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Chile 2017: entre la certidumbre y la belleza

Rebeca Araya Basualto Publicado: 4 julio, 2017

“Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo,
ese viaje hacia la nada
que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada
la belleza”…

Luis Eduardo Aute (1989)

Somos predecibles los chilenos.
Como  ratones de laboratorio entrenados para un rango de respuestas sin muchos matices. Particularmente en el ejercicio de la ciudadanía y en nuestra conducta política en democracia. Una democracia que, como la canción de Aute al inicio de esta nota, nació en cuando morían los ’80.

“Enemigo de la guerra
y su reverso, la medalla,
no propuse otra batalla
que librar al corazón”…

Con los versos del cantautor español resonando en la memoria, arribamos  a los ’90 llenos de esperanzas, porque allá lejos caía el muro de Berlín y por acá parecían abrirse “las grandes Alamedas” que una mañana trágica, un viejo médico auguró recorrería “el hombre libre para construir una sociedad mejor”.
Cambió el siglo, envejecimos los que la noche del 30 de julio de 1989  nos abrazamos en las calles, ebrios de libertad, sintiendo  recuperado el derecho a vivir nuestras vidas, soñar nuestros sueños, engendrar hijos y nietos que vendrían a poblar el país de la alegría, reconquistada por los muchos que bailamos hasta esa madrugada e hicimos el amor sin cansarnos ese día y los siguientes, sintiendo que vivir era nuestro homenaje a los que no bailarían ni amarían nunca más.
Una estrofa de la canción que recuerdo fue ganando sentido en la suma de mis días, mientras la democracia tejía su entramado:
“Y ahora que ya no hay trincheras
El combate es la escalera
Y el que trepe a lo mas alto
Pondrá a salvo su cabeza
Aunque se hunda en el asfalto
La belleza”…

Lo predecible

El primer domingo de julio de 2017 no se repletaron las Alamedas. En el fútbol, Chile fue vencido por Alemania y eso llenó de tristeza hasta el corazón de los vencedores en las primarias. Dos de los -en teoría- cuatro candidatos que disputarán la banda presidencial en noviembre próximo fueron elegidos y, tras un tour sin estrépito por los canales de TV, se fueron a dormir saboreando el triunfo.
Se impuso Sebastián Piñera en la derecha, con una ventaja más cómoda que la esperada. Y en el Frente Amplio, la periodista Beatriz Sánchez obtuvo la nominación presidencial. Pero no ganó la coalición que representa, pues la suma de los votos de sus candidatos estuvo muy por debajo de sus propias expectativas.
Probablemente Alberto Mayol será candidato a diputado o senador. Seguirá así su camino a La Moneda, ganando oficio como legislador. Oficio conveniente y necesario para alguien con un proyecto de país que lo devolverá inevitablemente alguna vez a disputar la candidatura recién perdida. Y Beatriz Sánchez inicia su recorrido por las grandes ligas de la política nacional, como candidata a la presidencia de una fuerza emergente que, en los próximos cuatro años, se jugará la oportunidad conquistada junto al  18,8% de los votos emitidos en estas primarias. Cifra que, tras poco más de cinco meses en la escena pública nacional, no es gran derrota. Pero le devolvió el alma al cuerpo al oficialismo. Y está muy lejos de amedrentar a una derecha que salió fortalecida de este proceso.

¿Qué se elige cuando se elige?

¿Qué valoraron los que eligieron, a sabiendas, un candidato de ética turbia, conducta empresarial inaceptable, humor vulgar y cultura precaria?

Basta mirar cómo se distribuyeron los votos entre el Frente Amplio y Chile Vamos en las comunas de Santiago para asumir que, al cuadruplicar en preferencias al Frente Amplio,  la votación de la derecha no expresó solamente las conveniencias del segmento socio económico que concentra la riqueza en Chile y que se balancea entre  ese 10% de la población que, según la OCDE, percibe ingresos 26 veces superiores al 10% más pobre y el 1% de la población que concentra el 35% de la riqueza nacional cifra que, como  dijo  el economista Thomas Piketty  en 2015, constituye: “(…)el nivel más alto del mundo, superior a Estados Unidos incluso”. Ese 11% de la población es el mítico ABC1.

El millón cuatrocientos mil  votantes que repartió sus preferencias entre los candidatos de derecha, sólo se explica si entre ellos hay muchos que marchan contra las AFP; claman por la mala calidad de la educación;  compran la lista del supermercado con cargo a una tarjeta de crédito o multitienda y hacen “bicicleta” mes a mes para pagar esas tarjetas con préstamos. O acuden a las “completadas” y hasta compran números de rifa para financiar la enfermedad de algún desconocido, sabiendo que algún día la solidaridad colectiva podría ser la única salida a sus propias penurias. Algunos dirán que esa cifra está inflada por aquellos que -apelando a la “shispeza shilena”- votaron por Ossandón a contrapelo, para debilitar a Piñera. El punto es que el hoy candidato de Chile Vamos obtuvo más de 800.000 votos, superando la votación sumada de Pablo Longueira y Andrés Allamand en las primarias del 2013. Con ese piso, lo predecible es que el actual líder sin contrapeso de Chile Vamos,  re instale las chaquetas rojas y los furcios ridículos en La Moneda a partir de marzo del 2019.

Entonces…¿Qué eligen, cuando eligen los chilenos?

Algo de política ficción

Eligen certidumbre.
A esa apuesta se aferra el oficialismo cuando saca sus cuentas post primarias: por estos lados aprendimos hace décadas a votar por “el mal menor”. Nos impresionó alguna vez Ricardo Lagos cuando dijo, solemne, al terminar maltrecho una primera vuelta electoral contra Lavín: “He escuchado la voz del pueblo”. Puestos entre Piñera y Guillier…cualquier respuesta es predecible. Y ninguna afecta drásticamente el orden conocido. Ninguna genera incertidumbre. Tampoco la senadora Goic, en el evento que su nombre llegue a la papeleta de noviembre. Aunque probablemente lo que se esté cocinando por estos días es el precio de su salida de allí… o de que siga en ella. Depende del rol que atribuya a su intento y de quiénes lo definieron. Siguiendo estos mismos cálculos, es improbable que el Frente Amplio remonte dramáticamente el 18,8% que una inmensa muestra aleatoria le asignó, en el testeo a nivel nacional que fueron las primarias.
O sea, todo bien. Para algunos, este campo de flores bordado seguirá siendo la copia feliz del edén.
Bueno… mucho de esto es política ficción.
Y aquí quería hablar de política, certidumbre y belleza.
Vamos a ello.

La belleza y la confianza

Dice un antiguo libro que “..en el principio fue el verbo”.
La belleza de las relaciones humanas aparece cuando la conducta se condice con el verbo (“Res, non verba”, decía Catón, un senador romano anterior a Cristo). Cuando podemos mirar a los ojos de nuestros semejantes y encontrar en su mirada verdad, respeto y a veces amor, podemos proyectar y construir con ellos lo que queremos lograr. Fluimos fácil en la confianza y el amor porque somos una especie gregaria.Y nos potenciamos unos a otros, cuando no nos tememos.
En la últimas cuatro décadas, fracasaron en los hechos(res) quienes lideraron en Chile proyectos comprometidos (verba) con los derechos que permiten imaginar mejores mundos a todos, porque el hambre, el derecho al conocimiento, a un lugar donde vivir y a amar a quien queramos, proteger a los niños que engendremos o elijamos cuidar y a envejecer o enfermar sin miedo, están resueltos. Partiendo de ahí todas las personas pueden desplegar sus talentos. Por eso el Estado (o sea todos los chilenos, a través de nuestros impuestos) debe garantizar los derechos básicos para una vida digna, como puntos de partida y llegada de la convivencia en una comunidad humana.
Fracasó el presidente Allende y quienes lo acompañaron en ese magnífico sueño por el que muchos -empezando por él- pensaron que valía la pena morir. Fracasó la Concertación, y con ella quienes pensamos que valía la pena esperar, callar, acatar y tratar de adaptarnos a la mezquina “medida de lo posible”, porque queríamos -tras años de miedo, crueldad y muerte- vivir en paz. Fracasó la Nueva Mayoría en establecer condiciones para ese piso básico, aunque algunos de sus logros perdurarán en el tiempo. Fracasó por la chapucería de algunos, la frivolidad de quienes se sumaron a esa alianza aunque “nos faltó revisar con mayor prolijidad el programa”, según declaró la presidenta de la DC Carolina Goic a Cooperativa en agosto del 2016. Lo que en verdad faltó, al constituir la Nueva Mayoría, fue la decisión compartida por todos sus miembros de afectar seriamente el modelo neoliberal impuesto por la dictadura.
De padres a hijos se transmite el desencanto. Generación tras generación resurge la urgencia del cambio…matizada por la desconfianza creciente en los más viejos, en los políticos, en la política, en la democracia, en la posibilidad de construir colectivamente una convivencia en que la ética y la estética de las relaciones humanas coincidan en la experiencia. Parece imposible unirnos a otros para construir la belleza que somos capaces de concebir y prometer. Pero no de concretar.

“Res, non verba”

Los resultados de las primarias son una notificación: a la mayoría de este país desencantado no la conquistan grandes proyectos, aunque su lógica parezca difícil de rebatir. Aunque aborden las urgencias cotidianas de la mayoría. Muchos disfrutan a un gran polemista. Pero, a la hora de decidir, la necesidad de certezas, aunque sean lamentables, supera la urgencia del cambio.
Las encuestas dicen que no le creemos a Piñera. Y que no nos cae bien. Justo por eso muchos votan por él. No nos podría decepcionar. Y en su primer gobierno -hay que decirlo- abordó temas que sus predecesores no pudieron, supieron o quisieron resolver. Con sus torpezas, contradicciones y trampas, Sebastián Piñera ofrece certidumbre.
“Más vale diablo conocido que santo por conocer” dice el adagio.
Y, por mucho tiempo, ese adagio será el verdadero adversario de cualquier propuesta que intente en serio poner al mercado en su lugar. Y a los ciudadanos de este país en el centro de las prioridades del Estado, la política y los políticos chilenos.

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1 Comentario

  1. Pilar Clemente ha comentado

    Quizás parte de la decepción es que hasta simples reformas se han hecho a medias o mal. Los temores suben cuando se habla de grandes proyectos, ya que aparece el pensamiento: “si las reformas han salido malitas….¿qué se puede esperar de un proyecto de fondo?”. Si las pequeñas cosas o cambios hubiesen formado una cadena de pequeños éxitos, la gente estaría más abierta a “diablos por conocer”. Gracias Rebeca.

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