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Cubita

Sergio Arévalo Publicado: 11 febrero, 2016

Cuando estaba en la facultad, ya haciendo la especialidad de Civil, tenía que hacer mi primera practica profesional. Como no sabía dónde hacerla, seguí la recomendación de unos compañeros y me inscribí en el Servicio Nacional de Obras Sanitarias (SENDOS), antecesor de las actuales Empresas Sanitarias.

Aún recuerdo cuando fui, a una oficina en la Avenida Bulnes de Santiago, para ver si había sido aceptado. Me acerqué a un mesón, y le pregunté a una señora vestida de secretaria. Ella me pidió que esperara un minuto y buscó un archivador que decía con grandes letras CNI (Central Nacional de Informaciones). Ahí me puse nervioso y pensé estoy frito. Afortunadamente no pasó nada malo y me dijeron que sí, que estaba aceptado y que me habían asignado al SENDOS de Puerto Montt.

Como es costumbre en este país, el pago a un estudiante en práctica de vacaciones era miserable; sin embargo tenía una sola granjería. Se podía viajar en el medio de transporte que uno eligiera. Todo el mundo escogía viajar en avión obviamente; ya que era más rápido y toda una novedad para ese entonces.

Yo no había viajado nunca en avión y le tenía pánico a la sola idea de subirme a uno de ellos; así que escogí viajar en coche dormitorio del tren. El viaje duró 24 horas. Son los costos a pagar por la cobardía. Afortunadamente el coche dormitorio era bonito y la cama bastante cómoda. Igual fue todo un lujo para mi porque tampoco había viajado en coche dormitorio.

Recién siete años más tarde, es decir cuando tenía 31 años, hice mi primer viaje en avión. Fue para asistir a un Congreso en La Habana;  al cual en realidad nunca fui a ninguna charla.

El viaje fue en un vuelo de Cubana de Aviación, Santiago La Habana, duró como 12 horas y el avión era un Ilyushin, de fabricación soviética, que metía un ruido espantoso.

Adentro del avión, los cubanos reían, fumaban y bebían ron como locos, mientras yo solo pensaba en que no me podía dormir ya que la señal de alerta sería que parara de sonar ese ruido ensordecedor  y nos empezáramos a ir  en picada al mar. Pensamiento a todas luces absolutamente inútil. Recuerdo que al igual que mucho tiempo después escogí ventana, para ir mirando la turbina, que era el lugar donde aprecian los problemas en las películas. El Copiloto le decía al Capitán “tenemos problemas Capitán, hay fuego en el motor”.

Afortunadamente nada malo ocurrió y llegamos sin novedad a La Habana; finalizando el viaje con, lo que era en ese momento una bonita costumbre, un gran aplauso de los pasajeros a la tripulación.

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La fotografía mental de ese viaje es un día cualquiera, a las 11 de la mañana, en la piscina del hotel Tritón, con un mojito en la mano, una orquesta tocando Son y el Golfo de México a nuestras espaldas. Recuerdo que  estábamos en esto cuando nos miramos con mi colega y ex compañero de Facultad, Héctor Espinoza (QEPD) y nos dijimos a coro “estamos en el Paraíso”.

Muchos años después, gracias un jefe loco que tuve, me enviaron a La Habana, a sondear posibilidades de negocios, en el ámbito de los servicios sanitarios. Yo feliz iba y voy a Cuba aunque sea a tratar de vender mote con huesillos.

Como hacía unos pocos años, me había tocado trabajar con un ingeniero Cubano, con el cual mantenía el contacto, una vez que que había regresado a Cuba, lo contacté para avisarle que viajaba a la Isla y que me gustaría visitarlo y conocer a su familia.

Nos pusimos de acuerdo y un día sábado tomé un taxi y partí para su casa. No recuerdo el barrio donde vivía, sin embargo tengo imágenes de un viaje largo, pasando por caminos con pavimentos llenos de hoyos y con muchos charcos de agua que me pareció correspondían a filtraciones de una red de tuberías de agua potable en muy mal estado.

Cuando llegue a mi destino me encontré con una casa antigua de color cemento, con un aspecto de no haber sido mantenida en muchos años. El ante jardín estaba seco y dentro había poca luz y pocos muebles.

La familia de mi colega la conformaba además de él, su esposa y dos niños, uno de mas o menos 11 años y otro de seis.

Después de los saludos, nos pusimos a conversar animadamente en la cocina. Después de la amena charla, la dueña de casa fue al patio y trajo unos pepinillos frescos de la huerta. Mientras conversábamos, los peló y los puso a cocinar en una ollita sobre una llama, de un plato que se conectaba mediante un tubito a un estanque de lata con  alcohol de quemar, clavado en la pared. Yo me fijaba en toda la escena, porque nunca había visto ese tipo de cocinilla, ni tampoco había visto pickles frescos, sólo los de bolsa que uno compra para coctel en el supermercado. Además ya tenía hambre y veía que eso no me iba a caber ni en una muela.

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Bueno siguiendo con la escena, en una momento comenzamos a hablar de música y ahí nos embalamos. José Luis en un momento salió de la cocina y regresó con una radio de casetes. Mientras seguía hablándome de los distintos grupos y ritmos cubanos, empezó a colocar músicas en la radio y tomando a su mujer del brazo, me empezaron a mostrar como se bailaba cada uno de ellos.

Mirando esta escena, pensé, conozco muchas parejas en Chile, todas tienen casa y cocinas muchísimo mejores que ésta. Tampoco nadie cocinaría pickles ni tendría ese fueguito tan rudimentario para cocinarlos; sin embargo ninguno de los que conozco bailan en su cocina con la alegría de estos dos.

De los lugares que he visitado, solo en Cuba he visto esto. Solo en Cuba vi a una negra inmensa riendo y corriendo detrás de una micro que no le había parado.

No sé cómo lo hacen, pero los admiro por eso y por muchas otras cosas más.

 

 

 

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