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Libro viejo, año nuevo ¿Qué nos pasó?

María del Pilar Clemente Publicado: 10 enero, 2017

A pesar de varios cambios de casa, todavía conservo una colección de libros. Algunos pertenecieron a mis padres o abuelos. Otros, me acompañan desde mi infancia y adolescencia. La mayoría son novelas o ensayos que me impresionaron o que me sirven de consulta. No pocos están a la espera de  ser “releídos”. La selección no se basa únicamente en la calidad del autor, sino que en las circunstancias en que determinado libro llegó a mis manos. En esta última categoría está la antología de crónicas “¿Qué te pasó Pablo? La vida en Chile hoy”, del sociólogo Pablo Huneeus. En la primera página hay una dedicatoria escrita por mi hermana: “Este libro debería llamarse…¿Qué te pasó Pepito?” y la fecha, diciembre de 1981. Mi sobrenombre familiar, la navidad en la que fue obsequiado y la realidad político-social que toca el autor, me sumergen en aguas de diversas profundidades semánticas. Como dice la canción “Volver a los 17” de Violeta Parra, las páginas envejecidas de este libro me hacen “volver a ser de repente, tan frágil como un segundo”.

Dedicatoria del libro

Dedicatoria del libro

Atrás, hacia 1979…

El libro y la dedicatoria tienen una razón. Pablo Huneeus logró sus “quince minutos de fama” con las crónicas que escribió entre 1979 y 1980. Poco antes, había dado “el palo al gato” con su crítica a la cultura “huachaca” o la vulgarización televisiva. Gracias al éxito logrado con aquel ensayo, fue invitado a ser columnista del diario “La Tercera”. Se suponía que tenía libertad para comentar lo que deseara, pero terminó siendo despedido. Su pecado: darle la razón a la Vicaría de la Solidaridad en los derechos humanos e ironizar sobre la Constitución de 1980. Ante la súbita ausencia del  sociólogo en la prensa, surgió la pregunta “¿Qué te pasó, Pablo?”. Para dar una respuesta, Huneeus compiló todas sus crónicas y lanzó un libro en abril de 1981. Se suponía que era un texto efímero y fácilmente olvidable, pero en el año 2006 llegó a la edición número 16, lo que demuestra que fue un reflejo social de la época. El sociólogo era un representante de la llamada “pequeña apertura cultural” promovida por los grandes medios informativos. En 1977 la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) fue cerrada debido a presiones internacionales por el asesinato en Washington D.C. del ex canciller socialista Orlando Letelier. En su reemplazo, surgió la Central Nacional de Inteligencia, mucho más subterránea y sigilosa que la anterior. Para ayudar a dar la impresión de una “dictablanda”, la prensa oficial abrió sus páginas a ciertos intelectuales críticos, pero sin antecedentes políticos. Surgen así escritores y periodistas como Marta Blanco, Enrique Lafourcade, Jorge Edwards, Silvia Pinto y otros que eran bastante leídos. Gracias a sus excelentes plumas, alguno de ellos “pasaban la mula” y burlaban a los censores. No en vano, varios tenían contacto o amistad con  artistas opositores al régimen, como la ACU (Agrupación Cultural Universitaria), los actores del teatro ICTUS, el Taller de pintores 666, la Sociedad de Escritores de Chile y los Colegios de Periodistas del país. En la introducción Pablo Huneeus explicó la estrategia de “La Tercera” para lucir como un diario capaz de dar tribuna “de chincol a jote”. Como sociólogo, él sería la voz de las emergentes clases medias, aquellas que andaban en Metro y cuidaban el presupuesto. Los otros columnistas eran: la periodista Silvia Pinto, Genaro Arriagada, como Demócrata Cristiano “en receso”, Pablo Rodríguez, abogado fundador de “Patria y Libertad”, Lucho Fuenzalida, periodista de humor, el escritor Jorge Edwards, el economista Rolf Lüders y el tristemente célebre Raúl Hasbún.

Imagen de la obra "Baño a Baño", de la Facultad de Medicina Norte, 1978

Imagen de la obra “Baño a Baño”, de la Facultad de Medicina Norte, 1978

El mismo 1979 más personal

La primera crónica de Huneeus se titula “Los viejos desechables” y cuenta el caso de un anciano que ha sido lanzado a la calle por no pagar la renta. Pocos deben haber leído esa triste historia, puesto que en esos mismos días acababa de desaparecer el niño Rodrigo Anfruns Papi. Yo estaba en cuarto medio y en el colegio no se hablaba de otra cosa. Catorce días después, cuando se encontró su cadáver en un sitio baldío, todas las del curso nos pusimos a llorar. Poco a poco, se fueron descubriendo motivaciones políticas en aquel crimen. En agosto, Huneeus provocó su primera polémica al proponer devolver el barco de guerra “Huáscar” al Perú. Entonces, yo estaba en los últimos ensayos de la Prueba de Aptitud Académica. Me consumían los nervios sobre qué carrera estudiar y había comenzado a pololear. La verdad es que el “Huáscar” me importaba un pucho. En septiembre, Huneeus sorprendió a todos con la oración “El Credo”, modificada para reírse de los “Chicago boys”, quienes estaba desarrollando los cambios económicos que se incluirían en la futura Constitución de Chile. Cito la primera parte: “Creo en el Dios Dólar, creador del cielo y de la tierra. Creo en Milton Friedman, su único hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia de la Universidad de Chicago”. Durante ese mes, ni la censura pudo detener una impactante noticia: Restos humanos habían sido encontrados en los hornos de Lonquén. Gracias a gestiones de la Vicaría de la Solidaridad (1976) esa “tumba clandestina” con desaparecidos de 1973 fue dada a conocer a los familiares, periodistas opositores y testigos internacionales. Pablo Huneeus escribió una delirante crónica, donde imaginó a la Iglesia Católica dando un golpe de Estado al régimen militar, sin mencionar nada del asunto. He aquí parte del texto: “La Compañía de Jesús desplegó sus aguerridos frailes en puntos clave de la ciudad, donde se apostaron armados de agua bendita y misales automáticos calibre 30 (…) Se exigió el arrepentimiento místico del Gobierno. Ante su negativa, se lanzó un ataque ecuménico de arcángeles, coros celestiales y beatas que asaltaron, rosario en mano, el edificio Diego Portales”.

Y entramos a la década del 80

En noviembre de 1979 di la Prueba de Aptitud Académica. Desde La Tercera, Pablo Huneeus encendió los ánimos: “La Teletón, ¿Justifica los medios?”. En forma paralela, Enrique Lafourcade le respondió en El Mercurio: “¿Yo? No, no estoy con la Teletón”. Era el segundo año en que el popular animador “Don Francisco” usaba la televisión para las “24 horas de amor”. Desde su tribuna, el sociólogo apeló a que se invitaba a comprar alcohol bajo el sagrado nombre de la caridad. Lafourcade argumentó que sentía “olor a podrido y a chantaje moral”. Ese verano nos fuimos al veraneo familiar al Quisco. Mi hermana andaba algo “depre” porque había terminado con el “gran amor de su vida”. Un día, se volaron algunas prendas recién lavadas desde el cordel del balcón. Un joven vecino las trajo de vuelta. Entre algunas camisetas, estaban los calzones de encaje de mi hermana. Tuvo un admirador con quien ir a ver la puesta de sol. En marzo me encaminé a la Escuela de Periodismo, en el Campus Pedagógico. Pese a que la Universidad de Chile estaba intervenida, los compañeros de curso me causaron excelente impresión. Había mucha vida estudiantil, prados bonitos, bibliotecas y algunos edificios antiguos con cierto encanto. Llegué justo cuando se estaba en proceso de refundar a la Federación de Estudiantes. Se hablaba de las revistas “La Ciruela” de la Agrupación Cultural Universitaria (ACU) y “Claridad” de la antigua federación. Mientras tanto, Huneeus se preguntaba por el futuro de los ’80. Postuló tres fenómenos mundiales: El peligroso aumento del poder religioso (catolicismo e islam), El ascenso de las clases medias y la masificación de la consciencia ambiental.

El Caupolicán durante la final del IV Festival de Música Universitaria, 1980

El Caupolicán durante la final del IV Festival de Música Universitaria, 1980 Memoria Chilena.

Se acaba 1980

Aquel año estuvo marcado por la propaganda de la nueva Constitución. Después de las fiestas mechonas, algunas protestas se dejaron sentir en el Pedagógico. A nivel nacional se debatía sobre ir o no a votar en septiembre. La oposición exigió tribuna para expresar sus ideas. Así, en agosto, el ex presidente Eduardo Frei Montalva realizó un inolvidable discurso en el teatro Caupolicán, donde habló de recuperar la democracia y de votar por el No a la Constitución. El sociólogo no mencionó el hecho en el diario, pero escribió un relato bajo sugestivo título: “Prefiero pasar hambre, que comer arrodillado”. Aunque relata una pelea entre niños, finaliza con la siguiente reflexión: “Aun cuando este proyecto Constitucional nos trajera mucha paz y abundantes filetes, a nadie le gusta comer arrodillado. En palabras del célebre economista francés Francois Perroux el progreso se mide en términos de libertad, no de bienestar”. Ya en septiembre, después de ganar el “Sí” para la Carta Fundamental, Huneeus publicó un comentario donde usó la metáfora de un partido de fútbol para describir el proceso de votación. Le quedaba poco para su última crónica, por la cual sería despedido sin aviso alguno. Algo común en aquella época. En noviembre, cuando se anunciaron las elecciones presidenciales en los Estados Unidos, Pablo Huneeus simuló una carta al presidente y candidato Jimmy Carter. En ella, le propone copiar el actual modelo democrático chileno. ¿En qué consiste? He aquí el detalle: Un solo candidato, Control, para eliminar los focos de desacuerdo, Propaganda (machaque su mensaje en la tele), Temor saludable (que la población tenga claro que si usted no sale elegido, habrá caos), Circo (entretener a las audiencias) y Destierro (eliminar a la competencia). Esta crónica nunca fue publicada en el diario. Cuando el sociólogo llamó al editor para saber porqué no salía en la página del lunes, le respondieron que sus servicios ya no eran necesarios.

El libro en mis manos

1981 fue un año de bastantes dudas. Muchas nuevas leyes comenzaron a operar bajo el amparo de la nueva Constitución. Se acabaron las sedes regionales de las universidades de Chile y la Técnica. Esta última pasó a llamarse “Universidad de Santiago”. Las carreras humanistas del Pedagógico fueron dispersadas. Hasta ese entonces, yo pensaba que las universidades eran algo tan sólido e inamovible como el palacio de La Moneda. ¡No podía creer que era tan fácil desmantelarlas! Varios se fueron a la Universidad Católica o a provincia. Otros, se marcharon del país. Pensé en cambiarme, pero nadie sabía cómo iba a funcionar el crédito estatal universitario. Ya no existía el arancel diferenciado. Inicié mi segundo año de Periodismo junto a muchos rostros tristes, ausencias de profesores y alumnos, más la adaptación a un inhóspito cubo de cuatro pisos en el centro.  Como símbolo del malestar personal y social, ese mismo mes de marzo se incendió la torre Santa María, un edificio que presumía ser el más moderno y alto de la ciudad. Once personas perdieron la vida. Fue un año no muy recordable. Quizás, la torre de cristal de mis sueños también estaba en llamas. Quizás por eso, mi hermana me regaló este libro para darme ánimo. ¿Qué nos pasó? Cada “ochentero” tiene una historia que recordar.

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2 Comentarios

  1. Pilar Clemente ha comentado

    Gracias por tu opinión, Osman.

  2. Osman Cortés Argandoña ha comentado

    Bueno es escribir de esos tiempos que muchos, con amnesia voluntaria, desean olvidar. Muy integral el escrito entre Huneeus, dictadura, años 80 y las dudas de una estudiante de Periodismo. Emotivo.

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