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Veo “al Iván”, como le decíamos en el movimiento social

Magdalena Rosas Publicado: 15 julio, 2016

“Porque así es, el mundo es siempre el mismo, lo que cambia es la manera de  contemplarlo”. Guardé los libros cuatro meses hasta mis vacaciones y ahora me resulta imposible sustraerme a Karl Ove Knausgård,  que después de una cena con amigos, de lavar y ordenar todos los trastos,  se da el lujo de pasear por Google Earth y mirar mi patagonia desde arriba.  Leo con expectación. Casi llega, pero ¡oh decepción!,  se fue subiendo por Rio Gallegos, Puerto Deseado hasta llega a Buenos Aires sin imaginar siquiera que cerca del Océano Pacífico hay otra patagonia,  de la cual mucho menos gente sabe y conoce. Nosotros  los pocos habitantes de ese precioso territorio, seguiremos en el anonimato, mientras las grandes corporaciones ya ven con avidez nuestros recursos de agua y tierra. La espada de Damocles pende sobre nuestros campos de hielo y sobre nosotros,  los que trabajamos para dejar algo  habitable a los nietos de nuestros nietos.

Camino por esta playa brasileña llena de jóvenes-niños vendiendo bolitas de nueces, avena, chocolate, también una que otra galleta de marihuana.  Niñitas preciosas con mil trencitas , niñitas que no deben tener mas de veinte años. No sé porqué al mirarlas  me  pregunto por sus mamás y  papás. ¿Sabrán  ellos que sus preciosas niñitas pasean en estas playas vendiendo estas bolitas que ellas mismas fabrican para sobrevivir? Las miro y me dejo llenar de futuro incierto. Desecho los pensamientos que no me sirven. Cada uno tiene ya escrito su  futuro irremediable.

Me poseen las ideas mientras camino con mi mochila de treinta kilos acumulados de vida, falta de ejercicio, resistencia,  frustraciones, tristezas. Estos treinta kilos repartidos por todo mi cuerpo pensando en esas miles  de dietas que he intentado, y que aparecen en esas revistas que hacen que me imagine que de pronto, así como en un acto de magnífica magia,  habré podido sacarme este peso y seré otra vez liviana, capaz de agacharme como quisiera, de correr, de sentirme como necesito. “los caminos de la vida” suenan en mi cabeza invitando  al futuro.

Recostada en la arena, mirando entre las pestañas a la gente que chapotea en el agua, las infinitas formas de caminar que tienen los seres humanos a la orilla de la playa,  me pregunto como será un golpe de estado en un país como este. ¿entrarían los militares a la playa ?  ¿declararían toque de queda para que nadie pueda caminar por estas callecitas de adoquines mirando, mirándose, buscando un restaurante, una cervecería mientras callan a los cantores como los callaron en Chile? ¿dejarían de venir a broncearse  en las mañanas, todas las mañanas de la vida? Porque si algo le gusta a la gente aquí es brocearse. Yo todavía no lo entiendo, porque a los cinco minutos de estar achicharrándome al sol, no se que hacer con este cuerpo que me arde y el  sudor que me corre por la espalda y que me obliga a darme vuelta mientras me siento como una masa de grasa que se derrite en la poltrona y este calor  me obliga a entrar al agua no tan caliente para que sea un alivio flotar mirando  como la  luna nueva allá en el cielo esconde su mejor parte, que se asoma bellamente si entrecierro los ojos  y la miro llena, completa con  una de sus caras dirigida al sol.

Cuando estoy así flotando en esta agua tibia  en el absoluto relajo, me asalta el recuerdo de mi querido  Sergio asesinado, a mansalva una mañana cualquiera, cobarde y estúpidamente,  por una mujer que tenía una escopeta cargada en su casa y mandó al marido a buscarla y la usó contra mi querido añorado amigo que estuvo entre la vida y la muerte varias horas hasta que su cuerpo no pudo más y abandonó la lucha y nos dejó a todos con demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Así como era él, con muchas preguntas y ninguna respuesta. La única posibilidad de encontrar algo es seguir buscando hasta el infinito, por eso me regaló el  “Desasosiego” de Pessoa, para que lo tuviera en mi cabecera para el resto de años que me quedan por vivir y siguiera leyéndolo un poco cada día so riesgo de intoxicarme con lo que el llamaba esta fantástica intoxicación de la duda permanente.

Estos días me ronda,  especialmente desde esta distancia de miles de kilómetros, constatar   que  la lectura de la realidad que hacen los medios o  que hace la mayoría de la gente en las redes sociales me resulta lejana, incomprensible hasta absurda a veces. No es que yo me crea demasiado distinta, pero me impresionan. Mas del setenta por ciento de los Chilenos no entiende lo que lee, dicen por ahí las encuestas, pero todos opinan. Parece que  no hay conciencia de esta incomprensión ni de este abismo.

Veo “al Iván”, como le decíamos en el movimiento social, solo frente a las cámaras porque el pidió estar solo. Veo a sus detractores: El odio, la rabia, al “traidor” “vende patria”. Veo los que lo apoyan, sintiendo que no pertenezco a ninguna de esas dos clases. Recordando la última vez que nos vimos en la intimidad de su casa, ahí en Puerto Aysén, sentados tomando mate al lado de la cocina, los niños dando vueltas por ahí,  yo rogándole que no se metiera a este camino, tratando de convencerlo  que se pierde mucho mas de lo que se gana, pero esa necesidad suya de hacer cosas, de cambiar algo, era mucho más fuerte que toda  mi experiencia. Y poca fe.

Quisiera abrazar a un amigo que para unos es un ladrón, tránsfuga, manipulador y que para otros es un especie de santón.

Yo sé que por este gesto,  algunos me criticarán, otros van a decir que me vendo, otros que soy naíf,  pero “el Iván” es para mí  uno de esos amigos que da la vida sin que uno entienda muy bien como ni porqué. Tengo guardados cada uno de sus mensajes de texto durante el movimiento, cada una de nuestras conversaciones y de nuestros diálogos mas profundos.

En mi amigo. Lo leo. Leo su necesidad de hacer bien las cosas, lo veo empantanándose en dimes y diretes, en negociaciones de poderes muy superiores a el. Veo sus errores, su angustia, su necesidad por su familia,  sus preocupaciones, intento ver como se recuperará de toda esta bazofia y me quedo con las preguntas que me rondan desde que salí del servicio público en el  Estado el año 2008.

Medito caminando refugiada en este escondite lejano y playero.

Servir ¿a quien? ¿para que?  ¿a que precio?

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