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Dylan al sol

Sergio Arévalo Publicado: 18 octubre, 2016

Fue a comienzos de los ochenta que lo conocí, gracias a mi amigo Luciano, que me prestó un disco doble que había conseguido prestado de alguien. Se trataba del volumen dos del álbum recopilatorio de sus  grandes éxitos, editado por el sello Columbia en 1971.

Escuchar sus canciones fue todo un descubrimiento. Para entender sus poemas fue necesario que aprendiera más inglés del que me exigían Los Beatles.  Gracias a esa aventura sonora no fue difícil darme cuenta  que detrás de muchos de mis ídolos de ese tiempo, incluyendo a varios de la nueva canción Chilena, estaba la influencia innegable de este hombre registrado al nacer como Robert Allen Zimmerman.

Hoy un hecho acontecido hace varias décadas ha vuelto a mi memoria y lo cuento, so pena de que aparezca el o la víctima y exija sino justicia al menos una justa reparación.

Debo partir señalando que en esta pequeña historia tiene participación pasiva un hermoso auto marca Taunus del año 1962, que fue compañero de grandes y pequeñas gestas políticas y amorosas,  que merecerían una crónica aparte. Valga solo mencionar que en esta joyita, mi amigo Jaime me enseñó a manejar.  La pista de aprendizaje fue esa hermosa alameda que corre en forma paralela a la vía férrea, desde San Bernardo a Nos.

Era un día soleado cuando cerca del mediodía partimos desde la Escuela de Ingeniería a visitar a Luciano, que vivía, en ese entonces, en un amplio departamento de la Avenida Bulnes;  lugar que también merecería una crónica aparte. Solo menciono una noche del verano del ochenta y tres cuando asistimos en televisión a la presentación del grupo Los Jaivas. En aquella ocasión, seguramente por estar bajo los efectos de la planta recreativa, no percibimos que el volumen de la tv era tal que provocó un llamado de los vecinos a Carabineros. Afortunadamente pudimos explicarles que sólo estábamos disfrutando que esa noche Viña tenía Festival. Las últimas imágenes que conservo de aquella velada memorable son de Luciano  que, dando pasos de baile medieval, cortaba las rebanadas de tomate que nos parecieron las más finas y perfectas jamás antes vistas. Por mi parte y con la vista fija en el sartén, yo compartía con él, mi reciente descubrimiento del secreto de la cocción de los huevos, mediante capas sucesivas.

Debe haber sido también en verano  aquel día de la visita con Jaime al departamento de Luciano. No recuerdo el motivo, seguro no era nada muy importante; sin embargo sí me acuerdo que al regresar al auto, descubrimos con sorpresa que yo había dejado el álbum de Dylan a merced del implacable sol Santiaguino. Solo decir que el día era tan caluroso que bastó el corto tiempo que duró la visita, para que ambos discos quedaran completamente deformados. Una descripción gráfica de lo que encontramos en el auto aquella tarde es que los discos se veían como esas masas pre cocidas para hacer lasaña.

Obviamente al ver tamaño desastre cundió el pánico. Es útil señalar también que en esos tiempos era para nosotros definitivamente imposible comparar ese disco en Chile o traerlo desde el extranjero.

Presa de la desesperación y luego de comprobar que al colocarlo en el tocadiscos, el brazo saltaba sin control de un surco a otro, metí los discos en agua caliente y los puse bajo unos pesados libros, esperando que recuperaran su forma original. Lamentablemente de nada sirvió el intento, los grandes éxitos no pudieron ser salvados.

Pese a que se trataba de una inmensa pérdida no nos lamentamos por mucho tiempo; solo recuerdo que quedó apilado en algún rincón de mi pieza, recordándome de tanto en tanto el desastre que contenía en su interior esa carátula azul, con la imagen del artista dándome la espalda; quizá como un gesto de desprecio por haber arruinado una de sus obras maestras.

Hoy, que han anunciado que a Dylan le han dado el Nobel de Literatura, puedo decir con alegría que, al menos para nosotros, ni el sol fue capaz de impedir que siguiéramos escuchando a nuestro ídolo y que sus canciones se hayan convertido en piezas fundamentales de la banda sonora de nuestra eterna juventud.

 

 

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