad toda se veía distinta, generosa, amable.

Mientras viví en Buenos Aires tuve nostalgia de mar y ese “charco” color chocolate que le da calidad de puerto no me parecía ni un lejano sucedáneo de nuestro Océano Pacifico. Pero aún me maravillan los frondosos jacarandá de color azul violeta en plena floración en esta época.

En Valparaíso habité un departamento en la punta de un cerro y por las noches, mirando desde la ventana del dormitorio sentía que estaba en el medio de un árbol de navidad totalmente iluminado, sensación que aún disfruto cuando estoy de visita y contemplo la bahía al atardecer (aunque la presencia agresiva de edificios amenaza con terminar con el anfiteatro natural que forman las terrazas de las casas).

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En Valdivia el mercado fluvial emborracha con los colores de frutas, verduras, pecados, mariscos, quesos, flores. Nunca he visto piures tan colorados como los que llegan de Niebla; ni huepos tan blancos, ni sierras tan plateadas….(excepto las que descargan en el muelle de Tomé).

¿Irán al mercado los urbanistas o arquitectos? ¿Mirarán el cielo y sus colores cuando levantan las gigantescas torres que día a día aparecen en las grandes ciudades? Una antigua residente de Ñuñoa me comentaba hace unas semanas que ya ni siquiera podría ver las puestas de sol la única cosa bella que podía contemplar desde su ventana en un cuarto piso.  A otra amiga le taparon la cordillera.

Desde mi pequeña atalaya pienso en Marcel Henaff filósofo y antropólogo francés observador del devenir de las ciudades que hoy – según él- son como pequeños archipiélagos nombrados como «la ciudad», lugares que apreciamos no solamente porque responden a nuestras necesidades de servicios, transportes, distracciones, sino “por aquello que en aumento nos trae felicidad de vivir ahí”: un espacio para interactuar, caminar, ver a nuestros amigos…A veces también, dice Henaff, por ver realizada en la calidad de la arquitectura “un espacio construido para todos, para nuestros sentidos para nuestros ojos, para esa exigencia y ese placer sentidos de que ser citadino en ese espacio es ser también ciudadano”.

 

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