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El Día de la Marmota

Juan Fredes Publicado: 26 julio, 2017

Hay películas inolvidables y que siempre se vuelven a ver produciendo la misma sensación de alegría y regocijo. Una de las comedias más completas y humanas que ha creado el cine norteamericano es El Día de la Marmota, dirigida por el desaparecido Harold Ramis en 1993.

El personaje central de la película es Phill Connors un cretino odioso y amargado que las oficia de reportero del tiempo en una estación televisiva de Pittsburg y que debe cubrir el peculiar evento mediante el cual una marmota predice si el invierno se prolongará o no, en un pueblo que gira en torno a este acontecimiento.

El desagradable personaje, representado por un Bill Murray,  en uno de sus mejores registros, acomete su tarea con su habitual enfado y perepetra todas las tropelías conductuales propias de una persona con desagrado por la vida. Sólo desea que ese día pueril y banal acabe, pero sucede todo  lo contrario: el día se reinicia a las 06:00 horas con la misma canción de Sono y Cher (I got you babe – https://www.youtube.com/watch?v=80QHRTQ3Kmw) que se repite hasta el infinito. No hay nada que interrumpa este ciclo perpetuo, ni el suicidio logra zafarlo de su condena de repetir cada día su misma rutina.

Nunca he podido saber las veces que se repite la canción y que se reinicia la historia, pero la letra del tema vuelve a nosotros: te tengo, nena.

Es un moderno Sísifo, el personaje del mito de la inutilidad de esfuerzo humano.

Se me vino a la mente esta película excepcional de la comedia norteamericana reflexionando varios días desde mi habitual recorrido desde Avenida Salvador por José Domingo Cañas hasta llegar a Campo de Deportes y doblar hacia el norte hasta llegar a Avenida Irarrázaval, en la entrañable comuna de Ñuñoa, otrora la más republicana de las comarcas santiaguinas.

Caminando por estas calles siempre me cruzó con las mismas personas y las situaciones se van repitiendo. Veo el muchacho que viste de negro y que avanza de oriente a poniente, escuchando música con sus audífonos. Cuando paso frente a las parrilladas de La Uruguaya siempre están sus garzones y maestros cocineros tomando mate, invariablemente.

Miro, y me mira, al joven con pelo rasta y gorro de lana que riega el pasto y cuida la Casa Memoria de José Domingo Cañas, que recuerda los horrores de la dictadura. Me detengo, con otros y leemos los nombres de los que allí padecieron y murieron, algunos ya los memoricé.

Casi al frente está la Verdulería y sus dependientes me saludan, lo mismo que el ebanistero que me llama por mi nombre. No pasa lo mismo con las vendedoras de la panadería que queda en la siguiente cuadra (Capitán Fuentes), pero si con el guardia y los vendedores de la Farmacia que queda en el cruce con Monseñor Eyzaguirre. En ese sector me topo, más que habitualmente, con una persona que corre, tenazmente.

Los conserjes te van pasar y mueven su cabeza en señal de saludo.

En la esquina de Campo de Deportes con Irarrázaval nos juntamos muchas personas en el paradero, unos esperando el bus y otros el colectivo. Somos los mismos: el señor que anda con su rosario y no para de rezar, una educadora de párvulos que lleva siempre un alimento en sus manos, y así, muchos personajes. El conductor te saluda y sabe dónde te bajas y a la hora que te embarcas. Más de una oportunidad es el mismo quien me ha traído y llevado.

La rutina parece ser la condena de estos días, pero, al igual que el personaje de El Día de la Marmota, ello es así cuando lo cotidiano se afronta como una carga insoportable.

El personaje de la película se redime fundamentalmente por el amor, por encontrar sentido en el goce de lo pequeño, en el conocimiento y cariño por las personas. Se transforma en una persona que supera su egoísmo, y su aburrimiento, mediante la ayuda. Es otra persona, mejor, sirviendo y conociendo a los demás.

Creo que ese largo recorrido que se realiza por años, será un tedio si no somos capaces de afrontarlo con sentido de curiosidad, respeto y cariño por el otro. A veces ni siquiera basta una palabra, sirve un gesto. Es la amabilidad en lo cotidiano el primer sentido de humanidad que nos debemos imponer como conducta de vida.

Caminar, aparte, sirve para la salud.

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