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Violencia y miedo

Juan Fredes Publicado: 3 abril, 2016

La secuencia inicial de la hermética y compleja película de Stanley Kubrick “2001, Odisea en el Espacio” narra los inicios de la humanidad. Homínidos peludos disputando con otros de su especie y demás animales un pozo de agua. El destello de la genialidad humana, es sin embargo brutal, utilizar una herramienta (un hueso de un animal muerto) para atacar y asesinar a otro de su misma especie.

Kubrick, conocedor como pocos, del alma humana, retrató en otras películas, la condición del ser humano. En todas es la violencia su signo distintivo. Violencia desatada (como en Espartaco, El Resplandor, La Naranja Mecánica) o más sutil (como en Barry Lyndon), pero siempre persistente y definiendo situaciones y destinos.

El gran anhelo de la humanidad ha sido el progreso, vivir mejor, alcanzar estándares de calidad de vida aceptables para una mayoría. Sus grandes profetas y pensadores siempre definieron un futuro posible donde la humanidad sea capaz de alcanzar la concreción de valores que resulten en dignidad para las personas, en una vida respetable y respetada.

La lucha por los derechos humanos, la búsqueda de formas de convivencia pacífica, la resolución por medio de la negociación y el entendimiento, siempre han pretendido erradicar la violencia.

La violencia del ser humano y sus derivadas, han construido la historia, pero nunca exclusivamente, pues además la humanidad ha sido capaz de pensar, crear, reformar, innovar.

Las grandes convenciones sociales que han permitido el avance de la humanidad se sostienen en algunas pocas ideas sobre la violencia: monopolizar su uso por parte del Estado, regular los conflictos sociales e interpersonales través de una justicia imparcial basada en un derecho objetivo, humanizar los castigos y sanciones, rehabilitar a quienes cometen infracciones a los códigos de comportamiento, promover la educación para que haya diálogo, razonabilidad y entendimiento, respetar las creencias ajenas como marco de convivencia, elegir democráticamente las autoridades.

Si alguno de esos pactos se rompe, la violencia vuelve a instalarse como motor del cambio, el uso de la fuerza para resolver las disputas.

El sino trágico de nuestros días no es el retorno de la violencia, expresada en terrorismo, guerras desatadas y encubiertas, el deterioro de nuestra convivencia cívica, la agresividad gratuita, el ataque artero y anónimo en las redes sociales.

En nuestra sociedad se ha naturalizado la expresión violenta. Cualquier manifestación masiva termina, casi invariablemente en desórdenes y violencia. Solemos justificar la violencia, aún incluso es más, la promovemos y valoramos.

Pero no es sólo el efecto pernicioso de la violencia lo que no está caracterizando, sino que el efecto deseado y generado por ésta: el miedo

Se respira y percibe miedo.

La acción violenta pretende amedrentar, coaccionar, doblegar, generar miedo en el otro.

El terrorista que pone una bomba en el metro de Bruselas, en un parque en Pakistán, busca generar miedo. Atemorizar al otro, para que este condicione su quehacer a los fines propios y así dar más fuerza a su acción. Seguramente en Bélgica, Francia y Pakistán, sus gobiernos responderán con el uso de la violencia por parte de sus Estados contra lo que se supone es el origen de ese mal, y en ese camino arrastrará a otros hacia los movimientos y grupos terroristas, porque la violencia y el uso de la fuerza no suele discriminar entre inocentes y culpables.

El miedo al otro se ha convertido en patrón de nuestra conducta. Tememos al diferente, suponemos que quien no conocemos y que no se parece a nosotros es un delincuente y viene a despojarnos. Por eso muchos encuentran válido y legítimo agredir a un delincuente hasta dejarlo en estado de coma, cuando lo que corresponde es entregarlo a la policía.

El miedo paraliza. Todas las noches, en los noticiarios de TV, se exhiben detallados y extensos reportajes sobre delincuencia, con el único propósito de crear miedo en la población.

El día 29 de marzo, una ciudad de 6 millones de habitantes se paraliza a las siete de la tarde, se cierra el comercio, anticipan su salida los servidores públicos, deja de funcionar el transporte público, bajo el único argumento del miedo. Miedo a los desórdenes.

Eso justifica luego dar más atribuciones a la policía, restringir libertades y derechos, aumentar penas, incrementar la violencia en los sectores más pobres. El circulo vicioso de la violencia y el miedo. Y de ahí, el paso natural es exigir “militares a la calle”, con el pobre pretexto que sólo lar armas traen la paz.

Muy pocos son capaces de pensar en reconstruir y pensar las bases de la convivencia, en indagar las causas de la fractura social, en proponer soluciones trabajosas y lentas, el populismo exige “mano dura”.

Volviendo a Kubrick, el desenlace no es menos alentador. El hombre evoluciona, pero el fratricida homínido deviene en un vacuo personaje que es víctima de sus propias creaciones.

Le achacan a Einstein una expresión “No sé cómo se combatirá la 3ª guerra mundial, pero sí sé cómo se peleará la 4ª: con palos y piedras”, como en la primera escena de la película de Kubrick.

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