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Territorialidad y el otro

Nicolás Iglesias Publicado: 5 junio, 2016

Con el correr de los años, como humanidad, hemos debatido el tema del otro. El otro ha sido mi hermano varias veces, pero el tema que nos ha movido siempre es el otro como diferente, como extraño, como el que viene de fuera.

Muchas cosas han determinado con el correr de los años nuestro vínculo con el otro y uno de los más potentes ha sido la creación de los Estados-Nación que nos trae la época de la Colonia y finalmente la modernidad. Es decir, esto nos muestra que empezamos a tratar el tema del otro cuando nos ponemos en contacto con aquel que es evidentemente diferente, y esto pone en evidencia de que no existiría un yo sin haber un otro, y viceversa. Son categorías intrínsecas e híbridas, la una para con la otra.

Es interesante ya que lo mismo sucede con términos como libertad, que efectivamente no se conocerían si no se hubiera llegado primeramente a experimentar la opresión; o tolerancia, si no se hubiese experimentado la intolerancia. El vínculo con el otro lleva consigo una rama de conceptos híbridos los unos para con los otros. Por ejemplo: no existiría la palabra territorio si no tuviéramos a alguien que dejar afuera, es decir, que excluir.

Por eso podemos decir que en Europa se empiezan a conformar los Estados-Nación, con un territorio concreto, en conjunto con el contacto con el indígena en América u otras civilizaciones. Para ellos entonces era necesario que los indígenas y los pueblos originarios empezaran a tomar el lugar de otro (el lugar de bárbaros poco ilustrados) para afirmarse como poseedores de la verdad y el conocimiento. No hay una cosa sin la otra. No hay yo sin tú.

Existe tal idea en la etimología misma de la palabra hospitalidad (hospes-hostis), que al mismo tiempo recoge la idea de hospedador y hospedado, y que por lo tanto asume que yo no soy sin el otro, no me identifico si no me diferencio, no recibo si no me recibo a mí mismo antes. Al igual que los ojos no tienen posibilidad de saber de qué color son a menos que se enfrenten a un espejo físico, los seres humanos no tienen posibilidad de conocerse a menos que se enfrenten en un espejo social.

El temor a lo desconocido y a el desconocido nos ha llevado a construir parámetros de exclusión con acciones atroces bajo razonamientos validados. Son razonamientos que niegan las contradicciones mismas y la derivación del caos que previene del desorden, de la igualdad que nos trae el racismo. Este es el razonamiento mismo de Eichmann en su juicio cuando devela finalmente que detrás de la micropolítica del genocidio nazi, él cumplía órdenes y promovía el trabajo, y que finalmente toma Hannah Arendt  en “Eichman en Jersusalén” (1963) y el resto de sus obras. Es también, hoy mismo, el razonamiento de las Naciones Unidas militarizadas en Haití bajo un concepto de paz que engendra uno de guerra, miedo y finalmente, de un vínculo con otro pobre, al que no sabemos cómo reaccionar.

Este otro es tomado como metáfora, ya que permite construir la identidad común y el discurso único y superior del razonamiento moderno, y esto mismo es lo que sienta las bases para la exclusión. De todas maneras, ya no es más un otro en el que podamos levantar muros, sino que es un otro con nosotros, un hospes-hostis, y convive en nuestro mismo espacio. Con el diferente fuera de nuestras fronteras y con la diferencia clara entre nosotros y ellos, era más fácil ser tolerante. Recordemos que hace mucho tiempo nos inventamos palabras que nos sirven para seguir siendo alguien diferente a partir del reconocimiento del otro y al mismo tiempo promover una inclusión que (casi a escondidas) no queremos promover: mestizo, inmigrante, prófugo, refugiado, pobre; son palabras que seguiremos construyendo hasta que no nos atrevamos a ser todos simplemente seres humanos y nos denominemos como tales.

Política de asimilación de los pueblos originarios.

Política de asimilación de los pueblos originarios.

Todas estas reflexiones nos hacen preguntas paradójicas ¿Cómo promover y conservar el derecho a la diferencia estableciendo valores comunes-universales, que en algún momento eran establecidos por una cierta territorialidad? Y al mismo tiempo ¿Quién decide estos valores universales y por qué? Bajo estas preguntas confirmamos que el mismo concepto de territorialidad está en crisis y es hora de que empecemos a preguntarnos quién tiene poder sobre quién en un contexto donde la migración es más que recurrente, pertinente y casi inevitable en algunos casos.

Como los conceptos de red provenientes de la cibernética nos llevaron a entender un pensamiento más complejo y reformularnos la manera en que aprendemos, la acción inminente de migrar nos obligará finalmente a volver a preguntarnos de qué manera construimos en algún tiempo nuestro concepto de territorialidad, de dónde viene, quién lo hizo y por qué. La lucha de los pueblos indígenas americanos por sus tierras, no son sólo luchas políticas, son luchas filosóficas que nos están poniendo de pie casi obligatoriamente para pensar por qué vivimos bajo un concepto tan ficticio como el de la frontera y cómo esta misma frontera nos lleva a poner al otro del otro lado, lejos de mí para que no me moleste y no nos tengamos que preguntar cómo vincularnos con él, aunque él (como ya hemos dicho) no sea él sin mí, y yo no sea yo sin él. Aunque efectivamente todos seamos seres humanos, pero un sádico dibujante nos ha hecho creer que no.

Con la convicción de que América es un continente hecho de personas y no de fronteras hace unos años me fui a trabajar a Haití. Esa misma convicción me ha traído tensiones que tuve que romper en este mismo país, pero también algunas que venían desde el país desde donde salí hasta mi corazón. En muchas ocasiones la expresión “Si tú estás fuera no puedes opinar sobre lo que pasa aquí” o “¿Por qué no trabajas acá mejor, si hay tantas cosas para hacer?” por parte de la boca de las personas más cercanas, me han hecho sentir una inquietud sin respuesta momentánea. Pero con el correr del tiempo me di cuenta de que no había una reflexión profunda sobre nuestro concepto de territorialidad, frontera y hermandad.

¿Qué me hace diferente al que está en Haití? Una cultura e historia quizá, pero en esencia nada. ¿El haberme ido hace que me deje de preocupar por los que han quedado en de vuelta en casa? ¿Soy, acaso, un traicionero de la patria? ¿Y, no es patria otro concepto de Estado-Nación nacido en la modernidad junto con el mismo concepto de exclusión?

Yo afuera de estas fronteras y el otro finalmente dentro, quebramos y ponemos en la mesa todas estas cuestiones que nos vuelven como hace cientos de años, que nos exigen preguntarnos quién es el otro y si lo matamos porque es diferente.

 

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