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La cultura de la anotación negativa

Felipe Tapia Publicado: 26 abril, 2017

Aunque no me gusta la autorreferencia y mucho menos usarme a mí mismo como medida de todas las cosas, en esta ocasión relataré una anécdota personal, solo para ilustrar un punto. Durante varios años trabajé como profesor de colegio, sin embargo abandoné la labor por varias desavenencias con el sistema educativo. Aunque reconozco que tampoco me gustaba los cambios que estaba teniendo y en lo que me estaba convirtiendo. Resulta difícil a veces mirarse desde lejos y ver la influencia que tiene en uno el medio ambiente en el que la persona, inevitablemente, se adapta o acostumbra. Un fenómeno particularmente curioso es la anotación negativa.

Los profesores estamos facultados para colocar anotaciones negativas en caso de que el alumno transgreda alguna norma o haga algo que no corresponde, y estamos igualmente facultados para colocar anotaciones positivas si el alumno realiza una acción loable o si, por defecto, tiene buen comportamiento. Hasta aquí todo bien. La lógica nos indicaría que un alumno promedio debería tener un número relativamente equitativo de anotaciones negativas y positivas, porque todos tenemos malas y buenas conductas, pero no es así como funciona el sistema.

Cualquiera que haya sido alumno o profesor en su vida sabe que, salvo excepciones, las hojas del libro de clases solían llenarse de anotaciones negativas durante un año, y las positivas aparecían esporádicamente, cuando el alumno hacía algo verdaderamente elogiable. ¿Hacen los alumnos más cosas malas que buenas? De ningún modo, pero los profesores, tristemente – y me incluyo- nos acostumbramos a fijarnos más en las malas conductas que las buenas conductas de los alumnos, y el buen comportamiento pasaba a ser algo tan normal que no merecía ser registrado. Esta manera de mirar el mundo trascendió el sistema educativo y se ha instalado como una óptica universal con la que juzgamos a nuestro entorno y a nuestros semejantes. En otras palabras, vivimos en la cultura de la anotación negativa. Nos fijamos más en lo malo que en lo bueno, y a partir de eso sacamos nuestras conclusiones.

Las malas acciones llaman inmediatamente nuestra atención, pero las buenas no son dignas de un comentario o una palabra siquiera, por lo que hemos construido un escenario ilusorio en el que todos son maleducados, mentirosos, malintencionados y hostiles. No importa que en las calles haya más de trescientos ciclistas que respetan las reglas y manejan con precaución: basta con tener dos o tres malas experiencias aisladas con ciclistas para acabar pensando que todos son imprudentes y se creen dueños de las calles. No importa que el metro esté repleto de hombres que respetan a los demás y se comportan como ciudadanos: solo se necesita que uno o dos hagan un comentario indebido a una mujer o la acaricien sin su permiso, para que se popularice la idea de que el acoso es una práctica validada y hasta aceptada por la mayoría de los hombres. La posverdad y las redes sociales hacen su aporte al viralizar como memes estas maneras de pensamiento que muchos asimilan como una forma de encajar en lo políticamente correcto y sumarse, con una buena intención, a una causa que debería servir para ayudar a las víctimas de estas acciones repudiables. Es cosa de ver lo que pasó con Uber y los taxistas: De pronto todos los taxistas eran mafiosos y estafadores, aunque muchos de ellos sean honrados y educados.  Así, vivimos poniendo anotaciones negativas: el chileno es prepotente, maleducado, clasista, y flojo.

Incidentes que ejemplifiquen la cultura de la anotación negativa hay por montones: el año 2015 un niño sirio fue hallado muerto en las playas turcas de Ali Hoca Burnu, conmocionando al mundo entero. Una de las reacciones más populares fue la apresurada conclusión de que la sociedad está enferma, de que si un niño muere en esas circunstancias este mundo está podrido. Es verdad, es trágico y espantoso, pero ¿No están pasando por alto un gran número de personas que sí hacen algo bueno por la sociedad, que ayudan a los refugiados y les brindan hogar? ¿Por qué somos tan devastadores para juzgar a la humanidad en general?

Otro ejemplo: Cuando ese mismo año dos estudiantes de la Universidad Santo Tomás fueron asesinados por Giuseppe Briganti, por supuestamente haber rayado la muralla de su casa, muchos se quejaron, quizás por la impotencia y rabia que causaba el suceso por aquella época, que en Chile se valoraba más una pared que la vida humana. Corríjanme si me equivoco, pero ¿De verdad ese energúmeno es un referente objetivo de la raza humana o de la sociedad? ¿No podríamos tomar otro representante, no sé, a cualquiera de los seres humanos a quienes no les parece razonable asesinar a otro? ¿Por qué siempre se escoge a los peores elementos para representarnos?

¿Por qué nos fijamos solo en nuestros exponentes más deleznables para emitir nuestros juicios? ¿El ciclista imprudente, el hombre acosador, los miembros del Estado islámico que ponen en peligro la vida de civiles obligándolos a huir, el delincuente que asesina estudiantes, son efectivamente representantes de todo el grupo humano? ¿Por qué no atendemos a otros ejemplos que sin duda son mucho más representativos? Con esto no busco trivializar o invisibilizar estos incidentes, ni propongo abandonar la lucha contra las malas prácticas urbanas, el acoso sexual o la violencia en general, sino simplemente reflexionar acerca de esta óptica pesimista que insiste en hacernos creer que hay una mano negra detrás de todo y que somos un fracaso como especie. Sí, nuestra historia está plagada de injusticias y atrocidades, pero también de justicia, y les aseguro que, como la buena conducta de un alumno en la sala, las cosas buenas superan a las malas, solo que siempre nos fijamos más en lo malo. Basta con ver las noticias. O los libros de historia ¿Alguien puede creer que las guerras son lo único que ha definido nuestra civilización?

Y ni siquiera creo que los anteriores sean casos aislados, sino que, tristemente, son el síntoma de una realidad que está presente, y que se debe combatir y evitar por todos los medios. Pero no podemos descuidar la otra cara de la moneda, que brinda esperanza, ni tampoco realizar generalizaciones apresuradas que muchas veces nacen más de la emoción o el vox populi que del análisis calmado.

Incluso dentro de este clima de generalizaciones hay algunas más aceptadas que otras. Por ejemplo, la opinión pública suele ser muy severa con las generalizaciones a minorías sexuales o grupos étnicos determinados. Las generalizaciones para con ciertos grupos sociales como ciclistas tienden a ser más aceptadas, pero las generalizaciones respecto a ciertas profesiones, como carabineros, sacerdotes o políticos, aceptan sin tapujos todo tipo de comentarios deleznables y odio, que con el visto bueno y la complicidad de una sociedad dolida, traicionada e impotente sustituyen cualquier intento por reparar en los carabineros que no abusan de su autoridad, los sacerdotes que no cometen actos impúdicos contra los niños, o los políticos que no caigan en prácticas deshonestas.

De ningún modo sugiero abandonar la preocupación por los temas importantes, ni dejar de indignarse ante la injusticia, violencia o malas prácticas de todo tipo. Solo hago un llamado a también reparar en la justicia, la decencia y las buenas intenciones, que están presentes, solo que invisibilizadas y opacadas por los peores aspectos de nuestra vida, aquellos que merecen mucho más nuestra atención gracias a la cultura de la anotación negativa que hemos asimilado casi sin darnos cuenta, justo como me pasó a mí como profesor hace ya varios años.

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2 Comentarios

  1. Pilar Clemente ha comentado

    Excelente artículo. Una reflexión provechosa sobre la negatividad y el acento en las cosas malas de la vida. Tal como dices, las personas que hacen cosas buenas y no solo “grandiosamente buenas”, deberían estar más cerca de nuestro ojo. Como detalle, el que al parecer nadie marcara “me gusta” a tu artículo ratifica que es más popular la denuncia furiosa que la reflexión aguda y positiva. Gracias.

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