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Extirparse a los padres: Presentación novela “Las Familias” de Gabriela Vega

Alberto Cecereu Publicado: 11 diciembre, 2017

Publicar una primera obra, es de por sí, una tarea para valientes. Implica el mayor de los corajes, como si te fueses a tirar a uno de los múltiples huracanes de Júpiter. Jack Kerouac, mucho antes que nosotros, diría que “La vida es un país extranjero”, anunciando de esa forma que si no eres capaz de soportarlo, más vale mantenerse drogado en un espiral de alucinaciones o suicidarse, realizando así, el acto de mayor libertad que puede conocer el homo sapiens. Quien conozca el camino de la felicidad que lo señale.

Y bueno, fíjense que Vega, nos presenta esta obra, donde su protagonista busca ese camino, esa vía, pero no como una vía de redención, sino como una vía de emancipación. De culpa tiene poco. De arrepentimiento casi nada. Algo inusual en esta cultura occidental, donde parece que todo nos pesara más que cualquier cruz de Jesús. En Isaías, capítulo 33, versículo 14, se anuncia: Aterrados están los pecadores en Sion, el temblor se ha apoderado de los impíos. ¿Quién de nosotros habitará con el fuego consumidor? ¿Quién de nosotros habitará con las llamas eternas?”. La protagonista es fuego, es llama, es dinamita.

Por eso, en la estrategia de la sospecha y el espionaje, es capaz  de iniciarse en el arte del obrero, en las delicias del sexo, en la presunción del amor y en el descubrimiento de sí misma. Interesante. El espionaje como herramienta de seducción del mundo, y de esa forma, permite que la protagonista vaya descubriendo su cuerpo, vehículo o herramienta, no lo sé, no me queda tan claro, tan importante en su historia. El espionaje le permite conocer y preguntar sobre el otro y el entorno. Este, es un acierto de la autora, ya que hoy, inundados completamente con el voyerismo enfermizo de las redes sociales, la identidad del sujeto está, ni siquiera determinada, sino atravesado en una danza terrible entre la comunidad que nos apropia y la red que nos transforma en espías. Las personas estamos amenazados por el terrible monstruo de la soledad, en este proceso indetenible de la individualización, por tanto el espionaje, la sospecha, el voyerismo, nos calma, como una droga, que cura nuestra ansiedad. Es Lacan, siendo un fanático y bombardeador con molotov: el extremo de que el yo se constituye a partir del otro.

“Pero ¿qué ha sido este espiar, exactamente” se pregunta la protagonista, “Vivir como si los lugares fuesen otros lugares y las personas otras personas. Inventando un mundo para abandonarlo luego.” Cito parte del primer párrafo de la novela con el objetivo de mostrarles a ustedes la médula central de la constitución del personaje en cuestión, pero que en verdad, esconde algo aún más poderoso.

Ella avanza, de la mano, de esa bella tradición hebrea, en tanto y en cuanto avanzar caminando hacia adelante pero mirando hacia atrás. Ella avanza de esa forma. Porque su pasado, su familia, sus raíces, le duelen y la constituyen. Hay un párrafo, más allá de la mitad de la narración de la novela, que retrata está mirada de un presente que se conecta indefectiblemente con el pasado, con el fin de continuar ese avance: “Estiré mi mano, la cual volvió a ser la de una niña, revivir a los nueve años, cuando el mundo y sus asuntos quedaban lejos, y las tardes no eran más que una alucinada maravilla y un rumoroso placer despojado de ideas y preocupaciones. Junté un buen ramo, segura de que nadie vendría a decirme nada, porque era yo en otros años allí arrodillada, en otra casa, en otro escenario que sea ha ocultado para siempre. Pero en esa breve ráfaga de tiempo, la magia había ocurrido, y me pareció incluso sentir los ojos almendrados de la Carli sobre mí, observándome desde la ventana más próxima. Estaba en un rincón seguro de la historia”. De este modo, Vega, establece el presente como una puerta ancha de conexión con el pasado, casi como una obsesión, una obsesión necesaria con el fin de desnudarse de las viejas vestimentas e ir cada vez más libre al camino del futuro.

Pero en verdad “Las Familias” es un ejercicio narrativo que refleja un tema atávico. El homo sapiens siempre, con el deber de crecer, madurar y encumbrar vuelo, debe identificar el mal en los padres. Los padres se suceden como enemigos, como rivales de la consecución del yo. Y en la identificación del mal, es darse cuenta que los padres carecen de santería y deidad. Por algo la protagonista sentencia que su madre es “tan de verás que era imperfecta, adolorida y agria”. Pero fíjense ustedes que la protagonista, tan dura con su madre, tan inerte incluso a veces, es igual de dura consigo mismo, y aunque no lo dice, es igual de agria: “a mis trascendentales reflexiones subyacía una enorme inmanencia física, un desgarro de los sentidos conmocionados, un anhelo galopante que aceleraba mis latidos con una fuerza que nacía más allá del mundo de las ideas”. Confirma mi hipótesis: nosotros nos odiamos, detestamos partes de nosotros mismos, porque es el reflejo de los errores que aborrecemos de nuestros padres. Nos coloca ansiosos y desesperamos, por eso, unos con más dulzura y otros con voracidad, realizamos el ejercicio de abandonarlos, de escapar al exilio, que pasa a ser la exquisita aventura del hombre y la mujer nueva.

La autora nos presenta una historia compuesta de varias anécdotas, algunas dramáticas y otras placenteras, siempre con un ambiente de histrionismo, reflexión y buen humor, lo que permiten que uno llegue incluso a identificarse con los hitos narrativos. Pero Gabriela, lo que nos muestra en verdad, es un eterno retorno al inicio y la infancia, ya que la protagonista aunque espera extirparse a los padres, a través de los viajes, el sexo y el amor, vuelve inexorablemente a encontrarse con su esencia y sus raíces.

Nuestra queridísima Virginia Woolf en su libro “Mr. Bennett and Ms. Brown”, afirmó lo siguiente: “Creo que todas las novelas tratan del carácter y que es para expresar el carácter, no el sueño de doctrinas, el cantar canciones o el celebrar las glorias del Imperio Británico que la forma de la novela, tan rica, elástica y viva, va evolucionando.” Coincidiendo con eso, Gabriela Vega, nos trae una obra interesante e intensa, de una historia que se dilucida la emancipación de las mujeres, el tránsito hacia la adultez y la búsqueda de la felicidad en un Chile endemoniado como la ha sido en las últimas décadas.

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