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¿Por qué nos indignamos?

Andres Rojo Publicado: 5 febrero, 2017

La ola de incendios en la zona centro-sur del país dejó más que ningún otro suceso reciente una sombra de indignación en las redes sociales, dirigida prácticamente en contra de todo lo posible e imaginable.

Por momentos parecía que estábamos a punto de lanzarnos unos a otros sobre nuestras yugulares con un cuchillo en mano, con el evidente propósito de hacernos desaparecer mutuamente, como si cada posible sector en que se pudiera clasificar a los integrantes de nuestra sociedad fuera motivo de desagrado de alguien más, alguien que se sentía, además, autorizado a practicar el odio hasta la eliminación física.

Descontando a los que, de uno y otro lado, buscaron consciente y deliberadamente sacar provecho político de la tragedia y a aquellos que, en un acto delictual que no tiene justificación pero que seguramente les pareció divertido, inventaron falsas noticias, quedan millones de personas que volcaron de forma irracional sus odios en esta oportunidad.  Que los mapuches, que los fachos, que los comunachos, que los extranjeros.   Se trataba de culpar a cualquiera que nos cae habitualmente mal pero sobre los que no tenemos nada concreto que decir.   La ira causada por la destrucción dio permiso para no argumentar las críticas ni medir el calibre de los ataques proferidos.

Parece que guardamos en nuestro interior una cantidad importante de frustraciones y rabias, rencores y, en general, todo tipo de sentimientos que no están bien procesados y aprovechan la oportunidad para ser exteriorizados en la forma de insulto.   Es lo mismo que ocurre cuando dos vehículos tienen un topón pequeño en una esquina cualquiera y los conductores se ponen a discutir con violencia sobre las responsabilidades de cada cual.   Los que manejan saben que basta con demorarse dos segundos en partir cuando se pone la luz verde del semáforo para arriesgarse a recibir una andanada de insultos.   Pensamos que el atacante es un neurótico y lo dejamos pasar, pero cuando se reúnen millones de neuróticos en las redes sociales ya no es posible ignorarlo.

Es evidente entonces que no hemos sido educados para procesar de manera correcta nuestros sentimientos ni para aprender a canalizar en forma sana la presión a la que estamos sometidos de modo habitual y que no saber hacerlo nos causa importantes daños como integrantes de una misma sociedad.

Hay dos conclusiones básicas frente a este fenómeno.   Primero, que no somos tan felices como nos demostramos en aparentar; y segundo que nos falta mucha madurez personal y social.   Cuando se habla de educación de calidad, si algún día se hace algo, no puede quedar fuera el asunto de la modulación de nuestros sentimientos y el respeto por los diferentes, que siempre van a ser la mayoría.

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