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Sentir el tiempo para desarrollar la creatividad

Pamela Petruska Publicado: 11 enero, 2017

La humedad es un concepto que se percibe al tacto, se siente en la piel y tiene que ver con la cantidad de líquido que pueda existir en algo -o alguien. Del mismo modo, el calor es una sensación térmica posible de deducir biológicamente a través de los sentidos táctiles. Calor y humedad son dos percepciones que por más que pasemos dos horas viendo una foto de, por ejemplo, Buenos Aires en verano no ‘sentiremos’.

El olor de Barcelona en invierno es peculiar, lo recuerdo de mi infancia y cuando he regresado y siento ese aroma, mis días de colegiala pasan por mi mente como fotos recientes. No sabría cómo describirlo y menos fotografiarlo cuando voy.

Lo que sentimos al tacto u olemos es imposible de decodificar para sintetizar en algún dispositivo. Sólo podemos evocarlo, representarlo visualmente o describirlo. La idea de un robot por casa me ha fascinado siempre, pero no me imagino abrazándolo, sintiendo su aroma o dándole besos por su polimerizada cabeza. Esa es una conducta más sensual.

Esta conducta más sensual es un hábito que se relaciona con los sentidos y el afecto relacionado a esos sentidos. Los que después se asientan y se transforman en sentimientos, porque se mezclan e impregnan de más datos sensoriales y conceptuales. Es fascinante como toda ese juego de variaciones y diversidades de afecto nos va dando un tono emocional (y forma parte de nuestra forma de ser).

Con esa carga emocional vamos mezclándonos entre nosotros y las cosas. Está ahí latente, siempre. (Descartes quiso separar razón de emoción, pero el neurobiólogo Damasio le dijo nones, ‘estás equivocado, amigo’.)

Lo vívido y el tiempo

La integración de lo sensual con la abstracción mental de una experiencia nos otorga una percepción de la realidad mucho más compleja. Más vívida. Nos permite integrarnos a una temporalidad, a un lapso, estar en ese momento nada más. Pudiendo dar cabida a las posibilidades creativas de esa realidad temporal.

Pero no.

Vivimos tras las pantallas, que no huelen ni suelen ser sedosas o lanudas. Es sabido. Nos damos besos y reímos hasta las lágrimas con emojis, buscamos inspiración en Pinterest y escuchamos mil veces el mismo cantante o canción en Spotify sin tener que hacer nada. Mantenemos afectos mediante mensajes de Facebook y compartimos eventos familiares por Instagram. Relaciones desodorizadas y sin cercanía física que nos vienen muy bien. Salvo para desarrollar cualidades creativas.

No se trata de comenzar a desarrollar el erotismo a lo Picasso, sino más bien a una cosa mientras tanto: dedicarle tiempo a las cosas, sentirlas con la piel y olerlas. Más allá del slow life: no se trata de que sea lento, se trata de que sea vívido.

Tomar un lápiz -o una tableta, requiere un aprendizaje, un dominio y un estilo de uso, en el que el tiempo es fundamental, una hora diaria, dos horas o veinte años.

Como una cita con alguien que nos enamora, una hora se hace un minuto. Y pasamos años sin darnos cuenta.

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