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Crónica de mares y bosques

Alberto Cecereu Publicado: 29 enero, 2016

Llegamos a Iloca. Ahí donde se dice que el mar arrasó con todo por allá en el tsunami de 2010; fechas que aún recordamos como terriblemente cercanas.

Pueblo costero, tan simple y sencillo que te sorprendes. Es la sencillez chilena, con la curiosa mezcla entre esfuerzo diario y excesiva templanza. Pueblo precedido de La Pesca, ahí donde desemboca el Río Mataquito. Son postales bellísimas, donde te da la impresión que San Pedro caminara por esas playas grises entre botes de pescadores, vacas, ovejas, gaviotas y pelícanos. Un San Pedro que no encuentra a Jesús, porque acaso esa belleza, te da la impresión que está abandonada, ahí al arbitrio del peor de todos los demonios.

Si continúas hacia el norte por la ruta costera, te encuentras con Duao, una intensa caleta donde abundan las cocinerías y las picadas marinas, donde comes hasta el hartazgo de pejerreyes, machas y ostiones. Camino precioso, donde debes tener ojos atentos y descubiertos para adentrarte en hallazgos de casas, bosques, pasajes y pasos hacia el mar o hacia los cerros, que como murallas, anuncian que estamos acá varados al arbitrio de los espíritus.

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Tierra Picunche. Entras a lugares sagrados. Con Historia. Con Leyendas y recuerdos. Te lo dicen cada vez que pueden, te interpelan a decirte que eres bienvenido pero eres un forastero, al igual que esos españoles que ya hace 400 años, llegaron acá para apoderarse de un Reino ficticio. En un Chile postmoderno, extraño y medio plástico, no sabes si son estas las tierras las ficticias. De cuentos, de relatos.

Si sigues hacia arriba te encuentras con Lipimávida. Angosta, verdosa y húmeda. Ahí descubres que son los mejores productores de Papayas de Chile, con un fruto tierno, dulce, abundante y grande. Bueno, fueron los mejores productores. Porque fagocitados por la propaganda del Valle de Elqui y un Terremoto que “dió vuelta la tierra pudriendo las raíces”, hoy de 80 productores, solo quedan 2, que sobreviven a la quiebra.  Me detuve a conversar con Fernando Bravo, quién dice ser descendiente de “los Bravo que los Incas encontraron hacia 700 años, y que nos resistimos a ellos”. Don Fernando, último sobreviviente de una tradición de su generación en generación protesta ante la negligencia de los Gobiernos con estos territorios y con medios de comunicación que sólo habrían utilizado la tragedia para efímera fama. Y como si fuera un indicio geográfico, el camino hacia el norte termina a 15 minutos caminando, en Infiernillo, un conjunto de peñascos, en donde todos los espíritus se congregan para prohibirte la pasada.

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Mejor volver a Lipimávida, para encontrar un camino empinado y sinuoso – casi secreto – que nos lleva al Lago Vichuquén. Comarca de brujos, magos y sanadores, aún los relatos de los habitantes dicen que se hace algunos años se congregaban en aquelarres para invocar a espíritus y demonios. Aquí hay magia y única artesanía en el mundo con maderas nativas. Hay que hacer obviedad a la mansiones con sus yates y las camionetas cuatro por cuatro, porque te quedas con esa comunión entre el lago y el cielo. Debes quedarte con esa serpiente de mar de los Picunche, rodear la bellísima Laguna Torca, para llegar al poblado donde es “el origen del agua”, Llico. ¡Qué hermoso un lugar que dice ser el origen del agua!. Imaginé esos pueblos originarios, que apreciaron cómo esa confluencia entre mar, estero y lago lo veían como un origen, no como un término. Ahí está el Génesis, o mejor aún, el permanente comienzo, el ciclo, la abertura y el cierre en un sólo lugar.

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Nos devolvimos, atravesamos el Parque Nacional de Laguna Torca, para en caminos como si vinieran de la mente de Walt Withman, nos encontramos con las Salinas de Boyeruca. Ahí, donde a través de un sistema secreto y único, extraen sal de mar. Desde 1644 que este bello oficio lo realizan, y desde esa fecha hasta ahora, al igual que los españoles colonizadores, los tenemos ahí, escondidos de nuestro mundo.

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Para no volver de Santiago de un sopetón, por esos mismos caminos llegamos a Pichilemu, como si fuese ese un oasis entre la aventura y la pesadez gris. Porque estas tierras picunche, te invitan a quedarte, pero te obligan a cambiar de matriz. Esa matriz del apuro y de nerviosismo que tiene por dios, al dinero. Porque en verdad por estos lados, pareciera que el origen del agua, la emergencia de la sal, la serpiente de mar, las papayas sobrevivientes y los mares y bosques reinantes, son parte del imperio de la conquista de la naturaleza. De lo contrario, serías un cómico del sistema en una tierra ajena o un zombie del turismo de revista de cloaca.

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