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La casa y el alma de Luciano Pavarotti

José Manuel Velasco Publicado: 22 enero, 2017

Luciano Pavarotti apenas pudo disfrutar un par de años de su casa de campo en Módena (Italia). Fue allí donde el tenor fallecía el día 8 de septiembre de 2007 víctima de un cáncer de páncreas. En la enorme pero sencilla cama que preside el dormitorio principal aún se puede intuir su presencia, moribundo, tal vez lamentándose de no poder ver crecer a su hija Alice, entonces de tres años de edad.

Convertida ahora en museo la casa de Pavarotti desvela una personalidad muy distinta de que se le podía presuponer a una de las mayores leyendas del bel canto. Sus inauditas nueve do de pecho en la representación de la ópera La hija del regimiento de Gaetano Donizetti junto a la soprano australiana Joan Sutherland son uno de los momentos más sublimes de la historia de la música. Solo la biografía de Ana María Cecilia Sofía Kaloyeropulu, más conocida como María Callas, puede competir en fama con la voz de Pavarotti, cuya vida fue menos glamurosa que la de la soprano estadounidense de origen griego.

Pavarotti fue un ser humano enorme. Generoso en sus formas, generoso en sus interpretaciones, generoso con sus amigos, generoso con una sociedad que le adoraba, generoso en su solidaridad, generoso en el amor hacia sus hijos. Tanto que no pudo ser hombre de una sola mujer. Con la primera, Adua Veronesi, tuvo tres hijos; con su segunda y última, Nicoletta Mantovani, engendró solo una, Alice, cuyas imágenes aún presiden muchas de las estancias de la casa-museo. Una niña de pelo rubio y ojos azules que tardará en tomar consciencia de la talla mundial de su padre, el cantante de ópera que cosechó uno de los aplausos más largos de la historia. Tal reconocimiento tuvo lugar el 24 de febrero de 1968 en el palacio de la Ópera Alemana, en Berlín, tras la representación de la ópera “El elixir de amor”, de Donizzeti. Pavarotti tuvo que salir a escena 165 veces en respuesta a las ovaciones y vítores de un público absolutamente enfervorizado con el desempeño del tenor italiano.

La decoración de la casa es austera. El propio tenor eligió con mimo los materiales constructivos, entre los que destaca la madera, siempre pensando en dar trabajo a los artesanos y profesionales de su región y país. Las paredes están decoradas con fotografías de su vida y con los cuadros que él mismo pintaba. La sobriedad de la ornamentación, la apertura de los espacios y la presencia constante de la luz desvelan una personalidad más pegada a la tierra que al cielo que rozaba con su popularidad. Pavarotti quiso dejar su huella no solo a través de su voz, sino también de su compromiso con los jóvenes que se iniciaban en la difícil carrera de la ópera; los más privilegiados tuvieron la ocasión de cantar para él en el salón que ocupa la planta baja de la casa, justo al lado de una cocina en la que aún se pueden intuir los aromas de la pasta fresca.

La casa de Pavarotti me regaló dos enseñanzas: la primera es que no debemos juzgar a las personas por su halo, enhebrado habitualmente con los hilos de percepciones ajenas, sino por sus obras, sus grandes y pequeñas obras, y sus manifestaciones más cotidianas. Es difícil acceder a la verdadera naturaleza de las personas que logran la fama, porque un manto de frívola celebridad suele tapar sus auténticos rasgos y pensamientos. Por eso, cuando tienes la oportunidad de ver su entorno más íntimo, de pisar por donde él o ella antes han pisado, debes aprovechar la ocasión para forjar una opinión más ecuánime y rigurosa.

La segunda enseñanza tiene que ver con el pañuelo blanco que se ha convertido en uno de los rasgos de la personalidad pública de Pavarotti. Lo utilizó por primera vez a principios de los años 70 en un concierto ofrecido en Missouri. En su casa descubres que comenzó a usarlo para controlar los nervios que le producían las actuaciones, una de cuyas manifestaciones era una gran sudoración. Luciano aseguraba que el pañuelo le permitía concentrarse en un punto, cual “centro de seguridad en el escenario”. Esa inmensa seguridad que desprendía sobre el escenario escondía una timidez que heredó de su padre, cuyos nervios le impidieron dedicarse al canto a pesar de que también atesoraba una fina voz de tenor. Es decir, Pavarotti hijo, a diferencia del padre, convirtió su vulnerabilidad, una vez declarada, en fortaleza al transformarla en una muestra de autenticidad.

Cuando me despedí de la casa de Pavarotti, un lugar al que no fui ex profeso, sino que me lo encontré de camino a Maranello envuelta en la niebla de la campiña italiana, mi alma de coach me agradeció la nueva batalla ganada a los prejuicios. “No bajes la guardia, el prejuicio acecha en cualquier esquina”, me dije. Pocos kilómetros más adelante me esperaba un museo bien distinto, un lugar diseñado para que las ambiciones, los sueños, las frustraciones y las vanidades se desboquen a lomos de un caballino rampante.

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