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Mala

Verónica Grünewald Publicado: 15 abril, 2017

Desde que fui adolescente y mientras mis amigas crecían y se desarrollaban comencé a pensar que a mí, nadie con sentido común me miraría dos veces. Con poco más de un metro y medio, la cara plana y los ojos achinados, ninguno de  los tipos a mi alrededor se hubiese jactado de salir conmigo. Para colmo,  sintética y sinpótica, cosa grave, casi una herejía en tiempos de escasez. El mundo estaba dividido y yo no tenía nada que  ofrecer.

Después de los 30  descubrí que lo mío era ser alternativa y comencé  a cultivar el imperecedero estilo Yoko Ono. Me deje crecer el pelo, usé las gafas redondas y  con mis blusas sueltas me paseaba entre la Facultad y la biblioteca, entre la biblioteca y la Facultad. Buscando a mi John o esperando que él me encontrara. A veces llegaba hasta Ingeniería, pero ahí me iba peor, nadie conocía  a Yoko ni a John. Descubrí que a los ingenieros les gustaba más  la blanca.  Palidez, de Procol Harum…  por lo que mi estilo, más de niñita, “paz y amor” no les interesaba. A ellos, la acción y no  imaginaban acción conmigo.

Años más tarde  supe que en una encuesta secreta entre los hombres de  la Facultad había obtenido un voto de popularidad.  Todos querían conmigo. Escribir un paper,  trabajar.  Pero nadie que se atreviera  a confesarlo, se  imaginaba  en mi cama.

Me había dedicado a la química, los  microcontaminantes orgánicos, los mercaptanos,  la  cromatografía de gases.  Una delicia. Nada de arte. Lo único que tenía de Yoko Ono era,  con muy buena voluntad, algo de la facha. Ni John   ni Paul, ni Ringo… ni siquiera un Juanito cualquiera. Así de mala era.

Ya pasados los 40, necesitaba ser la musa de alguien, algo que me diera vuelta el mundo. Necesitaba   que me arrancaran las blusas  y me desordenaran el pelo. Me di cuenta que tenía que  salir,   saltar las fronteras conocidas. Y me perdí un día por la Piojera, sola. ¿No era la Yoko? Siempre a la vanguardia, sin  miedo, única.

Sonaban unas cuecas. Eso me puso criolla. Busque una mesa, pedí un vaso grande de  terremoto y cuando lo trajeron, me paré  moviendo mis caderas  al compás del tormento. Desde un rincón apareció ella. Me miró entera sin ponerse colorada. De entre medio de sus pechos sacó un pañuelo blanco y se limpió el sudor del cuello.

No dejamos de mirarnos. Al segundo pie de cueca tomé un sorbo del mítico brebaje. El helado de piña  había dibujado un bigote sobre mis labios. Ella se acercó con  diligencia, me limpió con su pañuelo.  Tomé otro sorbo, y a propósito dejé que algo del helado cayera en mi barbilla. Ella  miró su pañuelo, luego miró mi barbilla. La sujetó  con sus manos generosas   y  la  limpió con su lengua serpenteante.

Esa misma lengua, horas más tarde, juguetea traviesa entre mis piernas.

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