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Prostitutas, pánico, condena y traición.

María del Pilar Clemente Publicado: 8 abril, 2017

Los casos de violencia doméstica ponen en el tapete las clásicas acusaciones que se hace de las mujeres golpeadas, atacadas sexualmente o asesinadas. Algo así sucedió con Nabila Rifo Ruiz, quién perdió sus ojos por el pecado “mirar a otros hombres”. Tanto en tribunales como en la calle, nunca falta la defensa para los agresores. Algunas muestras: “Ella se lo buscó”, “se comportaba como puta”, “era mala madre, libertina”. Así, uno de los insultos más populares en el mundo es el venenoso “¡hijo de puta!”. La frase soez es utilizada por los personajes duros de películas y telenovelas, sirve para la risa fácil en las rutinas humorísticas y es escupida por hombres y mujeres furiosos. La frase no va al viento, sino que está dirigida a interlocutores a los que se desea rebajar. Si los garabatos son formas lingüísticas para transgredir tabúes o “decir lo que no se debe decir”, notamos que uno de los grandes pánicos sociales es ser o tener una madre prostituta. Algo bastante parecido al viejo miedo de nacer bastardo o “huacho”. Recordemos que solo hasta  bien avanzado el siglo XX gran parte de las legislaciones internacionales establecieron la igualdad entre niños nacidos dentro y fuera del matrimonio. Antes de eso, era común que los hombres alardearan en bares, tabernas, clubes y oficinas sobre sus proezas amatorias, tanto en los burdeles como con las “señoritas de familia”. A estas últimas se les pedía la “prueba de amor” y si resultaban embarazadas, eran escondidas en campos o en casas de parientes lejanos. El pánico no era solo a “perder el honor”, sino que a ser catalogadas de “prostitutas”, lo que implicaba la imposibilidad de casarse como cualquier “mujer decente”.  Hasta hace un par de décadas, el estigma de la prostitución también alcanzaba a las esposas que solicitaban anular el matrimonio o pedían la separación. Como el divorcio no era común ni bien visto, aquellas que deseaban finalizar de dicho modo con el maltrato marital, terminaban bajo el dedo acusador de la sociedad. Entonces, se creía que solo una mujer con “ganas de ser puta” se separaba de su cónyuge.  La idea general era que el espíritu femenino estaba hecho para amar sin crítica a un hombre y a su progenie. Cualquier otra opción era rareza, desacato o ninfomanía. El escritor norteamericano Mark Twain refleja este concepto en su obra “Los diarios de Adán y Eva”, publicados entre 1904 y 1906. En uno de los textos asignados a Eva, ella se refiere a su compañero: “Entonces…¿Porqué es que lo amo? En el fondo es bueno y lo amo por eso, pero podría amarlo sin eso. Si me golpeara y abusara de mí tendría que seguir amándolo, lo sé. Es una cuestión de sexo, creo. Lo admiro porque es apuesto y fuerte, pero podría amarlo sin esas cualidades. Si fuese un desastre, debería amarlo. Trabajaría para él, me esclavizaría para él, rezaría por él y estaría junto a su lecho hasta que se muera”.

Yoshitoshi, Apropiada, 1888

Yoshitoshi, Apropiada, 1888

El primer oficio

En la antigua Grecia se dividía a las mujeres en forma tajante. La esposa era escogida entre las “buenas familias” y su destino era el gineceo, dar hijos legítimos y cuidar el hogar. En cuanto a las prostitutas, estaban las de bajos fondos, llamadas “pornai” y las elegantes, que eran las “hetairas”. Se parecían a las geishas japonesas, pues eran educadas para la grata compañía masculina, podían escoger a sus clientes, eran  invitadas a los banquetes, su opinión era escuchada y tenían derecho a ser propietarias. Los griegos, por otro lado, gustaban de la presencia del “mejor amigo”. Se trataba de una estrecha relación homosexual y de igualdad intelectual entre dos varones. De esta forma, el matrimonio era visto como un deber reproductivo, comercial y muy aburrido. Así, la única manera de sobrellevarlo era con prostitutas (baratas o elegantes) y claro, con los “amiguitos”. Roma continúa esta tradición, sumando también el castigo a la mujer adúltera, no así a los esposos infieles. Sin embargo, durante el tiempo decadente de los emperadores, el adulterio y la prostitución se hicieron comunes en todas las clases sociales.  Las cosas “volvieron al redil” con la cultura Judeo-cristiana. Aunque Cristo siempre perdonó a la “mujer caída”, su ejemplo no se  tomó en cuenta en el desarrollo histórico de las sociedades occidentales. Siempre fue preferible condenar y castigar la “mala” conducta femenina.

Yoshitoshi, Tímida, 1888

Yoshitoshi, Tímida, 1888

Salvación o humillación

Aunque la infidelidad y la prostitución no son equivalentes, para la mentalidad patriarcal son la misma cosa. Por eso, todo femicidio tiene como antecedente la furia de algún varón incapaz de resignarse a perder el dominio sobre su pareja. Otras veces, es la mujer engañada la que mata a la rival. También bajo el mismo concepto: focalizar en la “otra” a la prostituta, a la “roba hombres”, lo que dotaría al adúltero de una mágica inocencia. Todavía está vigente la excusa de que “un macho de verdad es incapaz de negarse a una seducción”. La culpable siempre es la mujer. En esta defensa se funda la inexistencia del garabato: “Hijo de putero”. Se castiga a la “puta”, no al cliente que ha mantenido activo este oficio desde milenios. Tal vez, porque al igual que las adicciones al alcohol y drogas, todos culpan a los proveedores, pero nadie al que consume. Es una forma de “gozar del privilegio” y luego, negar toda responsabilidad al respecto. Por otro lado, el pánico a la prostituta se relaciona también con la independencia que dicha “trabajadora” tiene ante sentimientos y compromisos. La transacción se agota en el acto sexual, de esta forma, el cliente no puede exigir fidelidad, amor, sumisión o control. En suma, el cuerpo puede ser comprado y humillado, pero no el espíritu o la esencia del ser. De algún modo, esto explicaría la abundancia de asesinos “especializados” en “dar una lección” a las prostitutas callejeras, las más desamparadas del gremio. Es aquí donde el “cafiche” entra como mediador patriarcal. Él protege y vende a la prostituta a cambio de la mayor parte de las ganancias. En antiguos tiempos, cuando pocas mujeres podían trabajar o heredar, este despreciado oficio abrió el camino para que más de alguna fémina lograra independizarse económicamente.  Por eso, la humillación tiene también su aspecto “salvador”. La famosa novela “La dama de las camelias”, de Alejandro Dumas (hijo), da cuenta de una elegante hetaira francesa de 1848. En la trama, el protagonista lucha por liberar a Margarita de su vida como meretriz. Buenos deseos que se estrellan con los prejuicios sociales. Indirectamente, el alma de Margarita se “salva”, gracias al amor. Una idea parecida y más moderna se ve en la película “Pretty Woman” (1990) donde un millonario interpretado por Richard Gere, logra convertir en princesa a una preciosa prostituta, caracterizada por Julia Roberts.

Yoshitoshi, Ansiosa, 1888

Yoshitoshi, Ansiosa, 1888

Pensar el lenguaje

El cambio social frente al machismo seguirá a paso lento, si perpetuamos el uso de este garabato. No solo por su connotación de mala palabra, sino que por condenar siempre a la prostituta y nunca al “putero”. Aunque pocos lo piensen, existen los verdaderos “hijos de puta”. Seres reales, nacidos y criados por estas mujeres. Obviamente, cargan con su secreto. ¿Quién va a confesar que su madre es o fue prostituta, corista o acompañante? En tiempos de guerra, hambre o catástrofe, muchas mujeres se ven en la desesperación de vender sus cuerpos, aunque sea por única vez. Otras, son violadas. ¿Debe ser motivo de vergüenza y sanción el haber nacido o vivido en estas condiciones? ¿Y si hablamos del tráfico humano actual? ¿De niñas y niños engañados que son vendidos por mafias? ¿Y si se liberan y logran insertarse en la normalidad? Además, se mantiene la equivalencia entre infidelidad y prostitución. No se toma en cuenta que también hay varones que se venden en las esquinas. Ellos no reciben sanción ni castigo, de hecho, no existe oficialmente el vocablo “puto”. Así, todavía vemos a hombres que golpean o matan a sus parejas para que “no se transformen en meretrices”. El caso de Nabila Rifo Ruiz aun no finaliza. Inocente o culpable, condenado o libre, Mauricio Ortega logró ya su objetivo. Al dejarla ciega y minusválida, sus niños ya no correrán el riesgo de convertirse en “hijos de puta”. Tal vez, la sociedad y hasta la misma Nabila, terminen encontrándole razón y perdonando al agresor.

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1 Comentario

  1. Ana María alvarez vidal ha comentado

    Como siempre , totalmente claros los conceptos que en el fondo reflejan el sentir de una sociedad machista y mujeres reprimidas ! Es nuestro legado español, con un claro tinte de gazmoñería!

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