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Agua salía de los Libros

Gustavo Adolfo Becerra Publicado: 7 enero, 2018

“En la ciudad de Carahue entre los meses de junio y noviembre ocurrían fenómenos climáticos que movilizaban a todo un sector, este es el caso de Villa Estación y Villa Damas las cuales quedaban en la zona baja de Carahue y permanecían sumergidas bajo el agua durante un periodo indefinido, donde sólo las aguas indicaban cuando volverían a los cauces de los ríos para desembocar en lo profundo del mar”.

Agua salía de los libros al momento de abrirlos,
de los muros, de los árboles. Sin misticismo
ni altruismo compartía la ración de pan duro
y semillas de girasoles, que le atañen
con los gorriones. Como cuidas de tu madre,
cuida del fuego. Hecha a hervir raíces de sauce.
Y abrígate.
El niño -taciturno y errático
juega con dudas, cangrejos y hojas de albaricoque-
ordeña la vía láctea y distingue el trigo
del yuyo y la cicuta, lo que exhibe como logro.

Claro eso es así, porque aquí, aquí mismito
enterramos la placenta con la que venía
envuelto y pusimos a secar su ombligo al sol.

Siempre supo que dentro de ese río
aparentemente domesticado, había otro río
esperando su libertad. Cuando la oportunidad
le abrió las puertas, desbocado corrió cerro
abajo, llevándose todo a su paso.

Después de esta lluvia, nada de lo que acontezca
podrá explicarse por sí mismo
– dijo la abuela
que conserva intacta sus trenzas sujetas
con horquillas de acero, arremolinada su memoria
y verde su materia gris. La fuerza de las aguas
desnucó varios caballos, destrozándoles
la sombra a quienes tenían sombrero y los huesos
a quienes no despertaron. Con la ternura
que las aguas canalizaron durante siglos
rocas para que fluyesen sus vertientes,
transformaron la lluvia en otra entidad
prodigiosa en un algo borroso y maligno.

Era tanto el silencio acumulado que sentíamos
miedo de nuestras pisadas. Ni los terremotos
-cuando agitaron sus alas- asolaron los cuatro
costados con tal profundidad, menos las erupciones
que estremecían al cielo con su espada de fuego,
levantaron físicamente a los muertos
de sus tumbas como estas inundaciones
que se llevaron bosques enteros, familias
enteras y pedazos de nosotros mismos que nunca
pudimos recuperar. La inundación –para mostrar
con frialdad sus dientes encarnizados-
liberaba a los animales que la mitología
conservaba en alcohol para que no pudieran
conciliar el sueño ni los buenos ni los justos
ni los que dormían abrazados a la palabra.

Aunque nunca creíamos que era posible
un suceso de esas dimensiones, con nuestros
ojos vimos como los caballos alimentados
con frutos de la higuera –que usamos
para cambiar de lugar a las montañas- junto a otros
animales de embestida rápida- eran arrastrados
de la tuza y crines hasta el mar, perdiéndose
en las aguas para siempre y reintegrándose
a ese todo magnífico como una nueva luz
o una energía que disipada, logra mantener
su aspecto físico reconocible.

Los relinchos heridos de las bestias
maltratadas se perdieron en el apocalipsis,
pero siguieron escuchándose a kilómetros de distancia.
En otros tiempos sin figuración y otros
espacios sin mariposas, volvían a la vida.
Y cuando otro acontecimiento golpeaba la cara
de Dios, otra vez se hacían audibles
esos relinchos. Para analizar estos hechos
históricos, nada de todo lo que consideramos
trascendente, hechiza la comida.

Para seguir viviendo, se creaban nuevos
bolsones de esperanzas: el tiempo era llevado
como la Virgen de las Promesas, sobre los hombros
de los maltratados. En medio de este caos
universal ni el más advertido predicador de mundos
nuevos, formuló preguntas acerca de la vida
y su origen. Sálvate como puedas.

Si algo sobrevive, pensé, que sea el acordeón
del profesor de música o el Silabario
Hispanoamericano. Llovía como nadie vio llover
jamás. Ningún elemento fabricado por el ser
humano, era capaz de detener la ofensiva
final con que el Señor de la Harina y la Limosna
prefiere este caos universal a milagros simples
como abatir el hambre con justicia social
y la instalación de una amasandería con flores.

Navegando a la deriva, escucho los gritos
de las madres cuyos hijos fueron arrebatados
por las aguas, dejándole en su lugar una manta
con olor a orín, amor infinito y pobreza.
Lo que logremos salvar se lo comerán
los roedores y los pájaros carroñeros: lo que perdamos
lo recrearemos con la memoria- dijo. Hecha a hervir
arvejas partidas. Y abrígate.
Mañana será otro día.

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2 Comentarios

  1. Pilar Clemente ha comentado

    Muy bueno, como siempre. Profundo, sensible dentro de la tragedia.

  2. Fernando Arancibia ha comentado

    Felicitaciones Poeta…y Feliz Cumpleaños adelantado. Deberías cumplir años más seguido y celebrarlos a punta de poesías!!

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