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Voluntariado: mitos y realidades

Nicolás Iglesias Publicado: 28 enero, 2016

Tendemos a creer que el voluntariado es algo puntual: a veces, actividades casi forzadas del liceo, o momentos específicos del año recolectando dinero para algunas organizaciones. Y no es que no sea eso, lo es, pero podemos evaluar diferentes características del voluntario, y sobre todo del voluntario del ámbito educativo. De esta manera comprenderemos que existen imaginarios colectivos sobre estos y mitos que debemos derribar. Empecemos.

Historia y cotidianeidad.

Voluntario viene de voluntad, y claramente la voluntad no es algo que generemos en un momento dado y nada más, necesita una historia de hitos que nos dejen de cara frente al mundo y sus miserias, pero también que nos hagan creer en las potencialidades de los demás. También necesitamos aprender que no soy ni más ni menos que otros, sino que por nuestra característica de iguales, es indigno que la pobreza siga existiendo en todos sus sentidos.

Este último aprendizaje es el que más evidencia que necesitamos historias de trabajo en lo cotidiano, para que las posibilidades del voluntariado (que eventualmente nos hace salirnos de nuestra rutina diaria) se tiñan de cotidianeidad.

Si no comenzamos a creer en el voluntariado del día a día no haremos diferencia contra la desigualdad y la pobreza. Realicemos lazos comunitarios a donde quiera que vayamos.

Esto derriba el mito: sólo aquellos con mayores recursos económicos tienen la posibilidad de ser voluntarios.

Coherencia.

En función a esto, el voluntariado nos exige casi por naturaleza que nuestra historia hable de los valores que queremos construir. Pero no es sólo eso, de lo contrario excluiríamos a un montón de voluntarios que no han podido elegir el contexto en el que nacieron (sea cual sea). Se trata de que una vez que nos demos de cara contra el mundo y sus injusticias, nuestras opciones hablen de una postura voluntaria, que rompe día a día con la desigualdad que podrían llegar a generar estas mismas opciones.

Aunque esto no es tan simple como parece. Debemos asumir que, en general, vivimos en un mundo incoherente y el desafío con el cual nos encontramos aquí es buscar la coherencia dentro de nuestras propias incoherencias.

Esto derriba el mito: los voluntarios son hipócritas porque no hacen lo que promueven.

Continuidad o puntualidad.

Podemos generar instancias puntuales de voluntariado, lo cual no está mal. Si un cirujano va a un país donde los recursos de salud son escasos y realiza 10 cirugías, ha generado 10 oportunidades nuevas.

Pero en educación tiende a ser diferente: los directores y coordinadores de los centros educativos se ven todo el tiempo alertas en esta tensión de recibir lo material o dinero específico (necesario para que funcione, sobre todo en estados donde no se puede asegurar un bienestar económico docente), pero desean constantemente generar propuestas a largo plazo porque saben que este será el verdadero impacto para la comunidad donde están trabajando. Como en general el trabajo en contextos vulnerables recibe bajos recursos, los voluntarios tienden a ser una de las primeras opciones para el apoyo al mejoramiento educativo.

En este sentido debemos remarcar que las organizaciones de la sociedad civil tienen una función muy importante en generar los espacios para que el voluntario pueda tener la libertad de trabajar en profundidad y con las condiciones básicas que le permitan               dedicarle el tiempo necesario al voluntariado.

Esto derriba el mito: el asistencialismo es el diablo y el trabajo cooperativo es Dios.

 Profunda espiritualidad y empatía.

Aunque a veces soñemos con una continuidad eterna de nuestros voluntarios, la verdad es que en general es una actividad con una alta rotatividad. Es por eso que los voluntarios deben contar con una característica que sólo los años generan en docentes o trabajadores de la fundación: una espiritualidad profunda para mirar al otro y conocerlo, y poder ponernos rápidamente en el lugar del otro. Sólo esto generará la confianza necesaria que nos permita desarrollar un trabajo con un impacto real.

Esto derriba el mito: el voluntariado es una actividad simple, no necesito ninguna preparación.

Por último, algunas alertas.

Para los voluntarios: A veces los voluntarios van escapando de algo en su vida, así que cuidado. Es muy normal que busquemos en nuestros voluntariados una forma de escapar a los problemas de nuestra vida, ya que esta es una actividad que, en parte, genera satisfacción personal, o nos hace olvidarnos de lo que nos preocupa. Esto no sería un problema mayor si no olvidamos que el objetivo siempre es el bienestar del otro y la superación de la pobreza, NO mi propia satisfacción. Si los objetivos son los equivocados corremos el riesgo de cortar todo nuestro trabajo al primer problema que tengamos. Lo irónico es que si generamos un buen trabajo seguro que tendremos problemas.

Para las instituciones: Los voluntarios no son sirvientes. A veces, la palabra voluntario tiende a confundirse con: “aquel que está dispuesto a hacer lo que sea”, o peor, “aquel que quiere hacer algo y no sabe qué”. Pidamos algo a las instituciones que trabajan con voluntarios: primero, no llamen voluntarios porque sí, siempre tengan una necesidad o un objetivo específico, de esta manera el trabajo será más efectivo y generará mayor impacto; segundo, recuerden que los voluntarios no son sirvientes, el mejor trabajo siempre es el cooperativo y debemos planificar su plan de trabajo en conjunto y en base a sus potencialidades y las necesidades de la institución.

Agradecemos entonces a todos los voluntarios, aquellos del cotidiano y aquellos con alguna actividad más concreta, porque mueven el mundo y porque depositan la esperanza en la desesperanza aprendida tan instaurada en nuestras sociedades.

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