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Galletas de Navidad

Carolina Ferreira Publicado: 23 diciembre, 2016

Bate la mantequilla, la vainilla y el huevo con energía, para formar una mezcla suave y espumosa. Su brazo izquierdo sostiene un bol y la mano derecha dirige la batidora en círculos. El zumbido a veces se quiebra y surge un ruido metálico, al chocar las aspas contra las paredes del bol de cobre. Tracatraca. Tiene la tentación de probar. Hunde el dedo meñique en la masa y la lleva hasta los labios para recogerla de allí con la punta de la lengua, atentas las papilas al sabor, a la dulzura relajante, al aceite perfumado de vainilla, la vainilla intensa, vehemente, un poco amarga.

Es preludio de Nochebuena. Hace su inventario y su balance del día, de las cosas, de los cambios, de las conquistas, de los afectos, de las raíces y los frutos, mientras va batiendo hasta asegurarse de que está todo perfecto, repitiendo el ritual de paladear la mezcla. Hubo muchas Nochesbuenas. Muertes y renacimientos.

Mientras agrega los polvos de hornear y la harina, cernida, espolvoreando suavemente, se da cuenta que se siente alegre. Todo un año. Cada mes de un año. Vida. Cada día de un mes han tenido el sentido del viaje. Las horas que dieron paso a los cambios. La revelación de las posibilidades del espíritu y sus sorprendentes manifestaciones.

La creación a través de las estaciones. La purificación y la calma.

Se concentra en la nueva textura. Es más pesada, más densa, más clara. Es el momento crucial. Es aquí cuando se hace la diferencia entre el objeto común y la obra de arte. El manejo impecable de la substancia. Agrega suavemente el sésamo. Revuelve y añade la avena. Las hojuelas tostadas se funden con la masa. Asoman al revolver, como islotes pálidos, las semillas del sésamo. Un toque de sal, para contradecir el dulzor, para expresar la dinámica de las cosas, para apaciguar.

Su oficio. Este oficio de galletas y panes. Este sacar de la nada, como un mago de su chistera, sabores y aromas que invitan y seducen. Que nutren. Entonces, hace todo con el mayor cuidado. Es bueno, piensa, que los cocineros estén alegres cuando cocinan.

Ahora sus ojos y no su lengua, deben calcular, con la mayor exactitud la densidad de la mezcla.

Mientras amasa, se deja llevar por una melodía que no puede tararear con soltura aunque está sola. Tiene la voz grave, y desafina. Billi Holliday canta, please d´ont talk about me when I´gone… también su voz es ronca y arenosa. De tanto en tanto el tracatraca de la máquina interrumpe. Este es el oficio de muchas mujeres de la familia, de tantas y tantas mujeres antes que ella. Durante ese tiempo, el tiempo del rito y preparación de la receta, las convoca a todas, como una maga.

Su yaya y el manjar a cucharadas. La abuela Julia y el secreto de las manos calientitas, la bisabuela, que era pequeña y hacendosa, y aprendió en las monjas a hacer el mejor hojaldre, y esas calugas enormes, blandas, con pequeños trozos de nueces que las hermanas de la Caridad venden en los conventos.

Toma los moldes. Tienen formas graciosas y simples. Pinos, estrellas, hombrecitos de jengibre, cabecitas de ángeles, y las va hundiendo en la masa estirada. Repite la operación muchas veces, hasta que no queda más tela de masa que cortar.

La tatarabuela por parte de madre era alemana. Judía polaca, conversa en Alemania, que sabía hacer esas galletas de canela, con azúcar de remolacha y miel. Debió dejar su cuaderno de recetas junto a todo lo demás, cuando la persecución. Se crió en un gueto hambriento y gris. Y cuando terminó la guerra, se casó con un aventurero que la trajo a Chile, para dejarla después con las hijas, la casa, las despedidas de mercante y un cartero que traía irregularmente algo de dinero, algunas letras, alguna que otra postal. Volvió a cocinar galletas con remolacha y miel cuando ya fue anciana y las nietas revoloteaban a su alrededor.

Bate una clara con 50 gramos de azúcar flor. Agrega unas gotas de limón. A nieve. La clara debe estar a nieve. De nuevo, la tentación de probar. Hunde el dedo meñique en el glaseado, de un brillante traslúcido, y lo lleva hasta los labios para recogerla de allí con la punta de la lengua, atentas las papilas al sabor, a la dulzura relajante, al aceite perfumado de vainilla, la vainilla intensa, vehemente, un poco amarga. Toma un pincel, lo empapa en la sustancia de deslumbrante blancura.

Está conforme. Pincela la superficie de las galletas. Una a una. Con cuidado. Como si fuera un Turner, esparciendo niebla sobre el marrón de los adobes de las viejas casas. Y de pronto, las estrellitas de caramelo lo iluminan todo. Saltan de su puño y se adhieren a la nube.

Una tatara tatara abuela lisboeta, tal vez preparaba para Navidad  bolachas, y quizás por eso le vienen a la mente imágenes de unas manos como las de ella, formando con la manga de tela filigranas radiantes alrededor de las galletas. Y ojos para el hombrecito de jengibre. Y badajos para las campanas, copos para el pino, mejillas redondas y satisfechas para los angelitos, mientras escucha detenerse el tranvía, en la esquina de la Rua das Lembranzas, frente al Café Pereira.

Ahora desliza la bandeja en el horno de la cocina de leña que mantiene caliente la sala de grandes ventanas a través de las que mira el puerto. De tanto en tanto, una sirena gangosa, anuncia la llegada de otro barco o el zarpe de una nave pequeña.

Un suave aroma comienza a invadir la cocina y luego se extiende por toda la casa. Desde el jardín incluso, es posible oler las galletas que se hornean a 180 grados. Agrega un leño, y esparce las brazas ardientes, rojas, alegres. Un coro de niños se detiene en la Plazoleta Da Victoria, y entona villancicos. El poeta de anteojos, delgado y pálido, ha salido esta noche, con traje, abrigo y un corbatín mal abrochado. Como siempre, cruza en Ortega y Camoens, dando grandes pasos, sin levantar la vista del suelo, como si fuese contando los adoquines.  Compra en el almacén Das Rosas una botella de vino y vuelve con ella.

A los geranios de los balcones el olor les ha abierto el apetito y comienzan a llenarse de rocío. Empieza a nevar. El poeta pasa frente a la ventana que acaba de abrir para bajar la temperatura de la cocina. La saluda. Boas festas. Está empezando a nevar y las galletas ya están listas. Las retira del horno para ventilarlas.

Ahora el olor es intenso y tiene nuevamente la tentación de probar. Un cosquilleo en el estómago, un augurio de sabor que le humedece la boca, un deseo que anticipa la imagen de ella mordiendo una galleta. Desliza el bizcocho entre sus dientes y muerde con suavidad. La masa cruje un instante, partiéndose, y derrama todo el sabor tostado del sésamo. Intenso y breve.

Los trozos los recoge con la punta de la lengua, atentas las papilas al sabor, a la dulzura relajante, al aceite perfumado de vainilla, la vainilla intensa, vehemente, un poco amarga.

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3 Comentarios

  1. Carolina Ferreira ha comentado

    Gracias a las dos por sus comentarios…

  2. Maria Pilar Clemente ha comentado

    Que rico los aromas, descripciones y la historia de la abuela. Yo soy pésima para amasar y hornear. Saludos.

  3. Mónica ha comentado

    Qué texto más lindo, evocador y permíteme sentir un poco mío. Me gusta que la posta de las galletas ya se ha instaurado en mi hogar. Ahora son las hijas las que las preparan ,mientras mi afán va por la cena. Felicidades y mucha luz para ti y tu familia.

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