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Pregones de ayer y de hoy: “¡Todo fresquito, casera!”

María del Pilar Clemente Publicado: 29 octubre, 2017

“¡Ave María purísima, las diez han dado y sereno!”, “¡El Sureeee, diario El Sureee!”, “¡Llévele, oiga, la novedad pa’ los regalones!”.

Los pregones van de la mano con oficios ya desaparecidos o en vías de extinción.  Se los considera rutinarios, ruidosos y hasta vulgares. En su humildad se parecen a la Libertad y a la Felicidad, pues cuando se tienen no se aprecian y se extrañan cuando se pierden. El vendedor callejero nunca fue un personaje muy valorado en nuestro continente americano. Solo los viajeros que llegaban de Europa se sorprendían con la variedad melódica del “vocerío”, los colores y aromas de los mercados ambulantes.  En México, por ejemplo, el pintor italiano Claudio Linati quedó tan fascinado que imprimió una serie de litografías de la vida cotidiana. Su libro se llamó  “Trajes civiles, religiosos y militares de México”, un invaluable documento que consigna oficios y costumbres entre 1826 y 1836. Otro registro histórico lo realizó la escocesa Frances Erskine Inglis, quién llegó con su esposo, Ángel Calderón de la Barca, a vivir a ciudad de México entre 1839 y 1842. Conocida en el mundo hispano por su título nobiliario, la Marquesa de Calderón de la Barca, se hizo famosa en Europa por sus crónicas tituladas “La vida en México”. Su elevada cultura y dominio de varios idiomas, le hicieron comprender la importancia de los hechos que ocurren detrás de las celebridades. Los pregoneros fueron sus personajes favoritos. He aquí parte de sus descripciones:

Hay en México una multitud de gritos callejeros que comienzan al amanecer y concluyen por la noche. En la madrugada, todos despiertan con el penetrante grito del carbonero: “¡Carbónsiú! (¿Carbón, señor?). Luego canta el mantequillero: “¡Mantequilla a real y medio!”. Lo interrumpe el carnicero: “¡Cocina buena, cocina buena!”. Luego, la prolongada y melancólica nota de la mujer que compra sobras de las cocinas: “¿Hay sebo-o-o-o-o?”. Luego, la india dedicada al trueque, quien canta: “¡Tejocotes por venas de chileeeee!”, lo que quiere decir que cambia la fruta de ese nombre por pimientos picantes. (…)Detrás, viene otro indio con canastos plenos de fruta, quien se instala bajo las ventanas enumerando todo lo que lleva, hasta que alguna cocinera o ama de llaves no puede resistir más, se asoma a la baranda y le pide que suba con sus plátanos, naranjas, granaditas y el resto del malotaje”.

Como suele suceder en nuestros países, los mexicanos de élite detestaron el libro de la Marquesa. Se sintieron ofendidos. Décadas después, historiadores valoraron el texto y lo promovieron internamente.

Grabado de oficios del S.19

Grabado de oficios del S.19

Escenas cotidianas y escondidas

En Chile, el artista alemán Mauricio Rugendas y el naturalista francés, Claudio Gay, se dejaron seducir por las costumbres populares, tradiciones y oficios callejeros. Rugendas inició su recorrido por Latinoamérica en 1822 en Brasil. Siguió por México, Haití, Chile y finalizó en Perú en 1845. Sus ilustraciones y pinturas tampoco fueron muy exitosas en los nacientes países del cono sur. En el siglo XIX, las nuevas repúblicas estaban interesadas en lucir “civilizadas” y en esconder debajo de la alfombra cualquier signo de “barbarie”. Hoy, esos testimonios gráficos son un tesoro muy apreciado. Otra mujer viajera, la inglesa María Graham, hizo una larga escala en Chile, donde aprovechó de recorrer sus rincones, escribir y dibujar sobre la vida cotidiana, a pocos años después de la Independencia. El único autor chileno que se le compara es Vicente Pérez Rosales, cuyo libro “Recuerdos del pasado”, consigna coloridos detalles de costumbres, además del relato sobre la colonización alemana en Llanquihue y Puerto Montt. Ya en esos tiempos, describe crudamente cómo algunos connacionales acosaban y embriagaban a los indígenas del sur, con el fin de comprar por “chauchas” los mismos terrenos que después, vendían carísimo al gobierno. Como prueba del “ingenio criollo”, narra el caso de un chileno que le quiso vender la ciudad completa de Valdivia, aludiendo ser el propietario de los terrenos. Sin duda, gracias a estos artistas y escritores, se conoce la existencia de los aguateros, vendedores de velas, faroleros, lavanderas, tejedoras, carpinteros, herreros, talabarteros, hierbateros, campesinos y otras figuras que alguna vez formaron parte del paisaje nacional.

Flores. Fotografía de Pilar Clemente.

Flores. Fotografía de Pilar Clemente.

Pregones del siglo XX

En el inicio del siglo XX, las vendedoras de flores ocuparon la imaginación de los artistas. Una muestra de ello es el cuplé español “Las violeteras”, compuesto en 1914 por José Padilla, con letra de Eduardo Montesino. La canción consigna una costumbre europea popularizada en Latinoamérica, que fue el uso de flores frescas en los ojales. Entonces, los varones demostraban su elegancia llevando las primicias de cada estación en sus chaquetas. Gardenias, jazmines, claveles, botones de rosa, azahares, violetas y camelias eran las más requeridas. Las mujeres usaban ramos en los escotes o en los cabellos. La canción es una verdadera fotografía poética:

“Como aves precursoras de primavera
En Madrid aparecen las violeteras
Que pregonando parecen golondrinas
Que van piando, que van piando.
Llévelo usted señorito
Que no vale más que un real
Cómpreme usted este ramito
Pa’ lucirlo en el ojal”

La pérgola de las flores

Siguiendo el mismo tema, Isidora Aguirre diseñó los personajes y diálogos de la obra teatral “La Pérgola de las Flores”, presentada al público en 1960, con canciones de Francisco Flores del Campo. Está basada en un hecho real. La pelea que dieron en los años 30’s los comerciantes para que no removieran el mercado situado en la Alameda, frente a la iglesia de San Francisco. Como se sabe, igual terminaron trasladados a lo que hoy es la Vega Central, sin embargo, la autora prefirió darles un final feliz. Además, puso atención en rescatar otros oficios callejeros, como suplementeros, lustrabotas, organilleros y chinchineros. Los diálogos no han pedido vigencia, ya que registran no solo la pugna entre la modernidad y las tradiciones, sino que también, el  clásico rechazo de las  élites al comercio ambulante. Hoy, una placa con letras de bronce, recuerda la presencia de la pérgola en ese sector de Santiago.

Comercio. Fotografía de Pilar Clemente.

Comercio. Fotografía de Pilar Clemente.

Pregones perseguidos

Pese a las urbanizaciones, cambios y modas, la costumbre se resiste a desaparecer. En los 80’s, las micros se incorporaron a los sitios de la venta ambulante. Las ofertas de  “El rico Superocho”, el “Calugón Pelayo pa’ los regalones”  y los helados “Choco Panda pa’ la calore” marcaron época. En Perú, el pregón que se escucha en el transporte colectivo tiene alcances de discurso, cuya oratoria podría ser la envidia de muchos parlamentarios chilenos. La pelea que se da ahora en muchas de nuestras ciudades latinoamericanas es la pugna entre los vendedores “ilegales” y quienes sacan su permiso para instalarse con kioscos y carretones. Los ambulantes sin licencia corren de esquina en esquina, perseguidos por las fuerzas policiales. Por otro lado, las estaciones del Metro han dado acogida a músicos variopintos, desde violinistas, hasta baladistas de hip-hop. Los suplementeros, afiladores de cuchillos y vendedores de helados se han trasladado a barrios periféricos o a pueblitos. Rubros como la venta de bolsitas con ensaladas, brazos de reina y hamburguesas vegetarianas han ido en alza. Los que todavía parecen marcar las estaciones del año en la Alameda, Irarrázaval, Providencia, Vicuña Mackenna y otras urbes nacionales, son los carretoneros de fruta. En verano, venden duraznos, melones, sandías y frutillas. En otoño, uvas, manzanas y naranjas. En invierno, higos, aceitunas, alcachofas y espárragos. La primavera se abre con flores, guindas corazón de paloma y cerezas oscuras como la sangre. Cuando las calles se queden en silencio y los pregones sean piezas de museo, recordaremos con nostalgia a esos “molestos y ruidosos comerciantes”.

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4 Comentarios

  1. No sé cómo ha llegado a mí vista este interesante artículo de María Pilar Clemente que, si mal no intuyo y recuerdo, es chilena y creo y ve en Virginia EEUU.

    Dejando en stand by por un momento mis inquietudes e ingente labor en relación a la candente lucha entre soberanistas-integristas catalanistas y españolistas de los que sentimos y queremos la unidad del territorio español y luchamos denodadamente para que el próximo 21 de diciembre España no quede más demembrada de lo que en la actualidad está…

    Me he permitido, digo, leer y digerir el interesante artículo de María Pilar y me ha sustraido de mi empecinamiento político-ideológico para trasladarme a tan gratos recuerdos y anécdotas que nos explica la autora de Pregones de Ayer y de Hoy; he llegado a la conclusión de cierta similitud con los ancestros que vivi en hilio tempore en mi Andalucía, concretamente en el Valle de los Pedroches, donde, entre otros vendedores ambulantes, deambaba con su cesta de ‘garbanzos crudos’ en la mano derecha y otra gran cesta de ‘garbanzos tostaos’ en su mano izquierda, e iba intercambiando y trucando los garbanzos crudos por garbanzos tostaos; y, siendo yo niño, admiraba la generosidad del tostaero, sin entender dónde estaba el truco del canje, ya que el garbancero ambulante te daba una medida de madera, en forma de cuadrilátero, de 500 mililitros a cambio de otra medida idéntica de garbanzos crudos que era la que aportaba el que aceptaba el canje; pero, claro está, los garbanzos tostaos generaban un volumen mucho mayor que el garbanzo crudo que además pesaba mucho más y ahí era donde repercutía el beneficio y ganancia del tostaero…

    Deambulaban también canjistas/vendedores de agua fresca, por lo general con su burrito y dos alforjas-aguaderas que portaban fresquito el líquido elemento; gazpacho jarote, altramuces, chufas, polos de hielo de colores y una larga retahíla de otra mercancía fácil de canjear; pero, otro día tocará la enjundia artesanal de estos vendedores ambulantes a los que yo tenía tanto cariño, respeto y admiración en mi niñez, sin percatarme de sus ‘trucos mercantiles’ y mi madre, para evitar conflictos, me hacía ver que también paseaba el “Tío del Saco” que, en lugar de ‘pieles curtidas’, llevaba a algún niño díscolo metido en su saco. Mi madre le llamaba ‘El Tio Mantequero’ que alteraba la ‘siesta’ para poder deleitar a los imberbes como yo….

    ¡¡FELICIDADES MARÍA PILAR, ME ENCANTARON TUS RELATOS.

  2. Maria Pilar Clemente ha comentado

    Gracias por sus hermosos comentarios.

  3. Mariluz SotoMariluz Soto ha comentado

    Lindo comentario, me trasladó a muchas caminatas con mi papá por diferentes lugares de Santiago, mientras conversábamos largo rato los vendedores de distintos productos eran el sonido de fondo. Recuerdo también a los vendedores de Motemei, al panadero que llevaba hasta la casa el pan calentito de la mejor panadería del sector… Es verdad cómo esa aspiración a sociedad civilizada fue dejando bajo la alfombra todas estas costumbres, y así se va forjando una identidad de querer ser y no de querer-se. Abrazos Pilar, siempre bellos tus textos

  4. Eva ha comentado

    Que hermosa reflexión , contenido y escrito; felicidades

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