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¿Meta lograda?

Andres Rojo Publicado: 16 abril, 2017

Llegó la fecha fatal y a pesar de las dudas iniciales, las cifras indican que los partidos políticos tradicionales habrían cumplido el desafío de refichar a sus militantes y cumplir las exigencias de la ley para continuar existiendo y recibiendo aportes fiscales.

Como estamos atravesando un tiempo de desconfianzas, es probable que surjan en estos días denuncias insinuando irregularidades como el pago de dinero por la firma o la obtención de estas mediante falsificación o engaños, pero la formalidad está aparentemente satisfecha y eso es algo que muchos pusieron en duda.

Hay que decir que a los partidos tradicionales se les fijó un objetivo menor que a las colectividades nuevas y se les dieron más facilidades para cumplir.   A pesar de tener que reunir la mitad de las firmas, tuvieron que extremar recursos y esfuerzos para lograrlo y eso es encomiable porque tuvieron la capacidad de reaccionar a un desafío.

Viene sin embargo una segunda etapa que no está prevista en la ley pero sí en la mente de la ciudadanía: Que los partidos puedan recuperar su prestigio y eficiencia.  Una cosa es la formalidad y otra bien distinta es la legitimidad, y no hay duda que los partidos han sido muy capaces a la hora de cubrir sus faltas y aprovechar los beneficios del poder, pero no han respondido con la misma presteza al desafío de garantizar honestidad y transparencia y representar los intereses de la gente y lograr los cambios que se demandan.

Resulta curioso que la amenaza de quedar sin financiamiento les haya servido como incentivo para poner en marcha toda su capacidad de movilización, pero el riesgo de la abstención aún no sea capaz de generar la misma reacción.   Es posible que ello se deba a la inminencia de los plazos, porque para cualquiera debería ser evidente que un partido que no recibe los votos ciudadanos no califica para subsistir.  Hay que recordar que para el refichaje sólo se pidió el equivalente al 0,25% de la última votación de diputados y que lo obtenido es, en algunos casos, la cuarta parte del número de militantes que los partidos declaraban con anterioridad.   Si un partido recibe en la próxima elección parlamentaria el 0,25% es evidente que no tiene futuro.

El problema es cuando el conjunto de los partidos y sus candidatos no logran atraer a la mitad del electorado.   En esas circunstancias se hace difícil hablar de democracia representativa.

Cumplir con la meta no permite a nadie sentir orgulloso, es apenas el mínimo requerido para seguir en juego pero la competencia continúa.

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